María José Ortolà, psicóloga: "Preguntar repetidamente a un adolescente si tiene novio, bromear sobre su inexperiencia o compararlo con un hermano puede aumentar la presión"


Cuando el resto de amigos del grupo comienza a tener pareja, puede ser que algunos que llevan otro ritmo se sientan fuera de juego


María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora© María José Ortolà Sastre
22 de octubre de 2026 a las 13:08 CEST

Para muchos adolescentes existe una especie de calendario invisible que marca cuándo deben llegar el primer beso, la primera cita o el primer amor. Cuando el grupo de amigos empieza a emparejarse y las conversaciones giran únicamente alrededor de las nuevas relaciones, quienes van a otro ritmo suelen experimentar lo que podríamos denominar "síndrome del último del grupo". 

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora de la clínica Libélula, analiza por qué la ausencia de experiencias afectivas suele vivirse como un fracaso personal, cómo gestionar el aislamiento que surge frente a los "planes de pareja" y de qué manera acompañar a los jóvenes para que la presión social no condicione su autoestima. 

Los adolescentes que son los últimos de su grupo en tener pareja o primeras experiencias afectivas suelen sentir que "van con retraso". ¿Por qué tendemos a medir nuestro valor personal a través de los tiempos o hitos de los demás?

La comparación social nos ayuda a orientarnos y a entender qué se espera de nosotros. En la adolescencia adquiere un peso especial porque la identidad está en construcción y el grupo ofrece reconocimiento y pertenencia. Por eso, una diferencia en las experiencias afectivas puede interpretarse como una amenaza al propio lugar entre los demás.

Desde una mirada clínica, conviene explorar el paso que da su pensamiento: de "mis amigos tienen pareja y yo no" a "ellos tienen algo que a mí me falta". En ese momento, un hecho concreto se transforma en una valoración global de sí mismo. Si además considera que ser elegido demuestra que es atractivo o interesante, su autoestima queda muy condicionada por la aprobación externa.

En consulta, una pregunta útil sería: "¿Qué crees que significaría sobre ti tener pareja?". Si responde "que por fin alguien me quiere" o "que soy suficiente", necesitamos atender esa necesidad de reconocimiento, además de la frustración por no vivir una experiencia deseada. También exploramos cómo se habla, qué mensajes recibe sobre su aspecto y en qué vínculos se siente aceptado.

Trabajamos para que pueda construir una valoración personal más amplia y estable: reconocer sus cualidades en situaciones reales, tomar decisiones propias y cuidar relaciones en las que no tenga que demostrar nada. Eso permite que el deseo de tener pareja conviva con una sensación de dignidad y pertenencia en el presente.

grupo de adolescentes sentados en un banco mirando al móvil© Getty Images/Maskot

En la adolescencia parece existir un calendario no escrito sobre cuándo hay que dar el primer beso, tener la primera cita o dar el primer paso afectivo.  ¿Por qué el adolescente vive el "ir a destiempo" no como una simple diferencia, sino como un fracaso personal?

Ese calendario funciona como una norma implícita: las conversaciones, las bromas y las preguntas pueden transmitir que determinadas experiencias son una prueba de madurez. Cuando pertenecer importa tanto, diferenciarse del grupo puede vivirse con vergüenza y miedo a ser juzgado. El adolescente puede pensar: "Si no me ha pasado, algo falla en mí".

Aquí conviene distinguir dos experiencias: "Me gustaría vivir algo que todavía no ha ocurrido" y "debería haberlo vivido para ser normal". La primera expresa un deseo legítimo; la segunda añade una exigencia que puede aumentar el sufrimiento. Además, lo que ocurre ahora puede sentirse definitivo: el "todavía no" acaba convirtiéndose en "nunca".

En consulta exploramos de dónde sale esa obligación y qué teme que ocurra si no la cumple. Una pregunta puede ser: "Si nadie fuera a enterarse de cuándo das tu primer beso, ¿seguirías teniendo la misma prisa?". No pretende quitar importancia a su deseo, sino ayudarle a reconocer cuánto pertenece a su curiosidad y cuánto al temor a quedarse fuera.

Después trabajamos la tolerancia a la incertidumbre, la vergüenza y la capacidad de elegir.  También debemos respetar a quienes no sienten interés romántico o sexual, o lo experimentan de otra manera, sin asumir que necesitan cambiar.

 Si además considera que ser elegido demuestra que es atractivo o interesante, su autoestima queda muy condicionada por la aprobación externa

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica

Con las redes sociales exponiendo constantemente relaciones, trends de parejas y muestras de afecto, ¿cómo amplifica la pantalla la sensación de ser el único que se está quedando atrás?

La pantalla puede prolongar una comparación que antes terminaba al salir del instituto. Un adolescente puede llegar a casa sintiéndose desplazado y seguir encontrándose con declaraciones, aniversarios y vídeos de parejas. La sensación de diferencia se reactiva cuando apenas ha tenido tiempo para tomar distancia.

Además, compara su experiencia completa, con sus dudas e inseguridades, con momentos seleccionados de la vida ajena. Quienes tienen pareja disponen de contenido visible sobre ello; quienes no la tienen no suelen publicar esa ausencia. Esa diferencia puede favorecer una impresión engañosa: "Todo el mundo está viviendo esto menos yo".

Si ya teme no resultar atractivo, puede prestar más atención a las publicaciones que parecen confirmar esa idea. En consulta revisamos qué ve, qué se dice después y qué hace con ese malestar: ¿sigue buscando contenido para compararse?, ¿revisa continuamente las reacciones a sus fotos?, ¿termina evitando un plan o perdiendo sueño? Este análisis permite comprender qué papel tiene el uso de redes en su caso.

La intervención puede incluir silenciar contenidos que alimentan la comparación, ampliar referentes y proteger el descanso. También ensayamos una lectura más crítica: "¿Qué sé realmente de esta relación a partir de este vídeo?". Las redes también pueden aportar amistad y apoyo; sus efectos dependen del contenido, del contexto y de cómo las utiliza cada adolescente.

Cuando el primer amor tarda en llegar mientras los amigos van emparejándose, el adolescente suele buscar la respuesta en sí mismo ("no soy atractivo/a", "soy raro/a", "nadie se va a fijar en mí"). ¿Cómo se aborda en consulta esta espiral de inseguridad antes de que dañe su autoestima?

La valoración empieza por comprender qué le duele y cuánto está condicionando su vida. Exploramos el deseo de tener pareja, la relación con su cuerpo, las experiencias de rechazo, las burlas y la calidad de sus amistades. También valoramos ansiedad, ánimo, descanso, concentración y participación social. Sentirse inseguro en este contexto no implica, por sí solo, tener un trastorno.

Después reconstruimos juntos una situación concreta. Por ejemplo: un amigo cuenta que tiene pareja; aparece "soy el único al que nadie quiere"; siente vergüenza y un nudo en el estómago; se queda callado o deja de acudir a los planes. Apartarse puede aliviarle en ese momento, pero también reducir sus oportunidades de conexión y reforzar la sensación de estar solo. Comprender este círculo orienta el trabajo terapéutico.

Con herramientas cognitivo-conductuales contrastamos sus conclusiones: "¿Qué hechos tienes?, ¿qué estás suponiendo?, ¿hay otras explicaciones?". También podemos ayudarle a reconocer "estoy teniendo el pensamiento de que nadie me va a querer", sin tratar esa frase como una sentencia. El propósito es ganar flexibilidad para responder, aunque la inseguridad no desaparezca de inmediato.

Si existe evitación por miedo al rechazo, acordamos acercamientos graduales a situaciones seguras: retomar un plan, iniciar una conversación o expresar una opinión. Cuando hace falta, ensayamos habilidades sociales y revisamos después lo que esperaba y lo que ocurrió. Si se identifica un trastorno de ansiedad social, planteamos un tratamiento específico basado en la evidencia; no asumimos ese diagnóstico por su falta de experiencia afectiva.

A la vez, trabajamos la autocrítica, la tolerancia a la incertidumbre y las decisiones coherentes con lo que le importa. Valoramos el progreso por su participación, autonomía y bienestar, sin convertir encontrar pareja en el indicador de éxito.

grupo de cuatro adolescentes sonrientes© Getty Images/Maskot

Cuando el grupo de siempre empieza a emparejarse o a salir con chicos/as de otros cursos, las conversaciones cambian drásticamente. ¿Cómo afecta el sentimiento de soledad al adolescente que se siente excluido de las nuevas confidencias de sus amigos?

Puede sentirse solo incluso estando acompañado. Si los temas de conversación y los planes dejan de incluir sus intereses, pierde parte de la conexión que antes encontraba en el grupo. A veces hay tristeza por el cambio de la amistad y miedo a dejar de ser importante para personas que lo eran todo en su día a día.

Desde la clínica necesitamos distinguir entre una interpretación alimentada por la inseguridad y una exclusión que está ocurriendo. Si han dejado de invitarle, se burlan de él o solo le buscan cuando necesitan algo, no basta con trabajar su autoestima: hay que atender el trato que recibe. Convertir todo su malestar en un problema de percepción puede hacerle sentirse responsable de una situación injusta.

Exploramos qué ha cambiado, qué vínculos siguen siendo recíprocos y qué necesita expresar. Podemos ensayar una conversación: "Me alegro de que estés bien con tu pareja, pero echo de menos quedar contigo. ¿Podemos reservar un rato esta semana?". También trabajamos que pueda alegrarse por un amigo y sentirse triste por la distancia, sin juzgarse por ello.

Ampliar actividades y amistades puede ofrecer otras fuentes de pertenencia, sin exigirle que sustituya de golpe a su grupo. Si hay aislamiento, acordamos pasos pequeños para recuperar contacto con personas disponibles. Y el entorno tiene su parte: cuidar las amistades implica interesarse por experiencias distintas y mantener planes en los que todos tengan sitio.

Fingir experiencias puede aliviar de forma inmediata el miedo a destacar, pero también mantener la sensación de que necesita ocultarse para ser aceptado

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica

Por encajar o por no sentirse juzgados, algunos jóvenes fingen experiencias o buscan tener su primer noviazgo o su primer beso con alguien que no les gusta solo para "cumplir con el trámite". ¿Qué riesgos emocionales conlleva esta prisa por encajar?

La prisa por encajar puede hacer que el adolescente esté más pendiente de lo que podrá contar después que de cómo se está sintiendo durante la experiencia. Cuando teme perder aceptación, puede costarle reconocer la incomodidad, pedir que se pare o cambiar de opinión. Eso aumenta su vulnerabilidad ante situaciones de presión y relaciones poco respetuosas.

Puede aparecer tristeza, confusión o arrepentimiento, aunque una experiencia vivida con dudas no determina por sí sola sus relaciones futuras ni debe etiquetarse automáticamente como traumática. Si ya ha sucedido, necesitamos escuchar qué significó para él, sin culpa ni juicios. Si hubo coerción o falta de consentimiento, requiere una atención específica; la responsabilidad no recae en quien sufrió esa presión.

Fingir experiencias puede aliviar de forma inmediata el miedo a destacar, pero también mantener la sensación de que necesita ocultarse para ser aceptado. En consulta exploramos qué teme que ocurra si dice la verdad y con quién puede sentirse seguro, respetando que su intimidad le pertenece y no tiene que dar explicaciones al grupo.

La educación afectiva y el trabajo terapéutico incluyen reconocer el deseo, comunicar límites y ensayar respuestas ante la presión: "Prefiero no hablar de eso" o "Ahora no me apetece". El consentimiento debe ser libre y puede retirarse en cualquier momento. También trabajamos cómo responder a la decepción o al desacuerdo de otra persona sin abandonar los propios límites.

Ante la tristeza o la frustración de un hijo por este tema, los adultos tendemos a minimizarlo con frases como "eres muy joven", "ya llegará" o "céntrate en estudiar". ¿Por qué estas respuestas invalidan su dolor y cómo deberíamos escucharles?

Estas frases suelen expresar un intento de tranquilizar, pero pueden adelantarse a la escucha. "Eres muy joven" ofrece la perspectiva del adulto; no responde a la vergüenza, la soledad o el miedo que siente su hijo en ese momento. Si percibe que tiene que justificar su dolor, puede dejar de compartirlo.

Primero necesitamos comprender: "Veo que esto te está afectando. ¿Te duele más no tener pareja o sentir que tus amigos están menos contigo?". Después podemos reflejar lo que hemos entendido: "Te estás sintiendo fuera de lugar y eso te hace dudar de ti". Escuchar con calma facilita que vaya poniendo palabras a su experiencia.

Validar significa reconocer la emoción sin confirmar todas las conclusiones que la acompañan. Podemos decir: "Entiendo que estés triste; que no hayas tenido pareja no significa que seas menos interesante". Conviene evitar promesas como "seguro que pronto encontrarás a alguien": aunque bienintencionadas, pueden mantener la idea de que necesita una relación para estar bien.

En el trabajo con las familias revisamos también los mensajes cotidianos: preguntar repetidamente si tiene novio, bromear sobre su inexperiencia o compararlo con un hermano puede aumentar la presión. Ayuda respetar sus confidencias, reconocer otros aspectos de su vida y ofrecer apoyo sin tomar el control de sus amistades. Podemos preguntarle si necesita escucha o si quiere pensar alternativas juntos.

Si el malestar se mantiene o aumenta, hay aislamiento creciente, pérdida de interés, dificultades importantes de sueño o deterioro en los estudios y las relaciones, conviene valorar apoyo profesional. Lo que orienta esa decisión es su sufrimiento y el impacto en su vida, no la edad a la que tiene su primera experiencia afectiva.