Kira Miró y Salva Reina atraviesan un buen momento profesional y personal. Se conocieron en el rodaje de Todos lo hacen, en 2021, y este año han vuelto a coincidir en la pantalla en dos películas: Solos y Tres de más, esta última estrenada hace solo unos meses, donde, además, interpretan por primera vez a una pareja en la ficción. Fuera de la pantalla también forman pareja y comparten unas raíces canarias que los llevan a dos lugares distintos de Gran Canaria: ella nació en Santa Brígida; él, en Las Palmas de Gran Canaria.
SANTA BRÍGIDA, A LA SOMBRA DE LA CALDERA
El paisaje de Santa Brígida queda bastante lejos de la imagen de playas de Gran Canaria. Tierra adentro, el suyo tiene más que ver con la tradición vinícola de la isla. El vino forma parte de la historia local desde los primeros tiempos de la colonización —cuando aquí se plantaron caña de azúcar, cereales y viñas—, y dejó tras de sí lagares, prensas y numerosas bodegas, además de la Casa del Vino de Gran Canaria, instalada en una antigua casa con oratorio del siglo XVI.
En el centro de la villa está la iglesia de Santa Brígida, que ya tiene 500 años, aunque del edificio original solo conserva su torre barroca, y alrededor un conjunto de calles coloridas. También hay una Santa Brígida menos esperada en La Atalaya, un antiguo poblado troglodita donde las casas y talleres aprovechan las cuevas excavadas en la roca. Allí se conserva la tradición alfarera vinculada a técnicas que ya conocían las poblaciones aborígenes de la isla, y todavía hoy se puede seguir la llamada Ruta de los Alfares.
Y luego está la caldera de Bandama, probablemente el paisaje más espectacular del municipio. Con un kilómetro de diámetro, 574 metros de altura y 216 de profundidad, este enorme cráter se formó hace unos 5000 años junto al antiguo volcán Pico de Bandama, aunque la huella que se contempla corresponde a una erupción de hace 1970 años, la más joven de la isla.
Desde el caserío de Bandama se puede emprender una ruta a pie que desciende hasta el interior de la caldera. El recorrido es exigente, pero permite descubrir los antiguos campos de labor y los viñedos de malvasía plantados tras la colonización. El nombre del lugar procede de un emprendedor flamenco de apellido Van Damme, que se estableció aquí.
Para obtener la mejor perspectiva del conjunto, hay que subir por carretera al vecino pico de Bandama. Desde allí se domina la caldera y aparece también el Real Club de Golf de Las Palmas, el decano de España, al borde del cráter.
Y desde aquí se puede seguir descubriendo esa otra Gran Canaria, la de los barrancos, los roques y las montañas: la caldera de Tejeda, con el Roque Nublo y el Roque Bentayga; las casas-cueva de Artenara; el caserío de Tejeda o la caldera de los Marteles, que puede recorrerse por un sendero circular de algo más de 7 kilómetros.
DE VEGUETA A LAS CANTERAS
La historia de Salva Reina con Las Palmas de Gran Canaria es más breve, porque nació allí en 1978, aunque por una circunstancia familiar: su padre estaba destinado por trabajo en la isla y, con solo tres años, regresó a Málaga, donde se crio y desarrolló su carrera. De aquellos primeros años no conserva recuerdos —“ninguno, ninguno”, reconoce—, aunque dice sentir “un cariño enorme a esa tierra” por lo que allí vivió su familia.
Para conocer la ciudad que el actor lleva en el DNI, Vegueta es un buen punto de partida, pues aquí está el origen de la capital, que nació un poco antes que Salva, en el siglo XV. Por las calles del conjunto histórico aparecen algunos de los edificios más representativos de la ciudad: la catedral de Santa Ana —en la plaza del mismo nombre, la primera plaza mayor planificada de España y modelo después para otras ciudades de la América colonial—, la Casa de Colón, el Museo Canario, las Casas Consistoriales o el Gabinete Literario.
En el Mercado de Vegueta, abierto en el siglo XIX, se puede tomar el pulso a la vida cotidiana de la ciudad. Y desde aquí, cruzando el Guiniguada, llegar hasta Triana, otro de los barrios históricos de la capital, con sus calles comerciales, sus edificios modernistas, el parque de San Telmo y la casa-museo y el teatro Pérez Galdós.
Pero Las Palmas también tiene una vida muy pegada al Atlántico, su cara más conocida. Las Canteras es la gran playa urbana: más de dos kilómetros de arena, un largo paseo marítimo, terrazas y restaurantes. Si en La Puntilla se mantiene la tradición pesquera, el extremo de La Cícer concentra buena parte del ambiente surfero.
Y también se come bien en Las Palmas. Tabaiba, de Abraham Ortega, y Muxgo, el restaurante de Borja Marrero, ambos con una estrella Michelin, llevan a la mesa una cocina muy vinculada al territorio. Poco más hace falta para abrir el apetito.
Del otro lado de la ciudad está el parque de Santa Catalina, entre Las Canteras y el puerto. Terrazas, hoteles, el trasiego del puerto y el océano a la puerta: otra forma de entender Las Palmas.











