Fernando López no es solo la voz de Modestia Aparte: es uno de esos nombres que han quedado anclados en la memoria emocional del pop español desde finales de los 80, cuando el grupo nació en Madrid a partir de una amistad forjada en el entorno scout y alimentada entre veranos en Mazarrón. En plena transición entre la estela de la Movida y el pop juvenil de los 90, aquel proyecto encontró una fórmula inesperada: canciones sencillas, luminosas y directas que conectaron de forma inmediata con una generación que reconocía en ellas su propio lenguaje emocional.
Detrás de ese repertorio que acabaría definiendo una época —con himnos como Cosas de la edad u Ojos de hielo— hay también una biografía marcada por los vaivenes de la música y las segundas vidas. Formado en Bellas Artes, López compaginó desde joven la creación artística con los primeros pasos del grupo y, tras el gran impacto de los 90, decidió alejarse temporalmente de los escenarios para vivir en el extranjero y explorar otras inquietudes creativas, antes de regresar al proyecto años después con una mirada más serena y otra forma de entender la carrera musical.
Con el paso del tiempo, Modestia Aparte pasó de ser una banda emergente de espíritu despreocupado a convertirse en uno de los nombres esenciales del pop español con un cancionero que ha sobrevivido al cambio de formatos, al silencio discográfico y al paso de las generaciones. Hoy, sus canciones siguen sonando en festivales y salas con una naturalidad poco habitual, coreadas por públicos que ya no pertenecen a una sola edad, sino a varias que se encuentran en el mismo estribillo.
Ahora, esa trayectoria vuelve a situarse en primer plano con su participación en la primera edición del Huellas Music Fest en Madrid, un festival que reúne a nombres clave del pop y el rock en español y Latinoamérica en un formato pensado para la cercanía, la emoción compartida y la reivindicación de un repertorio que, lejos de ser nostalgia, sigue funcionando como presente.
Fernando, el 16 de mayo de 2026 Madrid se convertirá en el epicentro de un abrazo musical entre España y Latinoamérica con el Huellas Music Fest. ¿Cómo se prepara uno para vivir una noche en la que la nostalgia y la vanguardia se encuentran en un escenario tan cinematográfico como el Autocine?
Estamos muy ilusionados porque, de alguna manera, prácticamente arrancamos la gira con ese concierto. Pero, más allá de eso, lo vivimos con una emoción muy especial por todo lo que está ocurriendo con nuestros hermanos venezolanos, que han sabido tender puentes y hermanar Venezuela con España desde el corazón. Después de todo lo que han pasado, emociona profundamente sentir que, poco a poco, empiezan a respirarse nuevos aires allí, y poder celebrarlo juntos aquí, en Madrid, lo hace todavía más significativo.
Es un festival boutique, diseñado para el disfrute y la comodidad. Tras décadas de giras multitudinarias, ¿sentís que ahora buscáis más la calidad de la conexión con el público que el ruido de las grandes masas?
En Modestia Aparte, en los últimos años, hemos buscado precisamente eso: que el directo lo disfrute el público, como dices, pero también nosotros. Que en cada concierto se cree una magia real con quienes nos han acompañado durante tantos años y que todo gire en torno a una experiencia cuidada, cercana, de verdad. Al final, nosotros vivimos de las sensaciones y de los recuerdos que deja cada actuación. En mi caso, cuando termino un recital, me quedo con esa huella bonita de lo que se ha vivido en el escenario, con esa emoción que permanece. Y para nosotros es fundamental que ese recuerdo perdure, que quede siempre algo especial en quien nos escucha.
Compartir cartel con Seguridad Social o Los Toreros Muertos es casi una reunión familiar. ¿Quién de vosotros sigue siendo el más “rebelde” cuando se apagan las luces del escenario y empiezan las charlas en el camerino?
Muy buena pregunta… Yo creo que esa rebeldía de la que hablas ha formado parte de nuestra vida durante muchos años. No quiero hablar por los demás, pero en nuestro caso siempre ha estado ahí, aunque con el tiempo la hemos ido guardando un poco en el armario. La música tiene eso: los músicos hemos vivido con mucha libertad, haciendo las cosas a nuestra manera, dejándonos llevar por lo que sentíamos en cada momento. Pero el tiempo también te transforma. Cuando llegan la familia, las responsabilidades, otra forma de mirar la vida… todo se recoloca. Y, de alguna manera, también sientes que tienes que dar ejemplo. Así que, en mi caso, esa rebeldía sigue estando, pero ahora la miro con más cariño que con impulso. La mantengo ahí, más serena.
Parece que el tiempo se ha detenido para vosotros. ¿Es cierto que el escenario es el mejor tratamiento "antiedad" que existe o hay algún secreto confesable detrás de esa energía?
Pues mira, casi te diría que sí, que hay algo de verdad en eso. Para nosotros, el hecho de seguir disfrutando del público, de poder cantar esas canciones que hicimos siendo muy jovencitos y ver cómo la gente las sigue coreando, tiene algo casi mágico. Es una aventura que jamás hubiéramos imaginado vivir durante tanto tiempo. Pasan los años, pero, de alguna manera, todo eso nos mantiene en forma.
Es un dato de culto que el grupo iba a llamarse “Modestia Aparte, Imbécil”. ¿Crees que vuestro destino habría sido diferente si no hubierais elegido la elegancia de la modestia sobre la provocación del insulto?
Bueno, yo creo que sí… Afortunadamente, alguien tuvo la cabeza suficiente para frenarlo. Como te decía antes, de jóvenes éramos bastante más rebeldes, más impulsivos y ese punto provocador estaba muy presente. Pero, por suerte, alguien supo poner un poco de orden y reconducirlo. Al final, en vez de lanzar un “imbéciles sois vosotros”, optamos por algo que, con el tiempo, creo que nos ha representado mucho mejor. Y, sinceramente, quizá eso fue lo que hizo que todo encajara y que nos fuera bastante mejor.
Todo nació en un grupo scout y bajo el sol de Mazarrón. ¿Qué aroma de aquel Murcia de finales de los 80 te invade todavía hoy cuando cierras los ojos antes de cantar “Ojos de hielo”?
Siempre he tenido recuerdos muy bonitos de aquella época. Es verdad que el grupo empezó entre Murcia y Mazarrón… quizá más Mazarrón, más la playa que la propia ciudad o incluso que Madrid. Ahí nació todo, de una forma muy natural. Pero también te diría que nunca hemos sido un grupo especialmente nostálgico, no hemos mirado demasiado hacia atrás. Sabemos que lo pasamos genial cuando empezamos y esos recuerdos están ahí, claro, pero nuestra manera de entender la vida siempre ha sido otra: vivir el presente de la mejor forma posible y mirar hacia adelante.
—Las grandes discográficas os cerraron la puerta al principio. ¿Qué le dirías hoy a esos ejecutivos que no supieron ver que teníais en las manos el himno de toda una generación?
Bueno… lo mismo hasta fueron listos, ¿eh? Eso al final lo dirá el tiempo. Pero es verdad que los comienzos fueron muy duros para nosotros. El primer disco, Por amor al arte, que se llama así precisamente porque nos costaba dinero hacerlo, en realidad casi era una maqueta. Cada concierto era como defender algo que todavía no tenía forma de disco, pero que ya llevaba dentro todo su encanto. Y fíjate, ese disco es bueno. Tiene algo especial. Yo creo que esas dificultades del principio fueron las que realmente nos hicieron entender cuánto nos gustaba la música, cuánto queríamos estar ahí, subirnos a un escenario y hacer canciones para la gente. Al final, más que un obstáculo, fue una prueba. Y, seguramente, sin ese camino, no seríamos quienes somos hoy.
Mientras España forraba sus carpetas con vuestras fotos, tú estudiabas Bellas Artes. ¿Ha sido la pintura o el diseño tu refugio secreto durante estos años para escapar de la presión de la fama?
Es verdad que en el grupo siempre hemos intentado mantener una vida relativamente normal, aunque no siempre fue fácil. Todos acabamos la universidad y, de alguna manera, nos aferramos a ese entorno más cotidiano, más cercano, que nos ayudaba a equilibrarlo todo. Nos refugiábamos en nuestros compañeros de la facultad, en los amigos de siempre e incluso entre nosotros mismos, porque en el grupo siempre ha habido una amistad muy sólida. Nos conocemos desde los scouts, del colegio, del barrio, y eso ha hecho que, en cierta forma, mantuviéramos los pies en la tierra. Quizá por eso hemos conseguido conservar esa normalidad dentro de un mundo como la música, donde todo puede volverse muy intenso. Siempre hemos intentado compartir la vida con los más cercanos, buscar ese espacio seguro que te protege un poco del ruido de la fama, que a veces puede ser bastante difícil de gestionar.
Tu primer gran concierto en Madrid fue en la sala Jácara y confesaste tener pánico. ¿Qué queda de aquel miedo hoy? ¿Ha sido sustituido por respeto o por pura adrenalina?
Bueno, bueno, afortunadamente eso lo superé, porque ahora ya no sufro ese pánico escénico como entonces. Pero sí te diría que puede volver a aparecer en cualquier momento. Es algo que no desaparece del todo. Cuando se habla del famoso pánico escénico, yo lo entiendo perfectamente. Es como un pequeño fantasma que siempre está ahí, porque al final no dejas de darle vueltas a la cabeza: “¿voy a poder cantar bien?”, “¿y si pierdo la voz?”, “¿y si no sale todo como debería?”. Hay muchas preguntas antes de salir, sobre todo cuando tienes a tanta gente delante. Con el tiempo aprendes a convivir con esas dudas, a gestionarlas. Pero es verdad que, en algún momento, si hay un desequilibrio emocional o un día más delicado, ese miedo puede volver a aparecer. Forma parte del juego, de alguna manera.
En los 90, vuestras furgonetas eran auténticas cocteleras movidas por fans. ¿Cuál es la anécdota más surrealista —de esas que parecen de película— que viviste en una huida de un concierto?
La anécdota de habernos olvidado a algún miembro del grupo en una gasolinera… eso era bastante habitual, fíjate. Hay que recordar que entonces no había móviles, así que todo era mucho más caótico. A veces incluso se apuntaba gente a la gira como si fuera de caza, sin demasiada planificación, y en algún momento teníamos que llamar a sus padres para decirles: “no te preocupes, está bien”. Y, claro, eso se hacía desde una cabina telefónica: “Oye, que tu hija está aquí, que no te preocupes, pero que estamos de gira…” Cosas así. Era un poco jugarse la vida en el sentido organizativo, pero, dentro de todo, eran situaciones bastante divertidas, vividas con mucha naturalidad para lo que era aquel momento.
Tras la despedida en la Sala Revolver en 1994, te alejaste un tiempo. ¿Qué descubrió Fernando López sobre sí mismo cuando dejó de escuchar los gritos de miles de personas cada noche?
Descubrí que hay una vida también fuera de la música. Me fui a vivir fuera de España y allí aproveché para estudiar cosas que en aquel momento me apetecía hacer y que hasta entonces no había podido. Fue una etapa de abrir la cabeza a otras inquietudes, a otros ritmos. Luego volví, digamos que por el lado “oscuro” de la música, pero en otro papel: sacando artistas nuevos, componiendo para otra gente, desde otra posición, más tranquila. Y creo que ese tiempo de pausa, de calma, me vino muy bien. Me permitió volver después a Modestia Aparte con otra perspectiva, con más serenidad y, de alguna manera, con más ganas todavía.
El regreso en 2002 tuvo mucho que ver con la amistad y el apoyo de Álvaro Urquijo, líder de Los Secretos. ¿Es la lealtad entre compañeros el “pegamento” que mantiene viva la industria a pesar de las modas?
Bueno, la verdad es que Los Secretos han sido un grupo fundamental, igual que Nacha Pop. Han sido dos bandas que han influido mucho en Modestia Aparte. Son grupos que, desde el principio, nos marcaron bastante. En el caso de Los Secretos, cuando nosotros sacamos el primer disco incluso compartíamos mánager y, durante los dos o tres años siguientes, hicimos giras conjuntas con ellos. Nos encantaba su música, lo que hacían, y para nosotros fue un privilegio enorme poder compartir escenario con artistas a los que admirabas antes incluso de grabar tu primer disco. Eso te deja una huella muy bonita. Con el tiempo, no solo ha quedado esa conexión musical, sino también algo más importante: la amistad. A lo largo de los años hemos ido desarrollando relaciones muy cercanas con muchísimos artistas buenísimos, y eso, al final, es lo que hace que esta profesión también tenga algo de hogar, más allá de las modas o los momentos.
¿Cómo es la reacción de tus hijos cuando ven que su padre sigue siendo un referente en festivales que unen a dos continentes? ¿Te dan consejos musicales o son tus fans más silenciosos?
Bueno, vienen a los conciertos y lo disfrutan mucho. Y luego, en casa, claro, siempre hay comentarios, anécdotas y muchas risas. Por otra parte, son más bien fans silenciosos, aunque de vez en cuando opinan. El pequeño, Fernando, es el que más comenta: dice que quizá debería hacer algo más de reggaetón en inglés… pero, bueno, tampoco le he hecho demasiado caso, la verdad.
¿Te asombra comprobar que Cosas de la edad, una canción que habla de las inseguridades adolescentes, sigue siendo terapéutica para los jóvenes de 2026?
Sí, a mí lo que más me sorprende es que las canciones hayan envejecido tan bien. Incluso las más ligeras, como Cosas de la edad, o las que pueden parecer más triviales, o aquellas un poco más profundas que hablan del desamor, como Ojos de hielo, o incluso de la pasión… Lo curioso es que todas se pueden seguir cantando con una actualidad absoluta hoy en día, y estamos hablando de temas que hicimos cuando éramos muy jóvenes, casi unos chavales. Hay otros artistas que incluso han tenido que retirar canciones de sus repertorios porque no se han adaptado bien a los cambios sociales o porque han quedado descontextualizadas. En nuestro caso, eso no nos ha pasado. Y eso, de alguna manera, es lo que más nos emociona: comprobar que siguen conectando con la gente sin perder su sentido original.
Vienes del vinilo y el cassette. ¿Cómo te llevas con la “tiranía” de Spotify y TikTok? ¿Te divierte el juego o echas de menos el misterio de no saberlo todo de un artista a un solo clic?
No me llevo ni bien ni mal, la verdad. Creo que es una ventaja tecnológica enorme poder tener acceso a toda la música de esa manera, tan inmediata, tan fácil. Eso es innegable. Pero también es cierto que se ha perdido parte del encanto. Antes, cuando hacíamos los discos, las portadas eran casi una obra en sí misma. Te sentabas con un diseñador, con un dibujante, y le dedicabas mucho tiempo a pensar esa imagen, ese universo visual que acompañaba a las canciones. Era casi un ritual. Hoy todo eso se ha ido miniaturizando, como ha pasado con el LP, el cassette, el CD… hasta llegar a lo digital, al microchip. Todo se ha vuelto más pequeño, más rápido, más inmediato. Y, en ese proceso, la música ha ganado en accesibilidad, pero quizá ha perdido un poco de ese misterio que tenía antes.
Cuando la agenda de prensa y conciertos te da un respiro, ¿cuál es ese refugio (en Madrid o fuera) donde nadie te llama “Fernando de Modestia” y solo eres tú mismo?
Me refugio bastante en Cádiz, que es un poco nuestra tierra de descanso, donde tenemos el refugio familiar. Es un lugar muy especial para nosotros. Allí está la playa, el mar y esa sensación de desconexión que a veces es tan necesaria. Es verdad que nuestra actividad se concentra mucho entre la primavera y el otoño, con muchos conciertos seguidos, así que, cuando llega ese parón, ese respiro, la costa gaditana se convierte en nuestro lugar natural de escape. Es ahí donde todo se ralentiza, donde bajas el ritmo y, de alguna manera, vuelves a ser simplemente tú: sin etiquetas, sin prisas, sin ruido.
¿Cómo habéis adaptado el directo para este festival? ¿Veremos una versión de Modestia Aparte más rockera o seréis fieles al sonido cristalino que os hizo grandes?
Cada concierto es un mundo, como te decía antes, pero, en este caso, vamos a comprimir un poco el repertorio. No creo que podamos hacer un concierto completo de Modestia Aparte, de hora y media, como en otras ocasiones, así que nos adaptamos al formato del festival. La idea es condensar las canciones, ir a lo esencial, a lo que la gente más reconoce y más disfruta. Seguramente tiraremos de los temas más conocidos, de esos que todo el mundo puede cantar desde el primer acorde, para que no deje de haber complicidad con el público. Al final se trata de eso: de que el concierto sea intenso, directo y que la gente lo viva de principio a fin sin perder el espíritu del grupo.
Tras temas como Volver a empezar, ¿tienes la espinita clavada de publicar un álbum completo de material inédito o prefieres la libertad de los singles?
La verdad es que sí me gustaría poder hacerlo. Tenemos algunas canciones guardadas, pero estamos esperando el momento oportuno para darles forma y sacarlas como se merecen. Quizá lo hagamos el año que viene… no lo podemos dejar mucho más, porque dentro de poco casi somos pensionistas (risas).
En el cartel hay bandas nuevas como Bucle Lunar. ¿Qué consejo le das a alguien que está empezando y sueña con tener una carrera tan longeva y respetada como la tuya?
Que disfruten de la música y, sobre todo, que disfruten de su pasión. Parece un tópico, pero creo que, al final, es fundamental. En nuestro caso, la sensación que siempre hemos tenido en el grupo es que no estábamos “trabajando” en el sentido estricto de la palabra, sino haciendo algo que nos apetecía muchísimo, con lo que hemos disfrutado de verdad. Yo les diría que persigan su sueño, sus pasiones, y que tiren para adelante sin perder eso de vista. Eso es lo que le diría a alguien de la música y es lo mismo que le diría a mis hijos.
Cuando el 16 de mayo termine el último acorde en el Autocine Madrid, ¿qué te gustaría que sintiera esa persona que ha pagado su entrada para volver a verte después de tantos años?
Pues a mí me gustaría que le encantara el concierto y que se llevara el mejor recuerdo posible de esa noche. Que salga de allí con una sonrisa, con esa sensación de haber vivido algo bonito, especial. Y que, si dentro de diez años nos volvemos a encontrar, como nos pasa a veces, me diga: “Tío, estuve en tu concierto en tal sitio y todavía lo recuerdo con mucho cariño”. Eso nos ocurre de vez en cuando y es una satisfacción enorme para nosotros. Porque, al final, de eso va todo esto: de que la música se quede un poco en la memoria de la gente.
Si la música es “cosas de la edad”… ¿a qué edad se siente tu corazón cada vez que escuchas el primer acorde de una guitarra antes de empezar un show?
Muy joven. Creo que mi cabeza está desacompasada con mi cuerpo hoy en día, pero en el escenario me siento muy bien. Disfrutar de esas “cosas de la edad”, de un montón de canciones de Modestia en un concierto, me hace vivir probablemente los mejores momentos del día. A veces pienso: “estoy en el sitio que quiero estar”. Y no lo cambiaría. Creo que esa puede ser una definición bastante clara de felicidad: estar donde quieres estar, haciendo lo que quieres hacer. Y, en “Modestia Aparte”, eso es exactamente lo que nos sigue pasando.
Con el auge de los documentales biográficos, ¿ha pasado por tu cabeza la idea de registrar este año tan especial en un formato visual, para que los fans puedan ver lo que ocurre detrás de las cámaras de Modestia en esta “segunda juventud”?
Sí, nos lo han propuesto y también nos han planteado hacer algo musical en ese sentido. Pero, si te soy sincero, siempre me ha dado un poco de pudor. Mostrar cosas que para nosotros son habituales, de nuestro día a día, quizá puede tener interés desde la curiosidad del público, pero a nosotros nos cuesta un poco dar ese paso. Quizá más adelante podría ser una buena idea hacerlo, pero, por ahora, hemos preferido mantenerlo en un segundo plano y no entrar en ello.
















