Casi la mitad de los adolescentes ha probado alguna vez el cigarrillo electrónico, según datos de ESTUDES, la encuesta que mide el uso de drogas en alumnos de enseñanza secundaria. Aunque es cierto que el tabaco tradicional ha perdido peso en este grupo de población en los últimos años, el vapeo suele suponer el primer contacto con la nicotina. Tal como alertan desde la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC), "los y las adolescentes que empiezan a utilizar cigarrillos electrónicos tienen muchas más probabilidades de acabar probando posteriormente el cigarrillo convencional". Ocho de cada diez casos de tabaquismo se inician antes de los 20 años de edad, y fumar es la principal causa del cáncer de pulmón, el de mayor mortalidad.
Hay otro gran problema añadido y es la falta de percepción de riesgo de muchos jóvenes que se lanzan al cigarrillo electrónico como si fuese inocuo. Ni los aerosoles que contienen los vapers lo son, ni los adolescentes son conscientes de que entre sus componentes también hay nicotina y otras sustancias que ya se están revelando como perjudiciales para la salud. "Para muchos y muchas adolescentes, vapear no es ‘fumar’. El dispositivo no se parece a un cigarrillo, no huele igual y puede tener sabores agradables", señalan los portavoces de la citada sociedad médica.
Desde la semFYC piden que haya una regulación legal mucho más estricta que responda a las continuas novedades y formas de consumo que ofrece el mercado. Porque, además, los adolescentes están muy expuestos a través de las redes a su influencia. "Un producto puede aparecer dentro de un vídeo, de un ‘trend’ o de un contenido de un influencer y llegar a miles de jóvenes sin que ellos lo perciban como un anuncio", alertan. Por eso insisten en regular la publicidad directa e indirecta y el acceso a estos cigarrillos electrónicos, que muchos adolescentes adquieren de forma directa o a través de Internet.
Sobre los riesgos del vapeo en menores hablamos con el Dr. José Manuel Iglesias Sanmartín, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, portavoz de la 'Semana sin Humo' de la SemFYC y profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Oviedo.
El vapeo puede afectar al desarrollo del cerebro, especialmente a funciones como la atención, el aprendizaje y el control de impulsos. ¿Cómo se concretan esos daños?
El cerebro de un adolescente sigue madurando hasta los 25 años. La nicotina, presente en la mayoría de los dispositivos de vapeo, interfiere en este proceso afectando sobre todo a la corteza prefrontal que es la zona encargada del control de impulsos, la toma de decisiones, la atención y las funciones ejecutivas, y generando déficits persistentes en atención, memoria e impulsividad y a otras áreas alterando la memoria espacial y el aprendizaje.
A corto plazo puede producir una sensación de alerta o mejor concentración (efecto estimulante), pero este alivio suele ser temporal, no una mejora real a largo plazo donde suele provocar lo contrario debido al síndrome de abstinencia. En adolescentes, el uso de e-cigarrillos se ha asociado con peor rendimiento académico.
El vapeo no es solo un riesgo para una función concreta de la salud, sino una interferencia en el proceso general de maduración física, emocional y social propio de la juventud
¿Estos daños se producen a partir de una cantidad de consumo determinada?
No podemos decir que exista una cantidad concreta de vapeo a partir de la cual aparezca el daño cerebral. No hay una dosis segura de nicotina para un cerebro adolescente en desarrollo. La preocupación aumenta cuanto más precoz es el inicio y cuanto más frecuente es el consumo. Por eso me preocupa especialmente que un chico o una chica empiece a vapear a los 14 o 15 años. No hace falta esperar a que aparezca un problema de memoria o de concentración para hablar de riesgo: el problema empieza antes, con la posibilidad de generar dependencia en un cerebro todavía en construcción.
Además del desarrollo cerebral, ¿en qué otros aspectos del adecuado desarrollo juvenil puede tener influencia el vapeo?
El impacto va más allá del cerebro. El vapeo puede interferir en el desarrollo de hábitos de autocuidado y en la capacidad de gestionar el estrés de forma saludable. Muchos adolescentes empiezan a usarlo como forma de aliviar la ansiedad o de socializar, pero a medio plazo la dependencia a la nicotina puede generar el efecto contrario: irritabilidad, alteraciones del sueño y mayor dificultad para afrontar la presión académica o social.
También se ha observado una mayor probabilidad de pasar al consumo de tabaco convencional y, en algunos casos, de otras sustancias. En el plano físico, la exposición a los aerosoles puede afectar al sistema cardiovascular en desarrollo (elevación de la frecuencia cardíaca y la presión arterial) y al sistema inmunológico. En resumen, no solo se trata de un riesgo para una función concreta, sino de una interferencia en el proceso general de maduración física, emocional y social propio de la juventud.
En cuanto a la salud respiratoria y pulmonar, ¿cuáles son los principales riesgos del vapeo en adolescentes?
Los pulmones de los adolescentes todavía están creciendo y madurando. El aerosol de los vapeadores no es vapor de agua inocuo: contiene propilenglicol, glicerina, saborizantes y, en muchos casos, nicotina y restos de metales. Estas sustancias irritan e inflaman las vías respiratorias.
El vapeo se ha relacionado con más tos, pitidos, sensación de falta de aire y también con problemas relacionados con el asma y la función pulmonar. A largo plazo preocupa que esta inflamación crónica pueda dejar secuelas en la capacidad pulmonar y favorecer problemas respiratorios en la edad adulta. Incluso el uso ocasional se asocia a más síntomas respiratorios que no usar nada. Y cuando se combina con tabaco convencional, el riesgo se multiplica.
¿Tiene alguna influencia el vapeo en la salud mental de los jóvenes o como precipitante de alguna enfermedad mental como sucede con la marihuana?
La nicotina altera los sistemas de recompensa y regulación del estado de ánimo. Varios estudios observan que los adolescentes que vapean presentan con mayor frecuencia síntomas de ansiedad, depresión, estrés y, en algunos trabajos, ideas suicidas (aproximadamente el doble de probabilidad según algunas revisiones).
La relación parece bidireccional: jóvenes que ya tienen malestar emocional pueden recurrir al vapeo como forma de automedicación, pero el uso mantenido puede empeorar esos síntomas a medio plazo por los efectos de la nicotina y la dependencia. No se ha demostrado que el vapeo precipite psicosis o esquizofrenia de la misma forma en que se ha asociado el consumo de cannabis de alta potencia en personas vulnerables. Sin embargo, sí puede agravar problemas de ansiedad, depresión y control de impulsos, y facilitar el paso al consumo de otras sustancias.
En definitiva, el vapeo no es una alternativa inofensiva para los jóvenes. Los datos actuales invitan a la prudencia y a que las familias y los propios adolescentes cuenten con información clara para tomar decisiones informadas.







