La Reina Sofía, 50 años del día en que se vistió de rociera y conquistó a los andaluces

Hace cinco décadas doña Sofía se unió a la romería, convirtiéndose en ‘una peregrina más’

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Por sus venas corre sangre rusa, danesa y alemana, pero la reina Sofía se siente “española al cien por cien”. Tras dar tres ‘sí, quiero’ a don Juan Carlos, hace sesenta años, nuestro país se convirtió en su nuevo hogar. Aunque la infatigable princesa recorrió junto a su marido cada rincón de la geografía española, también hubo visitas en las que fue protagonista indiscutible, como la primera vez que se unió a la Romería del Rocío.

Para muchos, esta sea, quizá, una de las tradiciones más bellas de Andalucía. Desde artistas a aristócratas, la popular y famosa romería siempre ha contado con ilustres peregrinos, en 1972, entre ellos figuró doña Sofía.

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Como una peregrina más, luciendo el traje andaluz de faralaes, se sumó a la marcha que miles de personas iniciaron hasta la aldea de El Rocío, en Almonte, Huelva. Un camino de fervor y pasión, a través de senderos milenarios, que discurren por las proximidades del Guadalquivir.

En la última etapa, la todavía princesa de España -no sería Reina hasta 1975, con la proclamación de don Juan Carlos como Rey de España- se sumó a esta peregrinación a caballo, con la compañía de la infanta doña Esmeralda de Borbón y Orléans y su primo el príncipe don Ataulfo.

“Con vara de mimbre en la mano, la Princesa, rociera de honor, cruza los caminos polvorientos de la Baja Andalucía dirección al santuario de la Virgen del Rocío”, contaba la crónica de ¡HOLA! A lo largo del trayecto, añadía, “fue objeto de alegres y afectuosas muestras de simpatía, en las que no faltaron los espontáneos y graciosos piropos que le dedicaban por igual hombres y mujeres”.

Se ganó el cariño de los rocieros, que incluso “se disputaban el honor” de fotografiarse a su lado; y fue nombrada hermana mayor de la cofradía. Un título que también se le otorgó a don Juan Carlos que, sin embargo, no se encontraba allí -él no visitaría El Rocío hasta veinte años más tarde, en 1992-.

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Doña Sofía, en cambio, volvió al Rocío mucho antes, en 1984. Y si el de 1972 resultó especial y simbólico, este lo fue todavía más: supuso su regreso ya como Reina de España.

De nuevo, los lunares y volantes llenaban su vestido de faralaes y el de sus dos hijas, las infantas Elena y Cristina, que estuvieron a su lado y, como ella, juraron como hermanas honorarias de la cofradía.

A caballo, las tres emprendieron el polvoriento camino para presentarse a la Virgen del Rocío, la Reina de las Marismas; y la soberana sintió, una vez más, el cariño de los rocieros.

Recibió no sólo la medalla de oro de la Hermandad, sino otras once medallas de los rocieros que, emocionados y sin poder contener las lágrimas de la emoción, quisieron dar como obsequio a doña Sofía. La ‘Reina profesional’ que, por su constante buen hacer, por su discreción y por su estricto sentido del cumplimiento del deber continúa estando en la cima de la lista de los españoles más valorados, recogiendo aplausos y muestras de cariño.