La primera impresión es de asombro. Cuesta apartar la mirada de la fachada del santuario Madonna della Corona, con sus esculturas y su campanario, encajada en la montaña sobre el valle del Adagio. Hay algo sobrecogedor en esta basílica neogótica del norte de Italia, una mezcla de recogimiento y vértigo que se siente incluso antes de cruzar sus puertas. No hace falta ser especialmente devoto para detenerse y dejarse envolver por el silencio que envuelve este lugar.
Situado en Spiazzi, dentro del municipio de Ferrara di Monte Baldo, en la provincia de Verona, el santuario es uno de los grandes centros de peregrinación de esta zona. Pero también atrae a viajeros que llegan hasta aquí por el paisaje y por la singularidad de un templo que parece desafiar cualquier idea convencional de dónde construir una iglesia.
ERMITAÑOS Y PEREGRINOS
La historia del templo empieza mucho antes de que existiera la basílica actual. Documentos medievales hablan de ermitaños vinculados a la abadía de San Zeno de Verona que ya vivían en la zona del monte Baldo alrededor del año 1000. En la segunda mitad del siglo XIII existían allí un monasterio y una pequeña capilla dedicada a Santa María de Montebaldo.
Durante siglos, llegar hasta ella no fue precisamente un paseo. El acceso original discurría por un estrecho camino excavado en la roca. Con el tiempo, el lugar fue creciendo para recibir a un número cada vez mayor de peregrinos. Entre los siglos XV y XVI se construyeron nuevos accesos y una iglesia más grande sobre la primitiva capilla.
Y luego está la Piedad, la pieza que da al santuario buena parte de su fama. La escultura de la Virgen sosteniendo a Cristo muerto mide 70 centímetros de altura y está realizada en piedra local pintada. Una inscripción en su pedestal lleva a fecharla tradicionalmente en 1432. La tradición cuenta, además, que la imagen llegó milagrosamente desde la isla de Rodas, aunque el propio santuario advierte de que esta historia no encaja del todo con otros testimonios históricos.
ENTRE LA MONTAÑA Y EL CIELO
La iglesia actual no es exactamente la que conocieron los peregrinos de hace siglos. A finales del XIX se amplió y recibió su fachada de inspiración gótica, mientras que en el siglo XX siguieron las intervenciones. La transformación más importante llegó entre 1975 y 1978, cuando se demolió y reconstruyó buena parte del santuario, conservando sus elementos más significativos.
En 1982 recibió el título de basílica menor y seis años después tuvo un visitante ilustre: el papa Juan Pablo II, que acudió hasta Madonna della Corona para rezar ante la Virgen.
Una vez dentro, conviene fijarse también en las esculturas que decoran el conjunto y, especialmente, en las obras de Ugo Zannoni, autor de buena parte de las piezas de mármol blanco que se encuentran en la fachada y el interior.
UNA VISITA DIVINA, CON O SIN ESCALERAS
Visitar el Santuario Madonna della Corona no tiene por qué convertirse en una penitencia. La manera más sencilla de llegar es en coche hasta Spiazzi, la localidad situada a 864 metros de altitud desde la que comienza el descenso a pie. Hay aparcamientos y, en unos 15 minutos, se llega a la basílica.
El camino puede hacerse por la escalinata histórica, que baja entre los árboles, o por la carretera asfaltada, acompañada por las estaciones del Vía Crucis de bronce. La primera tiene más encanto; la segunda evita las escaleras y puede resultar más cómoda para quienes prefieran tomárselo con calma. También existe una alternativa para ahorrarse la caminata: la línea 499 de ATV, que conecta Spiazzi con el santuario en unos 10 minutos.
Quienes quieran ganarse la visita paso a paso pueden optar por el Sentiero della Speranza, que arranca en Brentino Belluno y sube hasta el santuario. Son 1.860 escalones y unos 600 metros de desnivel. A estas alturas, más que una excursión, ya es una promesa que se cumple con las piernas.










