Del cubo de la basura a las grandes casas de subastas: la épica odisea para rescatar el vestido de Dorothy, el trineo de Orson Welles y el mapa desaparecido para siempre de Los Goonies


Del firmamento cinematográfico al vertedero


Judy Garland en el set de 'El Mago de Oz'© Getty Images
Luis NemolatoDirector especiales ¡HOLA!
26 de octubre de 2026 a las 22:44 CET

Hay un proverbio que dice que "la basura de un hombre es el tesoro de otro" y va a ser que no podíamos haber encontrado otro mejor para definir lo que te vamos a contar ahora: ese proceso por el que la memorabilia trash se convierte en una obra de arte subastada —o subastable— en Sotheby's y Christie’s, o cómo un objeto con un valor sentimental incalculable puede acabar en el cubo de la basura sin que a nadie le importe. Y eso, pasa. Todo el rato. Porque ¿Te acuerdas de ese momento rollo 'Ecce Homo', de Borja del verano pasado cuando una familia se dejó un cuadro de Sorolla apoyado en una acera de Sevilla y un turista murciano, fascinado por lo "bonico" que era el marco, se lo llevó a su hotel como el que se coge un hidráulico roto de un contenedor de escombros? Pues ese tipo de 'sucesos' tan propios de este país de Berlanga y panderetas también tienen lugar en la patria de Mr. Marshall. Y sí, por mucha Meca del cine que tengan. 

Joaquín Sorolla© GTRES
Joaquín Sorolla

O quizás, precisamente por eso. Que si bien en Italia se les caen los monumentos y eso que se ahorran; en EE. UU, no dan a basto con tanto ídolo de masas y tanta cultura pop. Y si no, imagínate la escena. Finales de los años 30; el mundo aún bosteza en un monótono blanco y negro; y una chiquilla de Kansas irrumpe en la gran pantalla luciendo un pichi de Vichy y cuadros azules, trenzas pelirrojas y unos chapines colorados de lentejuelas. Era El Mago de Oz, un milagro del naciente Technicolor, y Judy Garland, convertida en Dorothy, acababa de convertir ese instante en eterno al grabarlo en la memoria sentimental colectiva al ritmo de Over the Rainbow y de sus saltitos por una senda interminable de baldosas amarillas. 

 
© GTRES

Sin embargo, la historia de este vestid-hito, con delantalito y canesú, no terminó en una urna de cristal blindado con temperatura constante, sino en el vertedero del olvido y el absurdo. Y eso es literal. Durante cuatro décadas, el mítico traje —que escondía un bolsillo secreto y llevaba el nombre de la actriz bordado a mano— estuvo en paradero desconocido. Hasta que un profesor de la Universidad Católica de América en Washington, organizando su despacho, lo encontró metido en una caja de zapatos, dentro de una bolsa de basura, olvidada sobre unos buzones que pertenecían al atrezzo del departamento de teatro. Resulta que la actriz Mercedes McCambridge, íntima de Garland y la rival de Joan Crawford en Johnny Guitar o la madre de Elizabeth Taylor en De repente el último verano, se lo había regalado en los años 70 al padre dominico Gilbert Hartke y éste, a su vez, a la Universidad. ¿El desenlace de este despropósito? La casa Bonhams acabó estimando su valor en subasta entre los 800.000 y 1,2 millones de dólares. Y se vendió. Un final feliz, que no siempre ocurre. La mayoría de las historias de estos objetos perdidos (y a veces encontrados entre cáscaras de pera) suele ser como un thriller de Hitchcock pasado por el surrealismo de Buñuel, unas veces y de Wes Anderson, otras tantas. Hoy, aquí, te las contamos. 

Porque siguiendo con el país de Oz, habría que decir que el idilio con sus fetiches roza la psicopatía. Y no, nada que ver con lo queer. Uno de los cuatro pares de zapatos de rubí que sobrevivieron al rodaje fue robado en 2005 por un criminal convencido de que la pasamanería estaba cosida con piedras reales, siendo recuperado por el FBI trece años después en una operación encubierta. Y aquí la Major sabía lo que se hacía… Otro de esos pares había ya pulverizado los récords de las subastas —de este tipo de objetos— al venderse por 32,5 millones de dólares, comisiones incluidas. 

Margaret Hamilton y Judy Garland, «El mago de Oz», MGM, 1939
Fotografías de rodaje y material promocional del estudio
© GTRES

Pero, ¿y esto por qué pasa? Primero, porque en Hollywood (con todas sus variables, véase los set televisivos o las tablas de Broadway) la línea que separa la baratija de la reliquia es tan delgada como el ego de una estrella en horas bajas. Y 2) porque siguiendo con esta idea, una incombustible fábrica de ilusiones y lentejuelas genera también, y de manera indefectible, mucha basura reluciente y el vertedero más fascinante del planeta. O lo que es lo mismo, que durante décadas, los grandes estudios trataron su atrezzo como aparataje desechable y/o reutilizable hasta un límite. Como cosas sin valor. Como utilería. Como decoración de cartón piedra, trapo y vidrio cuando queremos decir plástico… Y cuando esos objetos dejaban de servir, se hacían viejos o ya se habían usado 7 veces, acababan en la basura. Un error de cálculo histórico que, por contra, ha convertido a bedeles, curiosos y buscadores de gangas en los nuevos aristócratas del antiquariato pop. Pero, tampoco, siempre…

 Star Wars: Episodio IV - Una Nueva Esperanza© Corbis via Getty Images
Star Wars: Episodio IV - Una Nueva Esperanza

¿Te acuerdas de la nave espacial Nostromo de la obra maestra del espacio Alien —y que Kubrick nos perdone—? Pues bien, se trataba de una maqueta de casi 300 kilos que no tenía cabida en los almacenes de la Fox, así que el estudio se la regaló a un fan de Ridley Scott llamado Bob Burns. Pero este señor, pues oye, que tampoco tenía espacio su salón y mucho menos encima de la tele, con lo que esta joya de la ingeniería espacial cinematográfica se pasó veinte años pudriéndose a la intemperie en la entrada de su garaje, hasta que una familia de mapaches decidió instalar su nidito de amor en sus entrañas. Y esto provocó que los vecinos llamaran a las autoridades, por un lado, destapando su tropelía, y por otro que, perdona que te digamos pero que, estemos dándole una idea de capítulo a los creadores de Black Mirror: “El triunfo de la distopía: el terror alienígena colonizado por roedores de los suburbios del medio Oeste”. ¿Qué te parece?

Del cubo de la basura a las grandes casas de subastas: la épica odisea para rescatar el vestido de Dorothy© Corbis via Getty Images

Pero siguiendo con el delirio espacial… La mortífera Estrella de la Muerte, la original de resina —y plástico, vale— de la Guerra de las Galaxias, tampoco tuvo mejor suerte y eso que por una réplica en El Corte Inglés, por dar un ejemplo, puedes pagar con tus órganos. La nave acabó sus días en el vestíbulo de un garito de música country en Missouri, en donde era utilizada como la típica palangana —típica porque estamos hartos de verlas en películas de serie B y en las de terror de Ryan Murphy— donde se escupen los chicles, las colillas, y el tabaco de mascar después de que alguien se la dejara abandonada en un guardamuebles por la 20th Century Fox. 

La guerra de las galaxias © GTRES

Menos mal que, otras veces, la historia de estos fetiches se cruza con la de un cheque al portador o tiene más retruécanos que una película coreana, véase por ejemplo Parásitos, de Bong Joon-ho. Porque cuando la nostalgia llama a la puerta, las fortunas cambian de manos en un batir de pestañas. Pensemos en la subasta a ciegas de un contenedor abandonado en Long Island de 1989. Una pareja local pagaba apenas cien dólares por su contenido, solo para descubrir que, bajo unas mantas mugrientas, se escondía el mismísimo Lotus Esprit blanco que se transformaba en submarino en la película de James Bond “La espía que me amó”. 

Orson Welles en Ciudadano Kane© Getty Images
Orson Welles en Ciudadano Kane

Años más tarde, se lo venderían a un caprichoso Elon Musk por casi un millón de dólares. O en el mítico trineo "Rosebud" de Ciudadano Kane, que en realidad eran tres. Fabricados en madera de balsa para arder con facilidad ante la cámara de Orson Welles —como símbolo de la inocencia perdida— el único que se salvó de la quema destrozó todas las previsiones al adjudicarse por 14,75 millones de dólares. O la estatuilla de plomo hueco de “El halcón maltés”, inconfundible por la abolladura que le causó la actriz Lee Patrick al dejarla caer por accidente durante el rodaje con Humphrey Bogart. La figurita fue subastada por Bonhams por casi cuatro millones de dólares. Que ¿cómo llegó a subasta? Porque alguien se la olvidó una noche, en el graderío de un cine, allá por 1941 cuando, por hacer la gracia, se la llevó a un estreno y volvió a casa sin ella.

Una reproducción del trineo 'Rosebud', que aparece en la clásica película 'Ciudadano Kane'© Getty Images
Una reproducción del trineo 'Rosebud', que aparece en la clásica película 'Ciudadano Kane'

A ver, que hoy nos llevamos las manos a la cabeza. Pero es que, entonces, no tenía valor. O sea, un valor real, queremos decir. Y es que muchas de las piezas que hoy veneramos como ese halcón, símbolo de la codicia humana en la novela de Dashiell Hammett y en la película de John Huston que se considera la cinta fundacional del cine negro, se construyeron con la misma precariedad, el mismo pegamento y casi la misma indolencia con la que tú hacías los proyectos de ciencias para el cole con 13 años. Que si volvemos a la Guerra de las Galaxias, el icónico sable de luz fluorescente de Luke Skywalker se fabricó reciclando el tubo de eso, de un fluorescente, fundido desde los años cuarenta, y sin embargo, se acabó vendiendo por 240.000 dólares. Pero precisamente por esa calidad tan dudosa muchos de ellos ni siquiera aguantaron un telediario. Como el coco Wilson con el que Tom Hanks protagonizó “Naufrago” que ni siquiera resistió el estreno del filme o el papel de estraza en el que se dibujó el legendario mapa del tesoro de Los Goonies. Un presunto pergamino que, tras el rodaje, cayó en manos del actor Sean Astin y un día, su madre, al ver un papel malucho pintarrajeado, sucio y con pinta de haber sobrevivido a un naufragio, lo tiró a la basura. La madre era Patty Duke, de “El valle de las muñecas”, que quizás lo de ser un mito con tiempos mejores a sus espaldas tampoco es que le sonara raro….

 Michael Jackson © Getty Images
Michael Jackson

Pero no siempre es necesario que en este bazar de las emociones los recuerdos hayan pasado por imprimirse en celuloide, las más de las veces la mitomanía no necesita de nada salvo de un sentido de pertenencia. Ya tengan un reverso oscuro, escatológico o profundamente freak. Acuérdate de Priscilla reina del desierto y lo que llevaba en un botecito de cristal el personaje interpretado por Guy Pearce colgado al cuello... Eso es real. Porque el alma de un fan es un océano insondable y lleno de misterios y el aura de las estrellas es ingente como el firmamento, así que imagina cuando se juntan cielo y mar… Que el mercado de subastas se pone mu’ loco. Así, un dentista llamado Michael Zuck no tuvo reparos en desembolsar 30.000 dólares por una muela picada de John Lennon —una rareza, que el de Yesterday era vegetariano…—; una groopie de NSYNC pagó 1.025 dólares por una french toast (o sea, una torrija) que Justin Timberlake dejó a medio morder durante una entrevista de radio en el año 2000;... y rozando ya la locura clínica, un empresario intentó vender por un millón de dólares un calzoncillo usado confiscado a Michael Jackson mientras que un médico forense intentó colocar en el mercado las radiografías de tórax de Marilyn Monroe, que finalmente se subastaron por 45.000 dólares 

Angelina Jolie posando durante la premier de "Mr and Mrs Smith" © GTRES
Angelina Jolie posando durante la premier de "Mr and Mrs Smith"
Brad Pitt© GTRES
Brad Pitt

Y así, al final del día, cuando alguien es capaz de desembolsar 75.100 dólares por un frasco que, supuestamente, contenía moléculas de aire respiradas por Angelina Jolie y Brad Pitt en la premiere de Sr. y Sra. Smith, solo nos queda pensar en que quizás lo único que nos queda de la vida es el recuerdo. O que, como diría Neruda, es muy corto el amor y muy largo el olvido… Pero, sobre todo, que esos objetos de poliuretano, algodón o madera no son solo eso, objetos, sino billetes de ida a ese momento en el que fuimos felices. Y que quien se hace con ellos está pagando el precio del rescate de ese trocito de su alma que quedó a oscuras en una sala de cine o en un concierto o en el sofá de la infancia. Creyendo firmemente que, si chocábamos los tacones rojos tres veces, siempre podríamos volver a Kansas. A casa.