ENTRE LA NIEBLA Y LA LEYENDA

Bosques de otro mundo: los parajes más singulares de Europa para perderse este otoño


Protegidos como espacios únicos, algunos de estos paisajes inspiraron a grandes pintores y otros se rodean de sucesos inexplicables


Árboles majestuosos al atardecer en el bosque Fanal, Madeira, Portugal© Shutterstock
20 de octubre de 2026 a las 14:00 CEST

Europa conserva aún bosques que parecen salidos de un cuento, lugares donde los siglos, la niebla y el aislamiento han ido moldeando con paciencia tanto los árboles como las leyendas que crecen a su sombra. Hay uno tan valioso que solo se recorre de la mano de un guía, y en él nadie ha retirado desde hace más de setenta años los troncos que caen. No muy distinto en espíritu es aquel en el que unos robles enanos se aferran a rocas tapizadas de musgo, un rincón que el folclore quiso convertir en guarida de perros infernales. Tampoco lo es el que saltó a la fama cuando la foto de un supuesto ovni desató décadas de misterio. Más sereno resulta el que guarda el roble más antiguo de una isla del Báltico, mientras que en otra la niebla se cuela con frecuencia entre las ramas hasta dejar los árboles convertidos en siluetas fantasmales. Completan la lista el que vio regresar al bisonte cuando ya había desaparecido en libertad y el desfiladero de arenisca donde un joven pintor pasó una semana entera sin cruzarse con nadie, buscando una soledad que hoy se sigue respirando. Cada uno a su manera, todos comparten la misma sensación, la de entrar en un lugar donde siguen mandando los árboles.

Bosque virgen de Perućica, en el Parque Nacional de Sutjeska, Bosnia y Herzegovina© Shutterstock
Bosque virgen de Perućica, en el Parque Nacional de Sutjeska.

Perućica (Bosnia y Herzegovina)

En el corazón del Parque Nacional de Sutjeska se esconde uno de los últimos bosques primarios de Europa. Su historia como santuario empezó en 1938, cuando unos ingenieros forestales que estudiaban el macizo del Maglić repararon en aquellas arboledas intactas y consiguieron dedicarlas a la investigación, declarándose así reserva natural. Desde entonces no se retira ni un solo árbol, ni siquiera los que caen por causas naturales, dejando que el entorno se autorregule. En este dominan las hayas, los abetos blancos y las píceas, aunque conviven más de 170 especies de árboles y arbustos y más de 1.000 herbáceas. Caminar por sus senderos permite observar ejemplares que superan los 50 metros y los tres siglos de vida, aunque el parque sostiene que el bosque tiene unos 20.000 años, un punto a favor para su candidatura a la Unesco como Patrimonio Mundial.

Cascada de Skakavac, en la selva tropical de Perućica, Bosnia y Herzegovina© Shutterstock
Cascada de Skakavac.

Precisamente por su gran valor, solo se puede recorrer por dentro acompañado de un guía del parque. La excursión oficial sale en todoterreno desde el hotel Mladost (uno de los alojamientos que gestiona el propio parque) y sube hasta el collado de Dragoš Sedlo, desde donde se hace un recorrido de unas tres horas. Por estos montes viven osos, lobos, linces, rebecos y gatos monteses, y en el parque hay nueve especies de pájaros carpinteros, una gran biodiversidad solo posible gracias a la baja presencia humana. Más allá de la caminata, existen dos miradores de libre acceso. Desde Dragoš Sedlo, a un centenar de metros del aparcamiento, se ve caer la cascada de Skakavac, de más de 70 metros, con el Maglić (de 2.386 metros y techo del parque) a un lado y la Zelengora al otro. El de Beškita, a unos 20 minutos a pie de la pista, se asoma al bosque y al llamado Valle de los Héroes. Curiosamente, desde el parque es más fácil alcanzar el lago Trnovačko, ya en Montenegro, un lago glaciar con forma de corazón a 1.517 metros.

Trnovačko Jezero, lago con forma de corazón cerca de la frontera entre Montenegro y Bosnia© Shutterstock
Lago Trnovačko Jezero, con forma de corazón, cerca de la frontera entre Montenegro y Bosnia Herzegovina.

Wistman’s Wood (Inglaterra)

En pleno páramo de Dartmoor, en el valle del West Dart y a unos 400 metros de altitud, sobrevive un bosquecillo de apenas tres hectáreas que parece salido de un cuento. Sus robles (algunos de entre 400 y 500 años) crecen bajos y retorcidos entre grandes bolos de granito. Ya en el siglo XVII, el historiador Tristram Risdon escribió que no eran más altos de lo que un hombre alcanzaba con la cabeza. Troncos, ramas y piedras desaparecen bajo musgos, helechos y unas 120 especies de líquenes, formando parte hoy de la Reserva Natural Nacional, uno de los últimos restos de selva templada del suroeste de Inglaterra. El Ducado de Cornualles, al que pertenece, quiere duplicar su superficie hacia 2040 y ya ha plantado cientos de árboles nacidos de las bellotas del propio bosque. Pero su aspecto es lo que ha alimentado leyendas durante siglos. 

Robles albares y musgo en Wistman’s Wood, Dartmoor, Devon, Inglaterra© Shutterstock
Robles albares y musgo en Wistman’s Wood, Dartmoor, Devon.

La explicación más aceptada de su nombre lo relaciona con wisht, una palabra del dialecto de Devon que significa inquietante o embrujado. Como añadido, en 1836 la escritora Anna Eliza Bray lo describió como el último reducto de una arboleda de druidas, y la imagen cuajó. Según el folclore local, el bosque es la guarida de los Wisht Hounds, una jauría de perros infernales que sale de entre sus rocas por la noche guiada por el Diablo, y hay quien cree que esta historia inspiró a Arthur Conan Doyle, que en 1901 se alojó en Princetown mientras preparaba El sabueso de los Baskerville. El paseo, de unos cuatro kilómetros ida y vuelta, empieza en el aparcamiento frente al hotel Two Bridges, una antigua posada de diligencias de 1792, y remonta el valle junto a la granja de Crockern. Las autoridades piden no entrar en el bosque ni trepar a las rocas, porque las pisadas destruyen musgos y líquenes, así que se contempla rodeándolo.

Bosque de Hoia-Baciu, Transilvania, Rumanía© Shutterstock
Bosque de Hoia-Baciu.

Hoia-Baciu (Rumanía)

En las colinas que se alzan al oeste de Cluj-Napoca, unas 300 hectáreas de bosque gozan del apodo de Triángulo de las Bermudas de Transilvania. Sus árboles crecen doblados y retorcidos, algunos en espiral y otros con ramas que se entrelazan formando arcos, un misterio que algunos atribuyen a vientos fuertes. Según la leyenda, el nombre Hoia-Baciu recuerda a un pastor que entró en el bosque con 200 ovejas y nunca volvió. A ese relato se suman el de una niña que habría desaparecido para reaparecer años después sin haber envejecido, y testimonios de náuseas, ansiedad, sensación de ser observado y baterías que se descargan sin motivo. Ninguna de estas historias está documentada, pero su fama no ha dejado de crecer. Biólogos y militares observaron desde ovnis hasta fenómenos extraños, llegando a publicarse un libro sobre sus misterios y entrando en listados sobre destinos europeos para celebrar Halloween.

Raíces en el Raíces en el bosque Hoia Baciu, Transilvania, Rumanía Hoia Baciu, Transilvania, Rumanía© Shutterstock
Raíces en el bosque Hoia Baciu.

Para los vecinos de Cluj, sin embargo, es sobre todo un bosque de paseo. Desde la calle Uliului, en el barrio de Grigorescu, sale una ruta señalizada de 6,6 kilómetros y dificultad fácil, que también se puede hacer en bicicleta de montaña. A unos 300 metros de la entrada, pasa por la famosa Poiana Rotundă, un prado donde supuestamente se observaron algunos de los misterios. En este espacio natural crecen hayas, carpes, fresnos y olmos, y hay un robledal de roble pubescente de 12 hectáreas protegido en la red Natura 2000, con flores como el adonis de primavera. Los guías llevan más de una década organizando paseos nocturnos con medidores de campos electromagnéticos, algo que llama la atención de muchos de los que llegan buscando respuestas. Junto al bosque está el Parque Etnográfico Nacional Romulus Vuia, la sección al aire libre del Museo Etnográfico de Transilvania, fundada en 1929, donde conocer más sobre los aspectos más tangibles de este rincón singular. 

Trollskogen, el bosque encantado de la isla de Öland, Suecia© Getty Images/imageBROKER RF
Trollskogen, el bosque encantado de la isla de Öland.

Trollskogen (Suecia)

En el extremo nororiental de la isla de Öland, el Bosque de los Trolls hace honor a su nombre, como reconocen las propias autoridades suecas, que atribuyen su aire encantado a la mezcla de árboles y hiedra. La reserva natural, creada en 1998, ocupa 266 hectáreas junto a la costa, donde el viento del Báltico ha retorcido los pinos hasta dejarlos con formas caprichosas. Tierra adentro hay robles viejos y rugosos, y una hiedra que tapiza el suelo y trepa por los troncos. Su gran estrella es el Trolleken, el roble de los trolls, que con entre 800 y 900 años es el más antiguo de Öland. En otoño, la hiedra florece y los días templados y sin viento se llenan de aromas y de hongos, de los cuales se pueden contar aquí unas 300 especies. El bosque guarda también mucha historia. Entre los árboles hay una quincena de tumbas de la Edad del Hierro y un muro de piedra de 230 metros que las investigaciones recientes consideran mucho más antiguo de lo que se creía. 

Faro de Långe Erik, en la bahía de Grankullavik, en el extremo norte de la isla de Öland, en el sur de Suecia.© Shutterstock

También quedan pequeños parapetos del siglo XV, de cuando la bahía de Grankullaviken, entonces llamada Örboviken, era una importante base naval. En la orilla oriental descansan los restos del Swiks, una goleta de tres palos que encalló el 21 de diciembre de 1926; sus siete tripulantes se salvaron. Una tormenta la partió en dos en 1954, y según las autoridades es el único pecio conocido de su tipo varado en tierra firme. En una hondonada llamada Hjerteskeppet hay un viejo pozo cuyas aguas los vecinos creían embrujadas, hasta el punto de no dejar beber en él a sus vacas. Cuatro senderos señalizados, de entre uno y 4,5 kilómetros, salen del centro de visitantes. El azul es el más corto, y el rojo recorre todo el cabo en una o dos horas. 

amanecer sobre un mar de nubes en el monte Fanal, en la isla de Madeira, Portugal© Shutterstock
Amanecer sobre un mar de nubes en el monte Fanal.

Fanal (Madeira)

En el noroeste de Madeira, a unos 1.100 metros de altitud, Fanal es uno de los rincones más fotografiados de la laurisilva madeirense, el bosque de laurel que la Unesco declaró Patrimonio Mundial. Esa laurisilva ocupa unas 15.000 hectáreas, es la mayor que se conserva y se considera una reliquia de los bosques que cubrieron el sur de Europa hace entre 15 y 40 millones de años. Lo que hace único a Fanal son sus tis (ocotea foetens), árboles centenarios, algunos de los cuales ya estaban aquí antes de que los portugueses invadieran el archipiélago en 1419. A esta altitud la niebla es muy frecuente, empujada por los alisios que forman el mar de nubes del que depende la laurisilva, sobre todo a primera hora de la mañana. Cuando envuelve los árboles, los deja como siluetas fantasmales sobre la pradera por la que pastan las vacas. Un pequeño cráter volcánico forma una laguna en invierno, y la zona está clasificada en el Parque Natural de Madeira como Reserva de Reposo y Silencio. 

Bosque de Fanal, en la isla de Madeira, con un viejo árbol de aspecto místico, en un entorno declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.© Shutterstock
Bosque de Fanal, en la isla de Madeira.

Su aire de otro mundo convenció a Lucasfilm, que rodó aquí escenas de la serie The Acolyte, de Star Wars, aunque los árboles gigantes que se ven en pantalla se añadieron digitalmente. Lo doloroso es que la fama tiene un precio. Ante la avalancha de visitantes, el Instituto das Florestas e Conservação da Natureza fijó en noviembre de 2025 un máximo de 3.000 visitas diarias y ha vallado algunos grupos de tis para proteger el suelo. Conviene no salirse de los caminos, no acercarse a los terneros, llevar ropa de abrigo y está prohibido trepar a los árboles, algo que ya ha causado polémica. Fanal es además el inicio o el final de dos rutas oficiales. La PR13 Vereda do Fanal, de unos 11 kilómetros y cuatro horas, llega desde Paul da Serra cruzando la meseta. La PR14 Levada dos Cedros, de 7,2 kilómetros y unas tres horas, sigue una levada del siglo XVII entre tis de 30 a 40 metros. 

Sendero del bosque de Białowieża en otoño, Polonia© Shutterstock
Sendero del bosque de Białowieża en otoño.

Białowieża (Polonia)

A caballo entre Polonia y Bielorrusia se extiende el Bosque de Białowieża. Este Patrimonio de la Humanidad fue durante siglos coto de caza de reyes polacos y zares rusos, un uso privado que ayudó a que el bisonte europeo, emblema del lugar, sobreviviera en el lugar. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial no quedó ninguno, comenzando así un proceso de cría en cautividad que fue todo un éxito. A finales de 2025 se contaron 1.176 en libertad en la parte polaca, y hoy el bosque conserva además unos 3.000 robles monumentales, algunos de más de 40 metros, y una biodiversidad excepcional, con 59 especies de mamíferos y más de 250 de aves. El corazón del bosque es el Parque Nacional de Białowieża, el más antiguo de Polonia, y su joya es la antigua zona de protección estricta, en la que el hombre no interviene desde los años 20 y donde solo se puede entrar con un guía autorizado, en grupos de diez personas como máximo, por la ruta de 7 kilómetros Do Dębu Jagiełły. 

Bisonte europeo en el bosque de Białowieża, Polonia© Shutterstock
Bisonte europeo en el bosque de Białowieża.

Sin guía también se puede pasear por el parque, que cuenta con cinco senderos señalizados y dos rutas para bicicleta, siendo el camino más largo el Wilczy Szlak (Sendero del Lobo). En Kosy Most, una pasarela y una plataforma de observación permiten ver castores, rapaces y bisontes, y fuera del parque, a tres kilómetros del pueblo, la pasarela de madera Żebra Żubra (Costilla de Bisonte) lleva hasta la Reserva de Exhibición de Bisontes, que permite ver al animal junto a alces, ciervos, jabalíes, lobos, linces y caballos. En el pueblo, el parque paisajista que rodeaba el palacio de caza de los zares, de finales del siglo XIX, alberga hoy el Museo de la Naturaleza y el Bosque, que recrea los distintos tipos de hábitat alrededor de una torre mirador. A las afueras, en el paraje de Stara Białowieża, el Sendero de los Robles Reales recorre por una pasarela de unos 2,8 kilómetros varias decenas de robles centenarios, cada uno bautizado con el nombre de un rey polaco o un gran duque lituano.

Bastei, el gran mirador de la Suiza Sajona© Shutterstock
Bastei, el gran mirador de la Suiza Sajona

Uttewalder Grund (Alemania)

A media hora de Dresde, en la Suiza Sajona, el río Elba se abre camino entre torres y mesetas de arenisca cubiertas de bosque. Entre sus muchos rincones, ninguno resume mejor su espíritu romántico que el Uttewalder Grund, un estrecho desfiladero boscoso entre el pueblo de Stadt Wehlen y la aldea de Uttewalde. En el verano de 1800, un joven Caspar David Friedrich, que con los años sería el gran pintor del romanticismo alemán, pasó aquí una semana entera sin cruzarse con nadie. Más tarde escribiría que había vivido “entre rocas y abetos”, y de aquella experiencia salieron varios dibujos y un sombrío óleo que lleva el nombre del lugar. No fue el único pintor seducido por este rincón, ya que su amigo, el noruego Johan Christian Dahl, también lo pintó, pero lo mejor es que lo que atrajo entonces a aquellos artistas sigue intacto hoy. En su tramo más estrecho, las paredes casi se tocan, y los bloques de arenisca que quedaron encajados en lo alto forman un arco, el Felsentor. 

Escaleras hacia Uttewalder Grund, en la Suiza Sajona© Shutterstock
Escaleras hacia Uttewalder Grund, en la Suiza Sajona

En el desfiladero crecen fresnos, arces, tilos, robles y olmos, mientras que en las laderas más soleadas dominan los pinos y los abedules. Los musgos y los helechos brotan de las grietas y cubren piedras y troncos, y los líquenes que tapizan las rocas propician un aire limpio. Hasta que el tren llegó al valle del Elba en 1851, el desfiladero formaba parte del camino principal hacia la Bastei, el gran mirador de la Suiza Sajona. El paseo más sencillo sale de la plaza del mercado de Stadt Wehlen y sigue un sendero señalizado con un punto rojo, bajo los árboles y entre paredes, hasta la puerta de roca; unos cinco kilómetros ida y vuelta por el mismo camino, de dificultad fácil. Unos metros antes del arco espera la Waldidylle, una posada instalada en un edificio de 1790 cuyo aspecto recuerda a la casa de una bruja de cuento. Como el bosque forma parte del Parque Nacional de la Suiza Sajona, en su zona más protegida solo se puede caminar por los senderos señalizados.