Aquellos ayeres

‘En las últimas páginas del ¡HOLA!, en los reportajes de sociedad que se publicaban, imperaba la sociedad barcelonesa’

Margaret Campbell, Duchess of Argyll, with her daughter Frances Helen Sweeney
Alfonso Ussia

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Cuando yo era muy, pero que muy jovencito, mis hermanas mayores compraban todas las semanas el ¡HOLA! Creo recordar que, en aquellos primeros años de la publicación, don Antonio Sánchez y doña Mercedes Junco vivían en Barcelona, y la revista se editaba allí. Barcelona era la gran ciudad española abierta a Europa, desarrollada, hospitalaria, culturalmente abierta y siempre pujante. Lo que va de ayer a hoy. Y establezco esa unión del ¡HOLA! con Barcelona, porque en sus últimas páginas, en los reportajes de sociedad que se publicaban, imperaba la sociedad barcelonesa. Había apellidos que se repetían semana tras semana. Salisachs, Salarich, Godó, Güell, Juncadella, Capdevila, Vilallonga, Castelflorite… Y casi nunca faltaban dos grandes señoras barcelonesas, que presidían toda suerte de mesas petitorias y tómbolas benéficas. La condesa de Lacambra y doña Marta Moragas de Moragas.

Girls' Night In©GettyImages

La segunda, siempre aparecía presidiendo la Mesa de la Cruz Roja, la Mesa contra el Cáncer, la de Cáritas, y la Tómbola Diocesana de la Vivienda. La primera, la Condesa viuda de Lacambra, muy enjoyada, acudía a todas partes acompañada de su hijo Kikín, Conde de Lacambra, un hombre con empaque y buena facha, como tiene que ser.

En Barcelona se celebraban toda suerte de fiestas, inauguraciones y demás acontecimientos sociales, pero una semana, no se publicó nada que tuviera que ver con la condesa viuda de Lacambra y doña Marta Moragas de Moragas. En nuestra casa se extendió la preocupación. Hechas las indagaciones precisas por los canales correctos, supimos que gozaban de buena salud, y la alegría y el optimismo retornó a nuestro hogar.

Margaret Campbell, Duchess of Argyll, with her daughter Frances Helen Sweeney©GettyImages

En el número correspondiente a la semana de Pascua, no se organizó ninguna cuestación benéfica, y consideramos todos los hermanos que la ausencia de la condesa viuda de Lacambra en las páginas de Sociedad, así como la de doña Marta Moragas de Moragas, estaban plenamente justificadas. Pero donde menos se espera, salta la liebre. A tamaño más que considerable, se publicó una fotografía de doña Marta Moragas de Moragas posando a las puertas de una conocida confitería de Barcelona. El pie de foto, insuperable, decía así, más o menos: “Doña Marta Moragas de Moragas, ilustre dama de la alta sociedad de Barcelona, sorprendida cuando abandonaba una reputada confitería en la que adquirió la mona de Pascua que se disponía a regalar a su ahijada, la niña Montserrat Monturiol”. Según me han contado, al leer el ¡HOLA! de aquella semana la condesa viuda de Lacambra, y confirmar que doña Marta Moragas de Moragas se la había dado con queso, se dirigió a su hijo, el conde de Lacambra, y le trasladó la siguiente y terminante orden. – Llama inmediatamente a Marta Moragas, y le dices de mi parte, que la mona de pascua que ha regalado a la niña de los Monturiol, es una auténtica birria-.

Sesenta años más tarde, sigo sin saber si la llamada se produjo.


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