Hace nueve siglos, un judío tudelano emprendió uno de los viajes más extraordinarios de la historia medieval. Benjamín de Tudela partió desde su ciudad natal hacia el lejano Oriente, cruzó casi doscientas ciudades de Europa, Asia y África, y al regresar dejó escritas sus memorias en el Séfer Masaot –el Libro de los Viajes–, una obra que lo consagró como el primer gran viajero moderno de la cultura occidental. Hoy, quien llega a Tudela descubre que la ciudad conserva esa misma capacidad de asombro que debió espolear su espíritu aventurero: aquí conviven un patrimonio fabuloso, una gastronomía que es pura poesía vegetal y el eco de una historia en la que judíos, musulmanes y cristianos dejaron una huella que todavía se respira en cada callejuela, en cada piedra y en cada bocado.
A orillas del Ebro, en el corazón de la Ribera
Tudela se asienta en un meandro del Ebro, a medio camino entre Pamplona y Zaragoza, en ese territorio de transición donde el verde húmedo del norte cede paso a la aridez ocre de las Bardenas Reales. Rodeada de huertas que llevan siglos dando frutos de leyenda, la capital de la Ribera navarra lleva en el río tanto su origen como su carácter.
Fundada en el año 802 bajo dominio musulmán, Tudela fue durante siglos una de las ciudades más dinámicas del valle del Ebro. Pero fue la convivencia entre las culturas árabe, judía y cristiana lo que verdaderamente forjó su carácter: durante cuatro siglos, musulmanes, judíos y mozárabes compartieron estas calles en un mestizaje que dejó una herencia artística y patrimonial sin parangón. De aquella época dorada surgieron figuras que harían historia: el poeta Yehudah Halevi, cuyas elegías por Jerusalén figuran entre las cumbres de la poesía hebrea; el polígrafo Abraham Ibn Ezra –astrónomo, gramático y filósofo–, al que algunos llaman “el Leonardo da Vinci tudelano”; y el ya citado Benjamín de Tudela, cuyo Séfer Masaot sigue siendo una fuente indispensable para comprender el mundo medieval. Cuando los cristianos tomaron la ciudad, enriquecieron ese legado y lo elevaron en piedra hasta dejarnos una joya del arte peninsular.
Un laberinto de maravillas
La visita al casco histórico de Tudela, declarado Conjunto Histórico, debería comenzar, inevitablemente, por la catedral de Santa María. Erigida a partir de 1180 sobre la antigua mezquita mayor, combina elementos románicos y góticos en una síntesis declarada Monumento Nacional desde 1884. Sus tres portadas merecen una contemplación sosegada: la Puerta de la Virgen, la Puerta de Santa María y, sobre todo, la espectacular Portada del Juicio, una obra escultórica excepcional en la que 122 dovelas narran con asombroso detalle el Génesis y el Juicio Final.
El interior depara más sorpresas. El claustro románico, con sus capiteles historiados, es uno de los espacios más ricos del edificio, y en su sala judía se conserva una de las pruebas materiales del pasado hebreo de la ciudad: una antigua manta con nombres de familias conversas. “De ahí viene la expresión tirar de la manta”, explica la guía Amaya durante las visitas. Otra joya del templo es la Virgen Blanca, talla policromada del siglo XII de casi dos metros de altura que permaneció oculta durante siglos, hasta que en 1930, apareció de forma casual detrás del altar mayor. El Palacio Decanal, anexo a la catedral, acoge el Museo de Tudela, donde una notable colección de orfebrería comparte espacio con una obra atribuida al taller de El Bosco: El Juicio Final.
A pocos pasos, el recorrido por los palacios de la ciudad revela la prosperidad que alcanzó Tudela tras la Reconquista. El del Marqués de San Adrián, en la calle Magallón, es considerado el mejor palacio renacentista de Navarra: su mural de grisallas con las doce gracias y el soberbio alero de madera tallada atribuido al maestro Esteban de Obray justifican sobradamente esa fama. Muy cerca, el Palacio del Marqués de Huarte –sede de la Biblioteca y Archivo Municipal–, luce una fachada barroca profusamente decorada y una doble escalera imperial que muchos consideran la más bella de Navarra. Completa el triángulo la Casa del Almirante, cuya fachada plateresca es uno de los emblemas más reconocibles de la ciudad.
El corazón social de Tudela late en la Plaza de los Fueros, espacio rectangular de balcones corridos y fachadas uniformes levantado entre 1687 y 1691 sobre el cauce del río Queiles. Antigua plaza de toros, escenario de la Bajada del Ángel en Semana Santa y de las fiestas patronales en honor a Santa Ana, ningún otro lugar captura mejor el carácter abierto y vitalista de los tudelanos. La Casa del Reloj, que preside el espacio, ha sido testigo de toda la historia reciente de la ciudad.
No muy lejos, la iglesia de Santa María Magdalena asoma su esbelta torre románica –una de las pocas que se conservan en Navarra– hacia las aguas del Ebro. Al atardecer, cuando la luz la tiñe de naranja y su sombra se derrama sobre las calles aledañas, la estampa roza lo irreal. Desde allí conviene acercarse al Puente del Ebro: con sus 17 arcos ojivales y sus 360 metros de longitud, emblema y blasón de la ciudad desde la Edad Media, ofrece una de las panorámicas más hermosas del casco histórico. Quien desee ampliar la perspectiva puede subir al Cerro de Santa Bárbara –donde se asentó el primer poblamiento de Tudela, luego la alcazaba árabe y más tarde el castillo cristiano– o visitar la Torre Monreal, edificio defensivo del siglo XIII que desde 2003 acoge la primera cámara oscura de Navarra, con proyecciones en tiempo real de la ciudad y su entorno en 360 grados.
El rastro del pasado judío –Tudela forma parte de la Red de Juderías de España– se percibe también en los nombres del callejero, como la plaza de la Judería. Por esas mismas calles caminó Benjamín de Tudela antes de emprender su periplo, y por ellas transitaron también los descendientes de las familias hebreas que, tras la expulsión de 1492, encontraron en el reino de Navarra un refugio temporal hasta que, en 1498, se decretó definitivamente su destierro o conversión forzosa.
La huerta que alimentó a tres culturas
Si hay algo que define a Tudela por encima de todo –con permiso de su catedral y sus palacios– es su huerta. Las fértiles vegas que el Ebro ha ido creando a lo largo de los siglos, en especial la Mejana –ese terreno de aluvión donde el río deposita sus mejores dones–, producen desde época musulmana verduras de una calidad y un sabor extraordinarios. Alcachofas con Indicación Geográfica Protegida, borrajas de tallo tierno y hoja perfumada, cardos de una sutileza que desafía el paladar, cogollos de lechuga de una delicadeza insuperable... La lista podría seguir, porque en Tudela la huerta es una filosofía de vida, casi una religión.
Esta devoción colectiva cobra su expresión más festiva en las Fiestas de la Verdura, el evento gastronómico más importante de Navarra y el primero de España dedicado en exclusiva a los productos de la huerta. Nacido en 1986 como un modesto concurso de menestras, el festival ha crecido hasta convertirse en un acontecimiento de alcance nacional. Cada año, con la llegada de la primavera, decenas de actos se despliegan por toda la Ribera navarra: recorridos gastronómicos con menús y pinchos de verduras, concursos, talleres de cocina, actividades para niños, degustaciones, maridajes con cerveza… Este año, las fiestas tendrán lugar del 17 de abril al 3 de mayo.
Aunque esas fechas son un buen momento para visitar la ciudad, la gastronomía de Tudela se puede –y se debe– disfrutar en cualquier época del año. Las verduras cambian según la temporada, pero siempre hay algo extraordinario en el mercado, en las cartas de los restaurantes, en los pinchos de los bares del casco histórico.
Dos restaurantes ilustran bien la riqueza de la escena gastronómica local. El primero es Treintaitrés, con tres generaciones de historia familiar a sus espaldas. Todo empezó en 1952 en una cantina de la estación de Gallur, donde la abuela del actual propietario, Ricardo Gil, cocinaba sus recetas. El padre continuó la tradición, y Ricardo la heredó y la elevó a una nueva dimensión: pionero en crear el primer Menú Degustación de Verduras de España, trabaja desde hace años con una red propia de agricultores locales que le abastecen cada mañana con los mejores productos de la Mejana. El resultado es una cocina que respeta y exalta el sabor genuino de la tierra: salmorejo de tomate local, pochas de Tudela con codorniz estofada, corona de alcachofas fritas con foie...
El segundo es Topero, el restaurante del cocinero José Aguado, tudelano formado en la Escuela de Hostelería Luis Irizar de San Sebastián que pasó por las cocinas de Arzak, el Kursaal de Martín Berasategui y el restaurante Rodero de Pamplona antes de regresar a su tierra para abrir su propio proyecto. La verdura es también aquí protagonista –alcachofa frita con guarnición de mejillón y gamba, borraja cocida con salsa de hongos a la brasa, pencas de acelga en tempura de su hoja–, pero la carta se extiende hacia grandes clásicos de la cocina navarra y vasca: cocochas de bacalao con su pil pil y hongos, chuletón de vaca vieja a la parrilla... Una cocina honesta, de producto impecable, que entiende la tradición como un punto de partida.
El viaje que no termina
Al atardecer, cuando el sol poniente tiñe de oro las piedras de la catedral y el Puente del Ebro proyecta su sombra sobre las aguas del río, resulta fácil imaginar a Benjamín de Tudela paseando por estas mismas calles antes de emprender su periplo hacia Oriente. Casi nueve siglos después, la ciudad que lo vio nacer sigue siendo un mundo en sí misma: un lugar donde conviven Románico y Renacimiento, donde las huertas alimentan cuerpo y espíritu, y donde cada piedra guarda algo que contar sobre la convivencia –no siempre fácil– de culturas que se necesitaban mutuamente. Tudela no es, desde luego, uno de esos destinos que gritan su importancia a los cuatro vientos. Prefiere guardar sus secretos para quien tenga la curiosidad de buscarlos. Y para quien lo hace, la recompensa es extraordinaria: la sensación de haber descubierto uno de esos lugares que cambian, de manera sutil pero definitiva, la forma de mirar el mundo.



















