Decían que era "uno de los más suntuosos ejemplares de morada señorial madrileña en el reinado de don Alfonso XIII". Situada en el corazón del barrio de Salamanca, la que antaño fuera la residencia del coleccionista navarro José Lázaro Galdiano y su mujer, Paula Florido, no ha perdido ni un ápice de su magia. Ha pasado más de un siglo, otro rey ocupa el trono —Felipe VI, bisnieto de don Alfonso— y ahora es un museo, el Lázaro Galdiano, que custodia algunos tesoros de grandes maestros de nuestra pintura. Unas obras que, hasta el próximo 25 de octubre, conversan con otras piezas emblemáticas, las de la casa de joyería Suarez, con la que han organizado una exposición única: Un diálogo con el arte, comisariada por Eloy Martínez de la Pera.
Un recorrido inédito por los más de 80 años de historia de la firma, y un encuentro entre dos mundos —el del arte y el de la joyería— que comparten una misma esencia: la belleza, la artesanía y las creaciones que son capaces de sobrevivir al inexorable paso del tiempo para transformarse en un legado eterno.
Había mucho que celebrar, y qué mejor que una exclusiva cena, en este escenario de excepción, junto a muchos embajadores y amigos, como Beatrice Borromeo. Tan elegante como siempre, con un vestido de cóctel blanco y luciendo las piezas de Sinfonía, la nueva colección que Suarez ha creado en colaboración con Amfitheatrof Studio —y que había decidido presentar en esta ocasión tan especial—, acaparó todas las miradas.
"Valoro y respeto profundamente la transmisión del conocimiento, la artesanía y una identidad compartida a lo largo de las generaciones", nos dice la aristócrata italiana
No es la primera vez que Beatrice confía en el savoir faire de la marca española; ya lo hizo en la pasada edición del Baile de la Rosa, pero ahora el glamour del principado había llegado a la capital.
"Valoro y respeto profundamente la transmisión del conocimiento, la artesanía y una identidad compartida a lo largo de las generaciones: preservar el patrimonio al tiempo que se permite que evolucione y se mantenga vivo", nos decía la mujer de Pierre Casiraghi.
La cena se convirtió en una cumbre de estilo y elegancia, que reunió a personalidades de todos los ámbitos: desde el mundo de la empresa al de la moda
Una filosofía de vida que conecta directamente con su gran pasión. Ella también adora contar historias, aunque, en su caso, detrás de la cámara y a través de imágenes y palabras, como periodista de investigación y documentalista. "Como la vida misma, las historias rara vez tratan sobre una sola cosa. Su significado cambia con el tiempo, la perspectiva y la experiencia. Puedes volver a la misma años después y entenderla de una manera completamente diferente. La joyería posee esa misma cualidad: el objeto no cambia, pero la historia que alberga sí. Eso me parece mucho más interesante que la idea de congelar un único recuerdo para siempre".
Una noche de reencuentros
En esta noche brillante —que comenzaba en el pórtico, bajo la atenta mirada de La pescadora que Alberto Arrue pintó en 1943, el mismo año en el que don Emiliano Suárez Faffian inauguraba aquella primera tienda-taller de joyería en Bilbao—, tuvo la oportunidad de reencontrarse con amigas como Sassa de Osma, a la que está unida por lazos familiares.
Para la princesa tampoco era una cita más, puesto que el arte siempre ha estado "muy presente en mi familia" —su antepasado Pedro de Osma da nombre a uno de los museos más importantes de Perú—, así que esta cena, nos aseguraba, tenía "un significado añadido para mí". También con Cleopatra zu Oettingen-Spielberg, con la que la hemos visto compartiendo front row en París en tantas ocasiones, quien nos confesaba que últimamente le encanta "dar una nueva vida a las joyas que he heredado y que no suelo llevar".
"El arte siempre ha estado muy presente en mi familia y es algo con lo que he crecido", nos confiesa Sassa, así que la cita para ella tenía "un significado añadido"
A ellas se unían otras invitadas como Laura Ponte o Claudia Osborne, quien, nos aseguraba que ahora "valoro mucho más lo que hay detrás de cada pieza: su diseño, su historia, el trabajo artesanal". Tampoco faltaron Karla Cova Villa, Alex Rivière, María Vega-Penichet, Inés de Cominges, Alejandra de Rojas, Lulu Figueroa, Andrea Pascual e Inés Ybarra.
Tras pasar por la planta Noble y la sala Sinfonía —donde finalizaba este fascinante viaje de la exhibición— se sentaron a disfrutar de una cena en los fabulosos jardines del palacete.
En este oasis botánico, rodeados de árboles y plantas llegados de distintas partes del mundo —desde la India hasta Japón—, y con la pérgola —que había sido reinterpretada— como punto de encuentro, el tiempo parecía haberse detenido por un instante. Era el final perfecto para una velada inolvidable.
















