Adolescentes

Gloria R. Ben, psicóloga, sobre los adolescentes y la IA: "No sirve de mucho decirles que contrasten la información si nosotros creemos lo primero que vemos en redes"


La especialista nos habla de los mayores riesgos para niños y adolescentes de “la cultura del tutorial” y de la respuesta inmediata


Gloria R. Ben, psicóloga© Qustodio
19 de octubre de 2026 a las 18:02 CEST

Cuando un adolescente acude a la IA (Inteligencia Artificial) para conversar o para plantear dudas acerca de temas emocionales antes que a sus padres, estamos ante un problema que es necesario afrontar y atajar, tal y como señala Gloria R. Ben, psicóloga experta de Qustodio. Sabemos que recurren a las redes sociales y a la IA en busca de respuestas de los temas más variopintos y que, en muchos casos, aprenden todo tipo de cuestiones a través de tutoriales de Internet, pero… ¿cómo les afecta todo esto? 

Lejos de ser una práctica inocua, tiene consecuencias (y, por supuesto, también beneficios). Gloria R. Ben nos detalla cómo enseñarles a sacar partido a estas herramientas tan valiosas y evitar que pueda perjudicarles. 

Tenemos que enseñarles que la IA es una herramienta extraordinaria, pero que no tiene la verdad absoluta.

Gloria R. Ben, psicóloga experta de Qustodio

¿Por qué los niños y los adolescentes acuden a las redes sociales y a la IA para obtener respuestas?

Porque lo tienen en el bolsillo, a un clic y disponible en cualquier momento. Pero creo que hay algo todavía más importante: preguntarle a una máquina es mucho más fácil que preguntarle a una persona, especialmente cuando hablamos de cuestiones personales.

Con una IA no tienes una relación que proteger. Te sientes anónimo, no tienes vergüenza, no ves una cara de sorpresa, no temes decepcionar a nadie y tampoco piensas que puedas hacer daño a la persona que tienes delante con lo que estás contando. Puedes preguntar algo muy íntimo y cerrar la pantalla cinco minutos después. Para un adolescente eso es tremendamente atractivo.

Además, la IA responde de una manera cercana, personalizada y aparentemente comprensiva. Y tú mismo puedes ir orientando la conversación: reformular la pregunta, añadir información o insistir hasta encontrar una respuesta que encaje con lo que piensas o con lo que querías escuchar. Ahí existe un riesgo importante: confundir una respuesta que me valida con una respuesta que es buena para mí.

Con las redes sociales sucede algo parecido. Buscas determinados contenidos, te detienes en ellos, interactúas y el algoritmo empieza a ofrecerte más de lo mismo. Poco a poco puedes acabar rodeado de mensajes que refuerzan una determinada forma de pensar. Por eso son herramientas tan atractivas: son inmediatas, accesibles, no juzgan y, además, pueden acabar devolviéndonos una visión del mundo muy parecida a la que ya tenemos.

¿Qué riesgos hay en esa práctica?

El problema empieza cuando, ante algo que le preocupa, un adolescente piensa antes "voy a preguntárselo a la IA" que "voy a hablarlo con mis padres, con mi familia o con alguien de confianza". Y esto ocurre porque muchas veces se siente más cómodo e incluso más identificado con lo que encuentra en una pantalla: no se siente juzgado, obtiene una respuesta inmediata y, además, esa respuesta se adapta a lo que está contando.

Ahí entramos en algo que me preocupa especialmente: la humanización de la IA. Como responde con cercanía, recuerda el contexto y adapta el lenguaje, puede generar la sensación de "me conoce" o "me entiende". Pero no es así. Una IA no conoce realmente a ese menor, no conoce toda su historia, no observa su entorno y no siente empatía, aunque pueda parecer tremendamente empática.

Y en la adolescencia esto es especialmente delicado. Puede buscar información sobre ansiedad, autoestima, relaciones o TDAH y acabar autodiagnosticándose; puede intentar gestionar por sí mismo un problema que realmente necesita ayuda profesional o, al contrario, convencerse de que tiene un problema que en realidad no existe.

Con las redes ocurre algo parecido. Si sigo muchísimo a una influencer, me identifico con ella, habla como yo y siento que "es como yo", es muy fácil pensar que, si a ella le ocurre algo, a mí también me está pasando. Y ahí podemos acabar confundiendo identificación con diagnóstico y cercanía con autoridad.

Por eso tenemos que enseñarles algo muy sencillo: Internet y la IA pueden ser un primer lugar donde buscar información, pero no deberían convertirse en el primer lugar al que acudir cuando algo importante les pasa. Para eso necesitan personas que los conozcan de verdad, que puedan entender su contexto y, sobre todo, que puedan ayudarles.

Adolescente usa la IA© Getty Images

¿Existen también beneficios de esta manera de aprender o de buscar orientación emocional?

Por supuesto, y creo que también es importante decirlo porque no debemos demonizar la tecnología. Nunca hemos tenido tanto conocimiento disponible de una manera tan accesible. Un adolescente puede aprender idiomas, matemáticas, programación, historia, música… y además puede pedir que se lo expliquen tantas veces como necesite y de diferentes maneras. Para despertar curiosidad y facilitar determinados aprendizajes, las posibilidades son enormes.

Incluso en el terreno emocional puede existir un primer beneficio: poner palabras a algo que me ocurre. Un contenido puede hacer que un joven piense "quizá debería hablar de esto" o ayudarle a identificar que necesita pedir ayuda. Pero ahí está precisamente la frontera. Puede ser un punto de partida, no un punto de llegada, ni una forma de solucionar un problema.

La tecnología puede ayudarme a informarme o a formular una pregunta, pero cuando hablamos de algo importante relacionado con mi salud, mi identidad o mi bienestar emocional, necesitamos confiar en las personas.

¿Puede afectar esta cultura de los videotutoriales a la hora de aprender en clase, en un contexto en el que hay menos estímulo y en el que solamente habla el profesor?

Totalmente. Los jóvenes están acostumbrados a recibir una cantidad enorme de estímulos en muy poco tiempo: vídeos cortos, cambios constantes de imagen, mensajes rápidos y contenidos que, si no les interesan en los primeros segundos, pueden pasar simplemente deslizando el dedo.

Después llegan al aula y les pedimos justo lo contrario: que escuchen durante un periodo prolongado, que mantengan la atención, aunque el contenido no les resulte atractivo inmediatamente y que hagan un esfuerzo para comprender algo que quizá no entiendan a la primera. Ese cambio de ritmo les cuesta cada vez más, y para los profesores supone un reto enorme a la hora de captar y, sobre todo, mantener su atención.

Por eso creo que la clase magistral tradicional, entendida como un profesor hablando durante mucho tiempo y unos alumnos escuchando pasivamente, tiene cada vez más dificultades para conectar con ellos. No significa que tengamos que convertir el aula en TikTok, ni muchísimo menos, pero sí entender que su manera de consumir información ha cambiado y que la educación también tiene que adaptarse.

Y hay otro fenómeno que me parece muy interesante: el "ya lo miraré luego". El adolescente sabe que, si no entiende algo en clase, al llegar a casa puede buscar un tutorial que se lo explique en cinco minutos, a su ritmo, repetirlo diez veces o pedirle a una IA que se lo explique de otra manera. Esa seguridad de que la respuesta estará disponible después puede hacer que disminuyan la motivación y el esfuerzo por atender en ese momento.

En cuanto un adolescente descubre por sí mismo que puede condicionar la respuesta de una IA, empieza a mirarla de otra manera.

Gloria R. Ben, psicóloga experta de Qustodio

¿Cómo enseñar a los niños y a los adolescentes a utilizar esa nueva manera de obtener respuestas como un complemento a su formación, es decir, como herramientas que pueden ser útiles, pero no como una fuente de verdad absoluta?

Este es uno de los grandes retos que tenemos. Ellos han nacido inmersos en el mundo digital y para ellos acudir a Internet o a una IA para obtener una respuesta es completamente natural. Por eso creo que la solución no puede ser prohibir, sino educar en cómo utilizar estas herramientas.

Tenemos que enseñarles que la IA es una herramienta extraordinaria, pero que no tiene la verdad absoluta. Puede ayudarnos a entender algo, buscar ideas, estudiar o plantearnos otras posibilidades, pero la respuesta que nos da no debería sustituir nuestro propio pensamiento.

Y una forma muy sencilla de enseñárselo es utilizarla con ellos y mostrarles que se equivoca. Podemos cuestionar una respuesta, decirle que no estamos de acuerdo y ver cómo rectifica, incluso cómo en ocasiones nos da la razón. Eso les ayuda a comprender algo fundamental: que una IA responda con muchísima seguridad no significa que tenga razón.

También tenemos que enseñarles dónde aporta valor la parte humana. La IA puede darte diez ideas, pero eres tú quien tiene que decidir cuáles tienen sentido; puede escribirte un texto, pero tú puedes mejorarlo, darle personalidad y cuestionar lo que dice. El objetivo es que la utilicen para ampliar sus capacidades, no para sustituirlas.

Y aquí el ejemplo de los adultos es fundamental. No sirve de mucho decirles que contrasten la información si nosotros creemos lo primero que vemos en redes o damos por buena cualquier respuesta de una IA. Podemos enseñarles cómo la utilizamos nosotros: cómo dudamos, cómo encontramos errores, cómo modificamos sus respuestas y cómo acudimos a otras fuentes para contrastar lo que nos está diciendo. En definitiva, yo les transmitiría una idea muy sencilla: utiliza la IA, pero como una herramienta que te ayude a pensar mejor, no una herramienta que piense por ti.

¿Qué papel juega el pensamiento crítico en eso y cómo fomentarlo?

Para mí, aquí está el verdadero reto. Vivimos en la cultura de la inmediatez: quiero saber algo, lo busco; tengo una duda, pregunto; quiero una respuesta, la obtengo en segundos. Y eso puede hacer que nuestros hijos se acostumbren cada vez más a obtener respuestas antes de haber tenido tiempo siquiera de pensar la pregunta.

Por eso el pensamiento crítico no podemos trabajarlo solamente cuando utilizan la IA para hacer un trabajo del colegio. Se construye mucho antes y se entrena en el día a día: cuando les dejamos tomar decisiones, cuando les preguntamos qué opinan, cuando les hacemos valorar diferentes opciones o analizar los pros y los contras de algo. Incluso cuando no les damos inmediatamente la solución a un problema y les decimos: "¿Tú qué harías?".

De hecho, creo que hoy tenemos una ventaja respecto a generaciones anteriores. Escuchamos mucho más la opinión de nuestros hijos y les hacemos participar en muchas decisiones cotidianas: qué quieren comer, qué actividad quieren hacer, qué prefieren, qué opinan sobre determinadas cuestiones… Aprovechemos esos pequeños momentos para enseñarles a elegir, argumentar y asumir que puede haber varias respuestas posibles.

Y traslademos exactamente ese aprendizaje a la IA. Antes de preguntarle directamente, párate y piensa: ¿qué creo yo?, ¿cómo lo resolvería?, ¿qué opciones se me ocurren? Y después, si quieres, consulta la IA, compara su respuesta con la tuya y decide si aporta algo que no habías pensado. Porque si primero pensamos y después preguntamos, utilizamos la IA como apoyo. Si preguntamos siempre antes de pensar, corremos el riesgo de que poco a poco sea ella la que construya nuestro criterio. Y cuando se trate de un tema que desconocen completamente, enseñarles otra parte fundamental del pensamiento crítico: no quedarse con una única respuesta. Buscar otras fuentes, escuchar diferentes opiniones, contrastarlas y, a partir de ahí, construir la propia.

Al final, el pensamiento crítico no es una habilidad que necesitemos solo para utilizar Internet o la inteligencia artificial. Es una herramienta para toda la vida: aprender a pensar antes de decidir y no permitir que otros (sean personas, algoritmos o máquinas) decidan siempre por nosotros.

Adolescente usando la IA© Getty Images

¿Qué deben saber los menores sobre las respuestas personalizadas que les da la IA?

Lo primero que tenemos que explicarles es que, aunque la respuesta parezca muy humana, la comprensión que parece haber detrás no es real. La IA puede hablarnos con cercanía, utilizar un tono empático e incluso decirnos exactamente aquello que necesitamos escuchar en ese momento, pero detrás sigue habiendo una máquina. Tiene algoritmos, no neuronas; puede imitar la empatía, pero no sentirla.

Y creo que es muy importante desmontar esa sensación de "la IA me conoce", "me entiende" o "sabe perfectamente lo que me pasa". No, no te conoce. Está generando una respuesta a partir de la información que tú le estás dando y de cómo estás planteando la conversación.

¿Y cómo podemos enseñárselo a nuestros hijos? Pues otra vez, con experiencia y no solo con teoría. Utilicemos la IA delante de ellos. Hagámosle una pregunta, cuestionemos su respuesta, llevémosle la contraria, cambiemos algún dato y veamos cómo puede modificar completamente lo que nos estaba diciendo. Incluso podemos hacerlo con humor: "Pero antes me has dicho justo lo contrario". Que vean cómo rectifica, cómo se disculpa o cómo puede acabar defendiendo una posición diferente.

En cuanto un adolescente descubre por sí mismo que puede condicionar la respuesta de una IA, empieza a mirarla de otra manera. Deja de verla como alguien que "sabe" y empieza a verla como lo que realmente es: una herramienta que hay que saber utilizar y cuestionar.

Incluso podemos hacerlo con ellos. Que planteen alguna situación que conozcan bien y analicemos juntos la respuesta: "¿Estás de acuerdo?, ¿esto realmente es así?, ¿qué información le falta?, ¿ves cómo aquí no te conoce realmente?". Y si conseguimos que se rían de alguna respuesta absurda o que sean ellos quienes encuentren el error, muchísimo mejor.

Porque con los adolescentes muchas veces la mejor manera de enseñarles que algo no es infalible no es decírselo, sino conseguir que lo descubran ellos mismos.

Y esa es la idea que me gustaría que se quedaran: que una IA te dé una respuesta personalizada no significa que te conozca, y que parezca comprenderte no significa que realmente te comprenda.