La obesidad infantil no solo pesa en el cuerpo: pesa en la mirada de los demás, en la autoestima que se rompe demasiado pronto y en familias que deben abordar el problema. En España, esta enfermedad está detrás de 36.500 muertes al año, pero el estigma empieza mucho antes, en los patios del colegio y en conversaciones que nunca deberían doler. El dietista-nutricionista Julio Basulto, miembro del grupo de Nutrición y Alimentación de la semFYC (Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria), analiza este problema en su libro Todos gordos (con perdón), recién llegado a las librerías y en el que desmonta culpas, ofrece herramientas prácticas y recuerda algo esencial: proteger la salud de nuestros hijos también implica proteger su autoestima.
Afirma que vivimos en “un mundo diseñado para engordar”. ¿Lo tenemos especialmente complicado los padres?
Muy complicado. Porque la publicidad depredadora tiene como objetivo fundamental reducir las barreras de los niños para acceder a productos malsanos. Tanto es así que, voy a ponerte un ejemplo concreto, el de las llamadas, entre comillas, bebidas energéticas. En el libro explico que dos de cada 10 menores de diez años toman dos litros de estas bebidas al mes. Algo que va en aumento. Pues bien, tienen dos trampas diseñadas para que los niños caigan en ellas. La primera es que en un supermercado, si te fijas, suelen estar colocadas en los estantes a la altura de los ojos del niño. Y segundo, cuando tú te lees la etiqueta pone el mensaje 'no recomendado para niños'. ¿Tú crees que tu hijo de 16 años cree que es un niño? ¿Por qué no pone para menores de edad?
Por eso sí que es particularmente difícil porque vivimos en un entorno en el que todo nos conduce a comer de forma malsana, a ser más sedentarios y en el que, además, la comida sana es más cara. Aparte de otro factor, que es que los padres creemos que lo hacemos bien, que estamos alimentando bien a nuestros hijos y, sin embargo, estamos siendo engañados.
¿Por qué piensa que alimentamos a nuestros hijos peor de lo que realmente creemos?
Lo cierto es que damos mucha bollería a nuestros hijos, así como demasiadas bebidas azucaradas, demasiados postres lácteos azucarados, demasiados cereales, entre comillas, de desayuno, que no son ni cereales, ni son para el desayuno. Y pensamos que es una excepción, que por un poquito no pasa nada. Y también somos víctimas de ese marketing engañoso.
Vivimos en un entorno en el que todo nos conduce a comer de forma malsana, a ser más sedentarios y en el que, además, la comida sana es más cara
¿Por qué, teniendo más información que nunca sobre nutrición, seguimos sin saber alimentarnos bien?
Influye no solamente que, muchas veces, la información que recibimos está manipulada, tienen miles de millones de euros para convencernos de que 'un día es un día', sino también el hecho de que no tenemos tiempo para asimilar bien esa información. Porque trabajamos, porque tenemos muchas preocupaciones con el alquiler, con nuestros sueldos, con los trabajos precarios... Y porque la industria alimentaria sabe que el factor que más va a determinar que tú compres o no un alimento es el precio. No es la publicidad, no es el punto de venta, no es el producto. Es el precio y ellos controlan el precio. Entonces, aunque tenemos toda esa información, por una parte es contradictoria.
Comentábamos que alimentamos a nuestros hijos peor de lo que creemos. ¿Qué errores cotidianos cometemos sin darnos cuenta?
Aunque pueda sonar raro, el peor error que podemos cometer con nuestros hijos es obligarles a comer bien u obligarles a comer saludablemente.
Te lo explico: la negligencia, es decir, permitir por ejemplo que tu hijo tome bebidas energéticas, multiplica por dos el riesgo de obesidad. Pero la coacción, obligarles, multiplica por cinco el riesgo de obesidad. Es decir, es mejor permitir que tu hijo se coma un bollo que obligarle a que se coma una manzana. Ese sería el peor error. No somos conscientes de ello, y el 80% de los cuidadores, padres o progenitores obligan, coaccionan, premian a sus hijos para que coman saludablemente y creen que lo hacen bien.
En cuanto al resto de errores, creo que el error más frecuente es pensar que por un día no pasa nada, así como tener comida malsana en casa. Si no quieres que se coma esa comida, no la tengas en casa. ¿Por qué? Porque si a mí, a mi edad, me cuesta no comerme el chocolate teniéndolo en casa, que por eso no tengo... Si yo mismo no puedo controlarme con el chocolate, ¿cómo podemos pedirle a un niño de 4, 10 o 15 años que no se coma un helado que está en el congelador, un zumo, un bollo o unas galletas? Que además, están buenísimos. No lo compres que se lo come, ese sería el resumen. Otro error frecuente es pretender que nuestros hijos coman saludablemente cuando nosotros no lo hacemos. Predicamos con la boca, pero no con el ejemplo.
¿Por qué cuesta tanto que los niños coman alimentos saludables si, en teoría, sabemos que son mejores para ellos?
Les cuesta por varias razones. Hay un motivo que es la hostilidad en el hogar. Cuando hay tensión entre los progenitores, hay discusiones y malos rollos, los niños acaban comiendo mucho peor. Y viceversa: cuando hay romanticismo, hay calidez en el hogar, estés o no en pareja -pues se pueden tener discusiones con uno mismo, es decir, uno puede estar pasando un mal momento- eso se traduce en que los niños coman mejor. Este es un factor importante.
Pero creo que también nos cuesta por dos razones. La primera razón es que si tu hijo ha desayunado mil calorías, por ejemplo, a base de unos cereales azucarados con un postre lácteo azucarado, una galleta y un zumo, eso le da un montón de calorías vacías, pero son calorías. ¿Cómo luego se va a comer un plátano a media mañana si no tiene hambre? Porque ha saciado su apetito con un producto malsano. Luego, a la hora de la hora del almuerzo, ¿y qué se lleva? Bollería, que es lo que comen muchos niños. Eso hace que después, a la hora de la comida, no tenga hambre, y lo que le ofreces no es tan apetitoso y tan atractivo como lo que sabe que se comerá en la merienda, cuando vuelve a tomar mil calorías. Así, en la cena no tiene hambre, no tiene apetito. Y lo que le das, además, seguro que es menos apetitoso que lo que sabe que va a desayunar. Lo sabe inconscientemente. No es que lo piense, sino que su cerebro le dice: 'bueno, mañana ya compensaré'. Así, por la mañana tiene hambre, y como queremos que nuestros hijos coman, pensamos 'bueno, por lo menos se ha comido esto'. ¿Cómo hay que parar este bucle? Muy sencillo: quitando esos productos de su alcance y de su vista. como los medicamentos.
Y el segundo motivo es que no tenemos paciencia. Si a ti y a mí nos ha costado varias décadas entender que tenemos que comer saludablemente, ¿cómo pretendemos que un niño, rodeado como está de incitaciones a comer de forma malsana, aprenda en una semana, en un mes o en un año? Paciencia. Ya comerá espinacas. No te preocupes. Ya comerá ensalada. No pasa nada. La cuestión es que no coma mal. No que coma bien, sino que deje de comer mal. Si tú no le ofreces comida malsana, no pasa nada porque sea monótono. Y acabará comiendo. Tiene un cerebro diseñado para sobrevivir. Si un día no come, no te preocupes, que comerá al día siguiente.
Aunque pueda sonar raro, el peor error que podemos cometer con nuestros hijos es obligarles a comer bien
Veo que uno de los mayores problemas que comentas además en el libro es el desayuno. En él, un 41% de los niños no incluye fruta, pero es que en el desayuno vamos todos volados de tiempo. ¿Eso influye también?
Influye mucho. Y también influye el hecho de que la industria alimentaria nos ha hecho creer, incluso pagando sociedades de nutrición, que el desayuno es la comida más importante del día. Y eso es una mentira ampliamente desacreditada en el ámbito científico. El desayuno es la comida más importante del día para la industria alimentaria, pero no para los que nos dedicamos a la salud pública. Sería la comida más importante del día si fuese la única dentro del día, pero como vas a hacer otras no.
Si tu hijo no tiene apetito por la mañana, ponle una pieza de fruta en la mochila y unos cuantos frutos secos (si es mayor de cinco años, que no se va a atragantar) y no te preocupes, que se los comerá. O ponle un bocata de algo que no sea un cárnico procesado o crema de cacao, y no te preocupes que se lo comerá. No pasa nada por no desayunar. Eso no influye en el rendimiento académico, aunque nos hagan creer lo contrario. Y eso no influye en el rendimiento deportivo, aunque nos hayan hecho creer lo contrario.
De todas maneras, hay cada vez más padres comprometidos con la alimentación de sus hijos, ¿no crees que algo está cambiando? ¿Piensas que hay un hueco para la esperanza?
No, no lo veo. Siempre acabo diciendo que soy un pesimista porque los pesimistas son los únicos que quieren cambiar el mundo, y yo soy un pesimista informado. Me encantaría decirte que sí, pero no. A mí me pasó que antes de escribir el libro 'Mamá come sano', que es un libro que dediqué a la alimentación antes, durante y después del embarazo, lo que yo veía en consulta es que las mujeres embarazadas comían mejor. Escribí el libro pensando esto, que las mujeres durante el embarazo se cuidan más porque están embarazadas. Hasta que miras las estadísticas y los estudios científicos y te das cuenta de que no: las mujeres en embarazo comen igual de mal que el resto de la población. Lo mío era un sesgo. ¿Por qué? Porque yo estoy en ese nivel sociocultural más alto, y lo que yo veo no es representativo de lo que está pasando en la población general. Cuando miras los estudios epidemiológicos ves que muchas mujeres fuman o beben en el embarazo e incluso comen fatal en esta época.
Esto pasa también con los niños. Si tu hijo no toma ahora brócoli, ya lo tomará a los 25 años. Llegará. De repente, abres la nevera de tus hijos y ves lo bien que comen. Es cuestión de predicar con el ejemplo, de que no haya comida malsana y de no darle sermones y no decirle cosas que no sabes.
Pero no, no veo mucha esperanza. Las estadísticas son demoledoras, la mayor parte de niños toman una ingente cantidad de calorías vacías. Y además, ¿de qué sirve tomar un brócoli si luego a la vez está tomando muchas calorías vacías? No sirve, no compensa. Hay niños que comen de vez en cuando ensalada o brócoli. Pero esos mismos niños están tomando también una gran cantidad de calorías vacías.
Hay que normalizar que la salud no se mide en kilos, sino que se mide en hábitos
Hay un dato que nos llama la atención: durante los primeros 1.000 días no debería haber azúcar. ¿Por qué es tan determinante esta etapa?
Porque se está configurando su metabolismo. Ocurren dos cosas: primero, que el riesgo de obesidad, aparte de por la genética, se ve bastante determinado por el tipo de dieta que lleva el niño en esos primeros mil días. Eso es algo que pasa también con el riesgo de padecer caries. Pero por otra parte es importante también porque durante esos 1.000 primeros días se configuran las preferencias alimentarias del niño. Su apetito por alimentos malsanos va a venir muy determinado por la exposición a alimentos muy salados y muy dulces y muy grasos, sobre todo. ¿Cómo luego consigues que ese niño se coma una manzana o un tomate si su apetito lo hemos configurado con ganchitos?
¿Qué papel juega el tiempo de pantallas en el aumento de peso infantil? No le están haciendo ningún favor al problema creciente de obesidad en la infancia, ¿no es así?
Lo es. Por el sedentarismo, desde luego, sin lugar a dudas. Porque mientras se está viendo la pantalla no se está moviendo. Y no podemos olvidar que España es el país más sedentario de la Unión Europea, por cierto. Dudoso honor. Se considera que nuestros hijos tendrán menos esperanza de vida que nosotros por primera vez en la historia.
Pero es que la pantalla, a su vez, se relaciona con mayor exposición a publicidad, directa e indirecta, que recibe el niño. De hecho, hay algún estudio que dice que cuando los niños están expuestos a pantallas son más proclives a comer peor, aunque no tengan ninguna exposición a la publicidad de productos malsanos. Eso pasa también con los adultos, pero con los con los niños parece ser que sucede más.
Hay que tener en cuenta, por lo tanto, esos estos dos motivos. El sedentarismo, que es como un círculo vicioso, porque cuando un niño es más sedentario, luego le es más complicado moverse, y tiene más riesgo de lesión. Y en cuanto a engordar, la obesidad engorda, la obesidad se protege a sí misma. Y por otra parte, está la exposición a la publicidad depredadora diseñada para romper las barreras de protección del niño y acabar pensando que lo normal es comer malsano.
Si tuviera que dar una recomendación esencial esenciales para prevenir la obesidad infantil, ¿cuáles serían?
No discriminar. La discriminación y el estigma tienen un poder mucho mayor para aumentar el riesgo de obesidad infantil por diversas razones que también explico en el libro. Entonces, lo primero que yo diría es que, a título individual y desde luego a escala poblacional, hay que impedir que un niño con exceso de peso sea estigmatizado, sea señalado por culpa de ese exceso de peso. Hay que normalizar que la salud no se mide en kilos, sino que se mide en hábitos. Y la autoestima, desde luego, no la determina la báscula, sino sobre todo el entorno familiar en la infancia y lo mucho que demostramos a nuestros hijos que los queremos incondicionalmente.
¿Qué espera que se lleven los lectores después de leer 'Todos gordos'?
Pienso que lo he escrito por dos razones. La primera, para frenar la discriminación y el estigma absurdo y estúpido que recae sobre las personas que padecen obesidad. Y la segunda razón es para explicar que hacer dieta engorda. No hagas dieta, no hagas restricción calórica, que no va por ahí la cosa.








