Para descubrir una de las joyas artísticas más sorprendentes de la península, hay que subir hasta lo más alto de la catedral de Teruel. Allí, apoyados en la barandilla de una estrecha tribuna, los visitantes alzan la vista, mientras otros enfocan con la cámara de sus móviles hacia el techo. Y no es de extrañar. A solo unos metros se extiende una techumbre de madera de finales del siglo XIII que parece un cómic medieval: caballeros, escenas religiosas, animales reales y criaturas fantásticas, un calendario… e incluso carpinteros y pintores inmersos en su trabajo. Hileras de rostros pintados que parecen devolver la mirada desde los frisos, mientras que en las vigas brillan medias lunas y estrellas de ocho puntas.
Durante varios siglos, esta hermosa techumbre plagada de figuras fantásticas permaneció oculta, y no volvió a verse hasta que unas obras de restauración la sacaron de nuevo a la luz. Con semejante historia y unas pinturas tan maravillosas, no es de extrañar que algunos la consideren 'la Capilla Sixtina del estilo mudéjar'.
Teruel es, para muchos, 'La Ciudad de los Amantes'. Y, Aragón, sinónimo de El Pilar y los Pirineos. Pero uno de sus mayores tesoros –reconocido, nada menos, por la UNESCO– está creado con los materiales más humildes que se puedan imaginar: ladrillo, yeso, madera y barro esmaltado. Con ellos, los alarifes, maestros de obras de tradición islámica, erigieron torres, iglesias y palacios que hoy están entre los monumentos más fotogénicos de la región.
La palabra 'mudéjar' proviene de un término árabe que designaba a los musulmanes a los que se les permitió permanecer en las tierras conquistadas por los cristianos. Y su arte era precisamente eso: una mezcla. No siempre surgió en tiempos de paz –hubo fronteras, barrios segregados y conflictos–, pero el resultado no se parece a nada conocido: según la UNESCO, no encaja ni en el arte europeo ni en el islámico.
Además, este año hay un doble motivo de celebración. El 28 de noviembre de 1986, la UNESCO incluyó en la Lista del Patrimonio Mundial cuatro monumentos de Teruel, y el 14 de diciembre de 2001, otros seis de la provincia de Zaragoza. Desde entonces, este conjunto recibe el nombre de 'Arquitectura mudéjar de Aragón', y aquel día de diciembre se celebra como el Día del Patrimonio Mundial de Aragón.
Cuarenta y veinticinco años de efeméride, tenemos una excusa excelente para realizar una ruta con tres paradas: Teruel, la comarca de Calatayud y Zaragoza capital. Una pequeña aclaración antes de iniciar viaje: en algunos casos, no está protegido todo el edificio, sino solo la torre, un claustro o la techumbre.
Teruel: torres con un toque especial
Sin salir de la catedral de Santa María de Mediavilla se pueden contemplar otras dos joyas declaradas Patrimonio de la Humanidad. La torre, construida a mediados del siglo XIII, está decorada con cerámica en tonos verdes, blancos y color miel, y el cimborrio de 1538 lleva la firma de Juan Lucas, conocido como Botero; su bóveda estrellada se divisa desde la nave. Y ojo: el pórtico principal, de estilo neomudéjar, data de 1909, así que no forma parte de la lista.
De vuelta en el exterior, el juego continúa. Las torres mudéjares de Teruel esconden un ingenioso detalle: se alzan sobre un arco por el que pasa la calle, de modo que vecinos y turistas pasan bajo ellas sin apenas darse cuenta. En su interior esconden otro secreto, pues en realidad se trata de dos torres, una dentro de la otra, con una escalera encajada entre ellas, como en los antiguos alminares almohades.
La Torre de San Martín, construida entre 1315 y 1316, es un auténtico alarde de equilibrio: el ladrillo forma bucles y arcos entrecruzados, mientras que la cerámica blanca y verde dibuja estrellas de ocho puntas. Justo al lado, la Torre de Salvador, construida algo más tarde, eleva aún más el listón gracias a una decoración aún más recargada, en la que arcos caprichosos, estrellas y motivos entrelazados se distribuyen por sus cuatro lados. No es fácil elegir una favorita.
En San Pedro, la UNESCO protegió en su lista toda la iglesia del siglo XIV, erigida en el solar donde se encontraba una iglesia románica anterior. Recuerda a un castillo –una sola nave, capillas entre contrafuertes y una tribuna en la parte superior–, y en su ábside se combinan el ladrillo y la cerámica. Aquí también se puede visitar el mausoleo de los Amantes –la tradición más célebre de la ciudad–, pero hay que fijarse bien en sus muros.
Para comer tras la visita...
Tanta belleza abre el apetito, pero por suerte el lugar donde reponer fuerzas está a dos pasos. Junto a la iglesia de San Pedro, en la plaza de los Amantes, el restaurante El Mercao, distinguido con un Solete en la Guía Repsol, apuesta por los productos turolenses. Entre los postres, aquí se puede probar un finger de trenza mudéjar con chocolate caliente.
A un paso de la Torre del Salvador, el restaurante Portal de Guadalaviar, también con un Solete, ofrece jamón de Teruel, borrajas y ternasco de Aragón y, de postre, su propia trenza mudéjar, un dulce perfecto para rematar el recorrido.
Para quienes busquen una cena de altura, el restaurante Yain, en la plaza de La Judería, está recomendado por las guías Michelin y Repsol, y destaca por su bacalao, sus excelentes vinos y platos de cocina aragonesa.
Comarca de Calatayud: iglesias con alma de castillo
Rumbo norte, la ruta se adentra en la comarca de Calatayud, donde el mudéjar adquiere nuevas formas. Si en Teruel las torres son cuadradas, aquí manda el octógono. La colegiata de Santa María cuenta con una imponente torre octogonal del siglo XV y un claustro de la misma época, así como con un ábside que también está protegido. Y es que en Calatayud trabajaron familias enteras de artesanos mudéjares, mientras que en los pueblos cercanos, como Terrer o Torralba de Ribota, se elaboraban los ladrillos.
A las afueras, en Cervera de la Cañada –una pequeña población acurrucada junto a las ruinas de su castillo–, aguarda otra de las sorpresas de este viaje. En 1426, un maestro llamado Mahoma Rami dejó su nombre y la fecha grabados en el yeso de la iglesia de Santa Tecla. Seis siglos más tarde, siguen allí: la firma de un alarife mudéjar en un templo cristiano.
Basta atravesar sus puertas para comprender por qué se considera una 'iglesia-fortaleza'. Cuenta con una tribuna elevada que servía tanto para la oración como para la vigilancia, un coro que se apoya en un techo de vigas de madera pintadas y delicadas decoraciones de yeso junto a los escudos de Aragón y de Cervera. Parte de lo que se ve aquí hoy se debe a trabajos de restauración, pero, en general, el edificio sigue hablando dos idiomas: el del arte y el de la guerra.
No era algo extraño en aquella época. En el siglo XIV, cuando Aragón y Castilla estaban enfrentadas, la iglesia también servía de refugio. A pocos kilómetros al este, en Tobed, la iglesia de Santa María lleva esta idea al extremo. Sus contrafuertes parecen torres y, en lo alto, discurre una pasarela digna de una muralla. Se construyó entre 1356 y 1400 con el apoyo de la Orden del Santo Sepulcro y de un personaje casi mítico, Benedicto XIII, el Papa Luna. En su interior aguarda otra sorpresa, pues molduras y pinturas envuelven los muros como un delicado tapiz de colores.
Zaragoza, mudéjar a pie de calle
De vuelta a la carretera, la última parada es Zaragoza. El primer hito es la Aljafería, donde conviene afinar la mirada: el palacio del siglo XI es andalusí, anterior al mudéjar, así que son las ampliaciones de los reyes cristianos –desde el palacio de Pedro IV hasta las magníficas techumbres doradas de los Reyes Católicos– las que se encuentran bajo la protección de la UNESCO.
En el barrio del mismo nombre, la iglesia de San Pablo –a la que muchos consideran «la tercera catedral de Zaragoza»– presume de una esbelta torre octogonal de ladrillo del siglo XIV que, al igual que sus 'hermanas' de Teruel, oculta una torre dentro de otra. El mejor momento para visitarla es al caer la tarde, cuando se ilumina su silueta y la torre se eleva hacia las alturas como un faro que dirige todas las miradas al corazón del barrio.
A un paseo de allí se encuentra la catedral de La Seo, un auténtico tratado de historia del arte, ya que en sus muros conviven los estilos románico, gótico y mudéjar, además del renacentista, el barroco y el neoclásico. En el ábside, la piedra románica sirve de arranque al ladrillo de estilo mudéjar, y el cimborrio, terminado en torno a 1521, demuestra que este arte seguía vivo en pleno siglo XVI. Pero la gran joya se encuentra en el exterior, a la vista de todos, la Parroquieta de San Miguel.
Su muro exterior, encargado por Lope Fernández de Luna, es un auténtico tapiz de ladrillo y cerámica. No hace falta ni entrada ni horario. Basta con plantarse ante ella para descubrir los arcos entrecruzados, las piezas de cerámica verdes y azules, las estrellas de ocho puntas y los pequeños escudos con la media luna creciente –emblema de los Luna, la misma familia a la que pertenecía Benedicto XIII–. El mejor momento para contemplarla es por la tarde, cuando la luz rasante del sol la tiñe de un precioso tono dorado.
Para comer tras la visita...
Para terminar la ruta con buen sabor de boca, el mudéjar también se cuela en las barras de la capital maña. En junio de 2026, la Ruta de la Tapa Mudéjar reunió bocados inspirados en este arte, y uno de los más sabrosos salió de la cocina de La Republicana, un local situado en el centro histórico de la ciudad, galardonado con un Solete en la guía Repsol, donde prepararon una pastela mudéjar con pollo, almendras, piñones, pasas y especias. No forma parte de la carta habitual, pero su cocina merece igualmente una visita. En el certamen también participó el Méli Mélo, otro clásico de los pinchos, cuya carta cuenta con cinco tapas ganadoras del Concurso de Tapas de Zaragoza.
GUÍA PRÁCTICA PARA TU VISITA
CÓMO LLEGAR AL ARAGÓN MUDÉJAR
Zaragoza y Calatayud tienen estación de alta velocidad en la línea Madrid-Barcelona, y Teruel conecta con Zaragoza por la A-23, bautizada precisamente como Autovía Mudéjar. Para llegar a Cervera de la Cañada y Tobed, lo más práctico es moverse en coche.
MEJOR ÉPOCA PARA VIAJAR
La primavera y el otoño, con temperaturas suaves para recorrer las tres etapas.
TRES IMPRESCINDIBLES
- Subir con la visita guiada a lo alto de la catedral de Teruel para ver la techumbre de cerca.
- Recorrer el antiguo camino de ronda de la iglesia de Tobed.
- Contemplar el muro de la parroquieta de San Miguel, en La Seo, con la luz del atardecer.
QUÉ PROBAR
El jamón de Teruel, el ternasco, la borraja, los vinos de garnacha de las D.O. Calatayud, Cariñena y Campo de Borja y, de postre, la trenza mudéjar.
DÓNDE ALOJARTE
En Teruel, el Parador, un palacete de inspiración mudéjar con jardines a las afueras de la ciudad, o el hotel El Mudayyan, en pleno casco antiguo y muy cerca de la torre del Salvador. En Zaragoza, el Hotel Avenida, un hotel boutique próximo al Mercado Central, las murallas romanas y el Pilar.
DÓNDE COMER
En Yain, en la plaza de la Judería de Teruel, con cocina de raíz aragonesa y buenos vinos. En Zaragoza, Casa Lac, en una antigua pastelería de 1825, con las verduras de temporada como protagonistas.













