Para Elena Crespi, psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja, la educación sexual comienza antes de nacer y se va conformando a lo largo de los años sin que seamos conscientes en muchas ocasiones de la importancia de determinados gestos. Reflexiona sobre ello en su libro Habla con ellos de sexualidad (Ed. Lunwerg), donde, con ilustraciones de Elisenda Soler, habla a padres e hijos sobre sexualidad. Hemos charlado con ella.
Hablar del cuerpo implica también normalizar la diversidad corporal: no todos los cuerpos son iguales y eso no los hace mejores ni peores.
Empiezas el libro hablando de sexismo. ¿Cómo se puede evitar al educar a los hijos?
Evitar completamente el sexismo es complicado, porque vivimos en una sociedad profundamente atravesada por él y muchas de sus expresiones están tan normalizadas que pasan desapercibidas. A menudo reproducimos diferencias, expectativas o mensajes de manera automática, sin ser conscientes de que estamos educando de forma desigual. Por eso, el primer paso imprescindible es la toma de conciencia: revisar cómo hablamos, qué esperamos de niños y niñas, qué conductas reforzamos y cuáles penalizamos. A partir de ahí, podemos aprender a detectar el sexismo en lo cotidiano y empezar a actuar de forma más coherente, ofreciendo modelos educativos más justos y respetuosos.
¿Cuál es la mejor manera de hablar del cuerpo con los hijos?
La mejor manera es hacerlo desde la naturalidad y el respeto. Es importante que las criaturas entiendan que todas las partes del cuerpo son importantes y cumplen una función, y que conozcan sus nombres reales desde el principio. Cuando utilizamos eufemismos solo para los genitales, transmitimos la idea de que hay algo distinto, incómodo o incluso vergonzoso en ellos. Además, hablar del cuerpo implica también normalizar la diversidad corporal: no todos los cuerpos son iguales y eso no los hace mejores ni peores. Los cuerpos nos permiten vivir, sentir, movernos y relacionarnos, y esa es la mirada que deberíamos priorizar.
Los menores comienzan a tener relaciones sexuales sobre los 13 años. ¿Qué educación sexual deberían haber recibido por parte de su familia en ese momento?
A esa edad, la educación sexual ya debería haber empezado hace tiempo. De hecho, aunque en casa no se haya hablado explícitamente del tema, los menores ya han recibido educación sexual a través de su entorno, de los medios, de internet y de sus iguales. La educación sexual no es solo lo que se dice, sino también lo que se transmite con actitudes, silencios y modelos relacionales. A los 13 años, la mayoría de adolescentes ya saben cómo se hacen los bebés, qué es la masturbación, han visto pornografía —voluntaria o accidentalmente— y manejan conceptos sexuales diversos. El problema es que este aprendizaje suele estar cargado de estereotipos, creencias erróneas y una fuerte presencia de machismo, racismo o capacitismo. Por eso es fundamental abordar estos temas antes, de manera progresiva y adaptada a su edad.
"Muchas personas me cuentan en consulta que nunca han visto a su madre y su padre abrazados ni dándose un beso y que siempre los han visto fríos y distantes", recoges en el libro. ¿Cómo impacta esa vivencia emocional en la educación sexual de los hijos?
Este tipo de vivencias forman parte de lo que llamamos educación sexoafectiva. La manera en que madres y padres se muestran cariño, respeto o cercanía marca profundamente cómo los hijos entienden las relaciones y el amor. No se trata de mostrar intimidad explícita, sino de expresar afecto de forma visible y saludable. Cuando en casa hay gestos de cuidado y conexión emocional, se están sentando las bases de una autoestima sólida y de relaciones futuras más respetuosas. En cambio, la frialdad emocional puede dificultar la expresión afectiva y la construcción de vínculos sanos.
Los expertos están poniendo la voz de alarma en la influencia del porno digital en los menores. ¿De qué manera encarar esa conversación con los hijos?
La cuestión no es si se van a encontrar con el porno, sino cuándo y cómo. Por eso, es mucho más saludable anticiparse y hablar del tema antes de que aparezca sin ningún tipo de acompañamiento. Resulta clave haber normalizado previamente escenas de afecto, deseo o intimidad que aparecen en series, películas o televisión, sin recurrir automáticamente a la censura. Compartir esos momentos puede abrir conversaciones que permitan explicar que existen contenidos más explícitos y que estos no suelen mostrar relaciones reales basadas en el respeto, el consentimiento o el placer compartido. Así se crea un espacio de confianza para que puedan preguntar, expresar dudas o contar si se han encontrado con ese tipo de vídeos.
¿Cómo transmitirles la importancia del consentimiento en las relaciones sexuales?
El consentimiento se aprende mucho antes de hablar de sexualidad. Se transmite en el día a día, cuando respetamos los límites de las criaturas y les enseñamos a respetar los de los demás. Situaciones tan cotidianas como pedir permiso para coger algo que no es nuestro, aceptar un “no” o decidir si queremos un abrazo son la base para entender el consentimiento en las relaciones sexuales. Si estas dinámicas están integradas desde la infancia, será mucho más fácil comprender que nadie tiene derecho a tocar o hacer algo a otra persona sin su consentimiento explícito.
¿Deben los padres interesarse o preguntar por la vida sexual de sus hijos adolescentes?
La clave está en el equilibrio entre acompañar y respetar la intimidad. No se puede invadir la esfera privada de los adolescentes si no se ha construido previamente un espacio de confianza. Lo que sí pueden y deben hacer las familias es mostrarse disponibles, dejar claro que pueden contar con ellas y que no serán juzgados si deciden hablar o preguntar. Al mismo tiempo, es fundamental respetar su derecho a la intimidad, porque forma parte de su proceso de autonomía y maduración.
¿Qué señales nos indican que la educación sexual que se ha dado en familia es la adecuada y, al contrario, qué señales de alarma habría?
Una educación sexual adecuada es aquella que fomenta el respeto, la diversidad y la capacidad crítica. En el fondo, es una educación para la vida, que permite relacionarse de manera consciente y responsable. Desde mi punto de vista, debe estar atravesada por una perspectiva feminista, antirracista, anticapacitista y lgtbiqa+ friendly, alineada con la defensa de los derechos humanos. Cuando los niños y adolescentes pueden hablar con naturalidad, expresar límites, respetar los de los demás y cuestionar los mensajes que reciben, estamos ante una educación sexual saludable.











