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RUTAS EN COCHE CON SABOR

Un rincón de la sierra segoviana donde los pueblos son amarillos, negros o rojos y hasta la comida es de colores


En la sierra de Ayllón, en el nordeste de Segovia, está Riaza, miembro de la nueva red de Pueblos Gastronómicos de España, y está Madriguera, una aldea suya de color rojo donde el chef Christian Martínez propone la experiencia 'Los colores que se comen'.


Villacorta, pueblo rojo de Riaza, Segovia© Andrés Campos
29 de agosto de 2025 - 13:30 CEST

Decía Campoamor que “todo es según el color del cristal con que se mira”. En la sierra de Ayllón, sin llevar lentes tintadas, los pueblos se ven de distintos colores. Alquité y Martín Muñoz de Ayllón son amarillos y blancos como la cuarcita de que están hechos. Becerril, El Muyo, Serracín y El Negredo, negros como la pizarra. Villacorta y Madriguera, rojos como la arcilla y las rocas ferruginosas. Todos son pedanías minúsculas de Riaza y pertenecen, como ella, a la nueva Red de Pueblos Gastronómicos de España (pueblosgastronomicos.com). Vamos, que aquí no hay que traer gafas coloreadas ni túpers, porque se ve lo que se ve y en los restaurantes se come de maravilla.

Pueblo de Madriguera, Riaza, Segovia© Andrés Campos

ERMITA DE HONTANARES Y MIRADOR DE PEÑASLLANAS

La Ruta del Color, que así se conoce y aparece en riaza.es, se recorre siguiendo la carretera SGV-1111, la que va de Riaza a Santibáñez de Ayllón. A los dos kilómetros, merece la pena tomar el desvío señalizado a la ermita de Hontanares y una vez allí, asomarse al mirador de Peñas Llanas, una plataforma metálica instalada sobre afloramientos rocosos de 400 millones de años –año abajo, año arriba, como diría José Luis Cuerda–, a 1.440 metros de altura, desde la que se divisa todo esto: Somosierra y los montes Carpetanos, donde se besan Segovia y Madrid, la sierra de Pradales, en el límite con Burgos; el Pico de Grado, en la linde con Guadalajara y Soria: las sierras de la Demanda y Urbión, donde se codean Burgos, Soria y La Rioja. “Y en días extremadamente claros”, según informa un panel, se otea la mole del Moncayo, gris en verano, mas en invierno "blanca y rosa, allá, en el cielo de Aragón, tan bella”, que dijo Machado.

Ermita de Hontanares, Segovia

Casi a nuestros pies, donde acaba el robledal y empiezan las tierras de labor, veremos el pueblo de Alquité, el primero de la Ruta del Color. Pero antes de bajar allí, podemos echar un vistazo a la carta del bar-restaurante que hay junto a la ermita (laermitadehontanares.es) y, si nos apetece, reservar para más tarde. Lo más llamativo son sus platos micológicos, con setas de los alrededores. Antonio Serrano, segundo teniente de alcalde de Riaza, que es un fanático buscador, nos confirma que se cogen Boletus edulis a espuertas en estos robledales y nos recuerda que para recolectarlos hay que solicitar el permiso en el Ayuntamiento (Plaza Mayor, 1), en la Oficina de Turismo –en la planta baja de la misma Casa Consistorial– o en micologiacyl.es. En otoño, hay dos potentes imanes de turistas en Riaza: los robledales llenos de setas y el hayedo de la Pedrosa, uno de los más sureños de esta especie en Europa, que está un kilómetro antes de llegar por la carretera SG-112 al puerto de la Quesera, donde hay aparcamiento.

PUEBLOS AMARILLOS: ALQUITÉ Y MARTÍN MUÑOZ DE AYLLÓN

Alquité, que los que saben de topónimos dicen que significa El Gato –qita en árabe–, es una aldea de cuatro habitantes, con cuatro callejuelas de tierra elemental y cuatro casas de piedra sin revocar. Arriba, junto a las viejas eras, la iglesia de San Pedro, del siglo XII, esconde detrás de una portada moderna otra románica donde aparecen un hombre armado con espada y montado a lomos de una sirena-pájaro, dos caballeros luchando con trasgos, un ser híbrido con cabeza humanoide, alas de pájaro y cola de pez, y un David músico, sentado, luciendo manto real. Para verla hay que preguntar por Jeromín y darle después la voluntad.

cementerio de Alquité, Riaza, Segovia© Andrés Campos

Detrás del templo hay un “corral de muertos” como aquel que cantó Unamuno: un minúsculo cementerio con toscas lajas clavadas en la tierra. Cuando visitamos Alquité hace 20 años, leímos en una de ellas este hermoso epitafio: “Aquí nació, vivió y murió un hombre bueno”. Hoy ya no se lee nada. El tiempo –el atmosférico y el del reloj– es un disolvente universal. Al otro lado de templo, lo que hay es una vista mayúscula, que se extiende por sobre las copas de infinitos robles hasta la cumbre de la Buitrera. Tampoco hay mala vista desde la terraza del Teleclub. Aquí solo se puede beber. Mejor, porque hoy vamos a comer demasiado.

A un tiro de piedra amarilla –un tiro larguito, de 1500 metros– está Martín Muñoz de Ayllón, el otro pueblo riazano donde predominan las construcciones de cuarcita. La iglesia de San Martín de Tours tiene una espadaña roja y blanca, para variar. Y, como está en lo más alto, sobre una loma, tiene unas vistas para alucinar en colores: a la Buitrera y a su cortejo de montes que se engalanan con el violento amarillo del piorno en primavera, el lila del brezo en verano, el oro de los robles en otoño y el armiño de la nieve en invierno, que son los colores de la sierra de Ayllón, los eternos colores que esta tenía antes de que se construyera ninguna casa de cuarcita, pizarra o roca colorada.

Hotel rural La Encantada, Becerril, Riaza, Segovia© Andrés Campos

CUATRO PUEBLOS NEGROS COMO LA PIZARRA

En Becerril, el primer pueblo negro de la ruta, hay seis vecinos y un hotel rural cautivador, La Encantada (hotelruralaencantada.es). Elena Rodríguez, la anfitriona, se define como “experta en crear emociones a través de experiencias únicas”, de ahí que muchas noches suba con sus huéspedes a un mirador estelar que hay a 500 metros del pueblo –esta esquina de Segovia es Destino Turístico Starlight– y haga un pícnic con velitas rojas, amarillas y negras. Elena antes trabajaba en marketing. No había color.

Pueblo El Muyo, Riaza, Segovia© JUAN ENRIQUE DEL BARRIO
Detalle del retablo de la iglesia de El Muyo, pueblo negro de Riaza, Segovia© Andrés Campos

El siguiente pueblo negro, Serracín, fue municipio independiente hasta 1857, el más pequeño de Segovia. Hoy tiene 11 vecinos. En el oscuro caserío llama la atención la espadaña de la iglesia, que es roja y blanca, como la de Martín Muñoz de Ayllón. “Aquí deben de ser del Atlético de Madrid”, bromea un visitante. “O del Athletic Club de Bilbao” –corrige otro, señalando las casas de pizarra– “porque los pantalones son negros”. Aunque, para curiosa, la iglesia de El Muyo –tercer pueblo negro de la ruta–, que tiene un precioso retablo, lleno de alegres colores. Lo restauraron para llevarlo a Las Edades del Hombre de Segovia, en 2003, y no lo supieron encajar en su sitio al devolverlo. De eso se queja Marina Márquez, la vecina que tiene las llaves del templo, grandes como las de un castillo. El Muyo es un pueblo de pura pizarra, el más negro de los pueblos negros. “Aquí son de los All Blacks”, dice el bromista de antes.

Si la hora de comer nos sorprende en El Negredo, el último pueblo negro riazano, ahí está el asador El Encinar (tel. 921 55 55 04), especialista en lechazo, cabrito y tostón en “horno de leña propio”. La precisión está bien hecha, porque si fuera un horno de leña ajeno, de un vecino o de otro pueblo, sería un lío y tendrían que cobrar más.

Madriguera.© JUAN ENRIQUE DEL BARRIO
Madriguera.

VILLACORTA Y MADRIGUERA, DONDE LOS COLORES SE COMEN

Comparados con los anteriores pueblos, Villacorta y Madriguera son animadísimos: hasta se ven niños por sus calles. Frente a la extrema sencillez de aquellos, estos exhiben una colección de casas pulcramente restauradas con sillares esquineros de color púrpura, enlucidos de barro rojizo, entramados de madera, balconcillos de lo mismo y galerías acristaladas. A las afueras de Villacorta, junto al río Vadillo, lo que fue una antiquísima ferrería y luego una aceña es hoy un coqueto hotel rural, El Molino de la Ferrería (molinodelaferreria.com), con restaurante donde sirven cocido completo –los domingos de invierno o por encargo–, asados de cordero o cochinillo lechal y otros manjares –tacos de bacalao rebozado con salsa negra de trompetas de la muerte, por ejemplo– insólitos en una comarca condenada, hasta hace no mucho, al ayuno forzoso.

Christian martínez, chef de la pizarrera, en madriguera, pueblo rojo de riaza, Segovia© Andrés Campos

Madriguera es el más bonito, cuidado y animado –22 vecinos– de todos los pueblos de Riaza, ya sean rojos como él o de otro color. Y es también donde mejor se come. El chef madrileño Christian Martínez ha tomado hace poco las riendas de La Pizarrera (tel. 630 06 44 15), el que durante muchos años fue restaurante del actor y gastrónomo Juan Echanove, y lo ha revitalizado con tapas que dan un nuevo aire a la cocina segoviana –pan bao relleno de cochinillo y gyozas de cordero lechal–, con espectáculos de magia, monólogos y flamenco y con experiencias como Los colores que se comen. Echanove le ha prometido a Christian que pronto harán un plato juntos, un plato que figurará en la carta de La Pizarrera con el nombre del actor, en recuerdo de lo mucho que ha hecho por Madriguera, un lugar que, antes de que llegara él, no aparecía en las guías. Por cierto, que la Guía Repsol otorgó en 2024 uno de sus soletes a La Pizarrera.  

Plaza Mayor de Riaza, Segovia© Andrés Campos
Plaza Mayor de Riaza.

RIAZA, EL PUEBLO MÁS SANO

Tampoco se come mal en la cabeza del municipio, Riaza. Se puede empezar picando unas patatas fritas artesanas Las Damas (Damas, 24) mientras se da un garbeo por los soportales de la plaza Mayor, una gran plaza circular de tierra que en septiembre alberga uno de los cosos taurinos portátiles más grandes de España, con capacidad para 2.500 personas, y más antiguos, porque este año cumple 31: lo inauguraron los toreros José Antonio Campuzano, Rafael Camino y Manuel Caballero. Se puede seguir con los asados en horno de leña de Matimore (matimorecasamoreno.com) o con las carnes a la brasa de vacada propia de El Fogón (tel.: 921 55 10 18). Y se puede acabar saboreando la tarta de queso de La Taurina (lataurina.com). Aquí también hacen muy ricas las patatas revolconas con torreznos, pero esto mejor dejarlo para cenar. O para otro día.  

Soportales de la plaza Mayor de Riaza, Segovia© Andrés Campos

No, en Riaza no se come mal. Ni se vive regular. Presume de ser un pueblo muy sano. El boticario Frutos Sanz Agudo creó en 1820 La Puchera de Riaza, un remedio contra la malaria que, como gran curiosidad, fue el primer medicamento español con prospecto. Y uno de los médicos más famosos de España, el doctor García Tapia, creó en 1935 el hospital-dispensario y la escuela de médicos rurales de Riaza. Una cabeza de bronce, obra Emiliano Barral, lo recuerda.

casona e iglesia de riaza, segovia© Ayuntamiento de Riaza

Y también una avenida donde están la quinta en la que vivió y la colonia de hoteles a la que venían muchos intelectuales a principios del siglo XX, atraídos por lo saludable que era Riaza. Es un placer pasear por ella observando allá al fondo, entre los viejos chopos, la estación de esquí de La Pinilla y el pico del Lobo, máxima altura (2.274 metros) de la sierra de Ayllón. Buen lugar para despedirnos de Riaza, pueblo gastronómico y sano a más no poder: ¡Salud!

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