Elvira Lindo tenía solo 22 años cuando nació su hijo Miguel, y recientemente, durante una entrevista en el programa radiofónico El Faro, la autora de Manolito Gafotas se sinceró sobre su papel como madre: “Tal vez he sido sobreprotectora. Tal vez, no lo sé. Pero mi hijo ha salido muy libre, porque creo que ha tenido una vida estimulante a mi lado”.
La escritora destacó la importancia de dar espacio a los hijos a pesar de los miedos: “Por mucho que nos cueste, hay que dejar que se muevan”, al tiempo que marcaba la verdadera meta de la educación: “Yo creo que los límites en un niño es que sea considerado con los demás, que sea agradecido, que vea a las personas”. Para profundizar en cómo lograr que los niños salgan de esa burbuja sin caer en el control ni en la permisividad, analizamos sus palabras junto a María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora de la clínica Libélula.
La escritora Elvira Lindo habla, cuando se refiere a la infancia de su hijo, de la importancia de ayudar a los niños a “salir de su burbuja”. ¿A qué edad y mediante qué procesos cognitivos o emocionales empieza un niño a ser capaz de “ver al otro” y ser verdaderamente agradecido?
Los niños no nacen siendo egoístas, pero sí profundamente centrados en sus propias necesidades, y esto es completamente normal. Durante los primeros años todavía están construyendo la capacidad de comprender que la otra persona tiene pensamientos, deseos y emociones diferentes a los suyos. Poco a poco, especialmente a partir de los 3 o 4 años, empieza a desarrollarse con más claridad esa capacidad de ponerse en el lugar del otro, aunque seguirá madurando durante muchos años. Por eso, agradecer de verdad es mucho más complejo que aprender a decir “gracias”. Primero necesito poder darme cuenta de que alguien ha pensado en mí, que ha dedicado tiempo, esfuerzo o cariño a hacer algo por mí. Y esto se aprende fundamentalmente en las relaciones cotidianas; cuando los adultos nombramos lo que sucede, ayudamos al niño a mirar más allá de sí mismo y le enseñamos a reconocer al otro.
Los límites son necesarios, pero deberían proporcionar estructura y seguridad sin ocupar todo el espacio de autonomía de nuestro hijo
La autora defiende dejar que los niños “se muevan” libremente aunque a los adultos “nos cueste”. ¿Qué impacto tiene el exceso de control del movimiento en el desarrollo emocional y físico del niño?
El movimiento durante la infancia no es simplemente una forma de gastar energía; es una de las principales maneras que tiene el niño de conocer su cuerpo, relacionarse con el entorno y descubrir de qué es capaz. Cuando corre, trepa, salta, se desequilibra o vuelve a intentarlo está desarrollando coordinación y habilidades motoras, pero también autonomía, confianza, tolerancia a la frustración y percepción de competencia.
Si constantemente anticipamos el peligro con un “cuidado”, “no subas”, “te vas a caer” o “déjame que yo te ayude”, aunque lo hagamos desde el amor, podemos acabar transmitiéndole que el mundo es más peligroso de lo que realmente es y que necesita al adulto para desenvolverse en él. El objetivo no debería ser eliminar cualquier riesgo, sino permitir experiencias ajustadas a su edad en un entorno suficientemente seguro.
¿Por qué nos cuesta tanto a los padres aceptar que los niños deben explorar, equivocarse, caerse y levantarse?
Porque muchas veces proteger a nuestros hijos también es una manera de intentar calmar nuestro propio miedo. Ver a un niño asumir un pequeño riesgo, frustrarse o equivocarse activa rápidamente en el adulto la necesidad de intervenir y evitarle ese malestar. El problema aparece cuando confundimos cuidar con impedir que algo incómodo suceda. Un niño necesita experimentar pequeñas frustraciones y dificultades que pueda asumir según su edad; necesita comprobar que algo puede no salirle bien y que puede volver a intentarlo. Nuestra función no es despejarle continuamente el camino, sino estar disponibles mientras aprende a recorrerlo. Acompañar no siempre significa solucionar, muchas veces significa permanecer cerca y confiar en que puede hacerlo. Porque un niño no construye seguridad cuando nunca se cae, sino cuando descubre que también sabe levantarse.
¿Dónde está la frontera entre permitir la libre exploración y caer en la falta de supervisión o en la permisividad?
Permitir explorar no significa dejar al niño solo ante situaciones para las que todavía no está preparado. La diferencia está en ofrecer libertad dentro de un marco seguro y adaptado a su edad, a su desarrollo y al contexto. Podemos estar presentes sin dirigir constantemente lo que hace; observar antes de intervenir, permitirle resolver aquello que sí puede resolver y actuar cuando existe un peligro que todavía no tiene capacidad para valorar. La permisividad aparece cuando el adulto deja de ejercer esa función de guía y contención. Los niños necesitan autonomía, pero también necesitan adultos que sostengan una estructura clara; ambas cosas no son incompatibles, de hecho, se necesitan mutuamente.
Proteger es ofrecer seguridad cuando realmente la necesitan. sobreproteger es evitarles experiencias que ya podrían empezar a afrontar por sí mismos
¿Qué diferencia un límite que protege de uno que controla?
Un límite que protege responde a una necesidad real del niño: su seguridad, su desarrollo, la convivencia o el respeto hacia los demás. Un límite que controla suele responder más a la necesidad del adulto de reducir su propia incertidumbre o conseguir que todo ocurra exactamente como espera. Antes de poner determinados límites puede ayudarnos preguntarnos: “¿Esto realmente necesita un límite o me cuesta tolerar que mi hijo lo haga de una manera diferente a la mía?”. No todo aquello que nos incomoda como adultos necesita ser corregido. Los límites son necesarios, pero deberían proporcionar estructura y seguridad sin ocupar todo el espacio de autonomía de nuestro hijo
Si tuviera que resumir en una frase qué es un límite sano, ¿cuál sería?
Un límite sano no corta las alas de un niño, le ofrece un lugar seguro desde el que aprender a volar.
¿Puede ser que el límite se convierta en ocasiones en sobreprotección?
Sí, especialmente cuando empezamos a poner límites no ante peligros reales, sino ante cualquier posibilidad de que el niño se frustre, se equivoque, se ensucie, tenga miedo o experimente alguna dificultad. La sobreprotección suele nacer de una intención muy bonita, que es evitar que nuestros hijos sufran, pero puede acabar privándolos de experiencias que necesitan para desarrollar recursos propios.
Si resolvemos constantemente por ellos, el mensaje implícito puede terminar siendo “tú solo no puedes”. Proteger es ofrecer seguridad cuando realmente la necesitan. sobreproteger es evitarles experiencias que ya podrían empezar a afrontar por sí mismos. A veces, queriendo evitarles todas las piedras del camino, también les impedimos descubrir que saben caminar sobre ellas.
¿Qué importancia tiene enseñar a dar las gracias y reconocer el gesto del otro?
Enseñar a agradecer es mucho más que enseñar una norma de educación. Es ayudar al niño a salir momentáneamente de sí mismo y darse cuenta de que delante hay otra persona que también siente, piensa y hace cosas por él. Por eso me parece más interesante enseñar el significado del agradecimiento que obligar automáticamente a decir “gracias”. Podemos ayudarles a detenerse y observar: “Mira, la abuela se ha acordado de algo que te gusta”, “tu amigo ha compartido esto contigo” o “papá ha preparado esto pensando en ti”.
Cuando hacemos visible el gesto del otro estamos educando la empatía, la reciprocidad y la capacidad de valorar lo que recibimos. Y, sobre todo, el agradecimiento se aprende viéndolo. Un niño que crece rodeado de adultos capaces de agradecer, reconocer y valorar a los demás tiene un modelo cotidiano mucho más potente que cualquier “¿qué se dice?”. Los niños aprenden mucho más de cómo nos relacionamos que de lo que les repetimos que deben hacer.






