Después de casi un año dedicado a “lo prioritario”, como él mismo define ese tiempo suspendido en el que su vida se centró únicamente en sobrevivir, Borja Sémper ha hablado como nunca. El político donostiarra, de 50 años, se ha sentado en el diván del podcast Decir las cosas, de Vanity Fair para Gran Meliá, con Jesús Terrés y Alberto Moreno, y ha concedido su entrevista más sincera. Con absoluta serenidad, y la tranquilidad de quien ha superado una complicada prueba, el portavoz del PP repasa cómo fue enfrentarse a un diagnóstico que le cambió la vida, cómo lo vivió su familia y cómo mira hoy al futuro.
Sémper recuerda cómo se sintió cuando escuchó la palabra que nadie quiere oír: cáncer. Reconoce que al principio “sentí un miedo extraordinario” y que durante semanas “tuve la sensación de que no hablábamos de mí”. El diagnóstico, asociado al páncreas, le colocó ante un abismo inesperado. Él, que llevaba una vida ordenada, hacía deporte y se consideraba “inmortal”, vio cómo el suelo se movía bajo sus pies.
La necesidad de comunicarlo públicamente llegó casi al mismo tiempo que la primera sesión de quimioterapia. “Mi fisonomía iba a cambiar y debía contarlo con naturalidad”, explica. Lo que no imaginaba era la reacción: su manera directa de hablar del cáncer, sin rodeos, emocionó a mucha gente y convirtió su vulnerabilidad en un espejo para otros.
El tratamiento y el golpe emocional
El tratamiento fue duro desde el principio. Un auténtico "via crucis", lo describe él. Aun así, no hubo espacio para el lamento: aceptó que la enfermedad formaba parte de la vida y se centró en superarla con determinación. Pero el golpe emocional no fue menor. Dejó de hacer cosas que antes eran naturales, como jugar con sus hijos o acompañarles en su día a día. Todo se volvió más frágil y, como él mismo resume, “tu vida futura pasa a ser una hipótesis”.
Borja Sémper ha formado una bonita familia junto a la actriz Bárbara Goenaga, con quien mantiene una relación estable desde 2014. Juntos son padres de Telmo y Eliot, los pequeños de la casa. Ambos llegaron a esta historia con un hijo cada uno: Aran, fruto de la relación de Bárbara con Óscar Jaenada, y Pablo, el primogénito de Borja, nacido de su matrimonio anterior con María Azcárate.
El impacto en su familia y el refugio del cine
Si algo le dolió especialmente a Sémper en todo este proceso fue el sufrimiento que provocó a los suyos. Sus padres ya tuvieron que lidiar con el miedo por las amenazas que recibió de ETA en su juventud. Algo que todavía hoy, le duele. Su padre tenía la misma edad que él ahora cuando ETA le puso escolta. Años después, tuvo que escuchar que su hijo tenía cáncer.
Con sus hijos —los pequeños de 6 y 9 años, y los mayores de 15 y 19— optó por la claridad. “A los niños hay que tratarles como niños, pero no como idiotas”, explica. Su mujer, Bárbara Goenaga, fue su sostén absoluto: dejó su vida profesional para cuidarle.
Y cuando no podía leer, buscó consuelo en el cine. Volvió a los clásicos —El padrino, La diligencia— y también a Tarantino, con Kill Bill, que vio tres veces. El humor, asegura, fue su mejor terapia.
La soledad y la conciencia del milagro
Hubo momentos en los que el silencio pesaba más que la enfermedad. Sémper describe esa etapa como un territorio íntimo donde uno se enfrenta a sí mismo sin intermediarios: “Eres tú frente a la realidad”, admite. Esa desnudez emocional le llevó a una revelación: la certeza de que estar vivo es un privilegio y que “no valoramos el inmenso milagro que significa estar aquí”.
Esa toma de conciencia también le obligó a convivir con una contradicción: no quiere que su identidad pública quede reducida a la enfermedad, aunque sabe que “siempre voy a ser un enfermo de cáncer” por el riesgo de recaída. Lo asume, vive con ello, pero se niega a que esa sombra determine su manera de vivir.
El regreso a la vida y a la política
Hoy, Sémper se siente “razonablemente bien”. Ha vuelto a la política con una calma nueva, fruto de un año que le obligó a detenerse y mirar la vida desde otro lugar. Habla de un futuro que quiere vivir sin urgencias, sin la presión del carpe diem, disfrutando de lo cotidiano con una tranquilidad que antes no conocía. “El tiempo que queda quiero aprovecharlo y disfrutarlo", pero sin prisas y saboreando cada momento con tranquilidad.
Ese cambio de perspectiva viene acompañado de un agradecimiento profundo. Durante el proceso, descubrió una red de afecto que no esperaba: mensajes, llamadas y gestos que le sostuvieron en los días más duros. Hoy quiere corresponder a ese cariño durante el resto de su vida, consciente de que la verdadera amistad se revela en los momentos límite.
Disfrutando de sus hijos
Sabe que la enfermedad seguirá ahí, como una presencia silenciosa, pero también sabe que está vivo, que ha vuelto a tocar la vida con las manos. Y con esa lección aprendida, se aferra a lo que de verdad importa: los suyos y esos pequeños rituales que sostienen el mundo cuando todo lo demás se tambalea. Entre ellos, uno muy especial: los ratos de lectura que comparte en la cama con sus hijos, una escena que su mujer ha mostrado en redes y que resume mejor que cualquier discurso el lugar emocional en el que está.
Es una imagen íntima y luminosa: Sémper recostado, flanqueado por Telmo y Eliot, cada uno absorto en su libro. Las voces infantiles, la calma del dormitorio y la complicidad de ese instante construyen un refugio que se ha vuelto ritual. Para él, que siempre ha encontrado en los libros un territorio seguro, esos momentos son un recordatorio de lo esencial: la vida sucede en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que permanece incluso cuando todo lo demás se desordena.









