Barcas en el puerto pesquero de Portocolom, Mallorca

MALLORCA

Portocolom, el rincón mallorquín del que no querrás escapar

En esta pequeña localidad de aires pesqueros, uno de los mayores y escasos puertos naturales que quedan en Mallorca, el verano transcurre entre el ambiente tranquilo de charlas a la fresca, remojones en calas paradisíacas y paseos junto al mar.

por Cristina Fernández

Cuando se arriba a Portocolom, un coqueto y tranquilo pueblo perteneciente a la villa de Felanitx, en el extremo sureste, uno puede llegar a pensar que no se encuentra en Mallorca. Porque aquí el período estival se siente y se vive al máximo, pero de una manera mucho más sosegada. Ni el turismo de masas, ni la acumulación de grandes cadenas hoteleras, ni los afamados beach clubs forman parte de su oferta. En este rinconcito mallorquín, el verano sigue siendo lo que era hace años.

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Y eso se nota con tan solo dar un paseo por sus poquitas calles, donde empezar a empaparse de su esencia. Las antiguas casitas de pescadores, de apenas dos o tres pisos de altura y con fachadas pintadas en tonos pastel, se alinean frente al mar en el que descansan multitud de pequeñas embarcaciones regalando la postal más típica de la localidad isleña. En sus balcones, las toallas y bañadores al sol delatan jornadas eternas de playa, mientras que sus puertas, abiertas a la calle para dejar pasar el frescor de la brisa mediterránea, permiten entrever patios interiores en los que las noches veraniegas son pura fantasía.

Una manera ideal de arrancar la incursión a Portocolom es acercándose hasta su zona antigua, conocida como Es Riuetó. Apenas un puñado de callejuelas cuyo núcleo está coronado por la plaza de Sant Jaume, donde se halla la iglesia Madre de Dios, construida a finales del siglo XIX en estilo neogótico. En un lateral de la plaza, el spot ideal para tomar un refresco: Sa Cova dets Ases. Desde su terraza, y mientras se admira cada rincón, uno se puede ponerse al día del origen de Portocolom, cuyo puerto tuvo su máximo desarrollo a principios del siglo XVIII, cuando servía, sobre todo, como refugio de embarcaciones. Un siglo después, desde él se inició la expansión del tráfico comercial, basado sobre todo en la exportación de vinos. El turismo no llegaría hasta llegados los años 60 del XX.

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Entre sus pintorescas casas descubrimos estampas repletas de encanto: contraventanas de colores, esplendorosas buganvillas y alguna que otra bici atada a la entrada, muestran, una vez más, que aquí la vida se vive a otro ritmo. Los vecinos de toda la vida se citan en sus sillas, ya sea frente a las aguas del puerto natural o en las terrazas de sus viviendas, para la charla matutina –también vespertina, por supuesto–. En este rincón del mundo, el placer de vivir se encuentra en momentos así.

Frente a cada una de las casas amarran las embarcaciones más tradicionales de la zona, los famosos llaüts. Mecidos por las tranquilas aguas de la bahía, siempre quedan cercanos a una suerte de cobertizos de puertas de colores, los barraques, construidos para protegerlos cuando llega el invierno.

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COMER Y COMPRAR… ¡TODO ES EMPEZAR!

El paseo marítimo que rodea el puerto invita a ser recorrido sin prisas, disfrutando de las vistas a la bahía natural y haciendo parada para contemplar algunos de los yates y catamaranes atracados en su diminuto puerto deportivo. También para disfrutar de veladas únicas en cualquiera de los restaurantes de la zona. Uno de ellos es Sa Llotja (restaurantsallotjaportocolom.com), donde la cocina mediterránea se fusiona con las técnicas más vanguardistas dando como resultado platos de sabores de mercado autóctonos. Aquí el pescado es el protagonista.

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Otra apuesta segura es el Restaurante HPC (restaurantehpc.com), en primera línea de mar. Paellas y arroces marineros, ensaladas de diseño, mariscos y pescados componen una carta de la que disfrutar con las mejores vistas a la bahía. ¿Lo mejor de todo? Su terraza superior, donde el ambiente chill out invita a disfrutar además de cócteles y música en directo.

En las callejuelas de la zona trasera del paseo marítimo hay innumerables tiendas de moda y de souvenirs en las que conseguir el recuerdo del viaje perfecto. Una de ellas, Pintoresq, atrae desde antes de entrar por el coche antiguo aparcado junto a su bonita fachada. El alma tras esta encantadora tienda es Verónica, una canadiense con raíces españolas, francesas y suizas que desde hace 9 años regenta el laberíntico local en el que se exponen desde las piezas de decoración más auténticas a estilosas prendas de ropa.

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DORMIR FRENTE AL MAR

Otra excusa más para unas vacaciones de verano relajadas y en comunión con la naturaleza en Portocolom es la reciente reforma del Hotel Vistamar, de Pierre & Vacances (hotelelvistamar.com), en la zona más residencial de la localidad y rodeado de chalés y coquetas casitas. Una ubicación más que idílica si lo que apetece es desconectar entre apetecibles baños en sus dos piscinas y remojones en las cristalinas aguas de las calas vecinas.

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Este elegante cuatro estrellas cuenta con un total de 148 habitaciones y suites en las que sentirse como en casa, gracias a su agradable ambiente, los detalles de una decoración de inspiración moderna y las vistas al mar desde la mayor parte de sus balcones ¿Algo más? Pues sí: su completísimo desayuno bufé, servido en el restaurante junto a la piscina y con vistas a la bahía. En él, además, se pueden degustar almuerzos y cenas a la carta.

Y DE POSTRE… EL MAR

El mar es el mejor de los premios para unas vacaciones. Y escenarios paradisíacos en los que refrescarse en Portocolom hay muchos. Empezando por las diminutas playas repartidas en los también pequeños pantalanes construidos por gran parte de la bahía. Entre pasarelas en las que caben atracados apenas una decena de barquitas, quedan arenales donde los locales aprovechan para darse un baño.

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Para alcanzar las joyas de la corona –porque sí, hay más de una– habrá que caminar algo más. A solo 10 minutos se halla Cala Marsal, las de más tamaño y más afluencia de todas, y no es para menos. Sus límpidas aguas turquesa, apreciables aún más desde el mirador que hay en uno de sus laterales, invitan a sentirse en el paraíso. Aunque hay espacio para colocar la toalla, el verdadero disfrute será alquilar una de sus sombrillas con doble hamaca disponibles frente a la orilla (8,50 € al día). Además, Cala Marsal cuenta con un chiringuito al que acudir a tomar un cóctel de turno, una ración o el helado reparador cuando apriete el calor.

Un poco más lejos, y un poco más inaccesible, se halla Cala Brafi, a la que se accede por un camino de piedras entre matojos sin señalizar. Tras encontrar el camino gracias al GPS, habrá que saltar un pequeño muro y continuar el descenso hasta llegar a este arenal más pequeño, más virgen y escondido, el rincón preferido por aquellos que practican naturismo. Otra manera de acceder es con los paseos en barco que se contratan en la misma bahía de Portocolom, donde también hay empresas que ofertan excursiones para hacer submarinismo o alquilan tablas de páddel surf.

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Otra de las calas cercanas se halla en el sentido opuesto. Si se alcanza la zona antigua de la localidad, y se continúa bordeando la bahía, se alcanza S´Arenal, una playa preciosa con todo tipo de servicios: chiringuitos, duchas, hamacas... Y, además, se encuentra muy cerca del mítico faro de Portocolom, de 1860 y tan característico por sus rayas blancas y negras.

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Para contemplar la estampa más hermosa del faro habrá que adentrarse en la zona residencial que rodea el Hotel Vistamar. Allí, entre dos casas, queda al descubierto un estrecho camino que lleva hasta uno de los miradores más hermosos de la isla: una cueva natural que, gracias a un arco formado por la erosión del viento y el agua, hace de marco perfecto. Un lugar que no hay que perderse antes de regresar a casa.

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