"La reacción es de ira, conmoción y consternación". Así describía The New York Times el revuelo que provocó una noticia que, el 20 de octubre de 1968, dio la vuelta al mundo: Jackie Kennedy, la viuda más querida de Estados Unidos, había decidido volver a casarse. Y no precisamente con el hombre que muchos habrían imaginado para ella. El elegido era Aristóteles Onassis, un multimillonario griego, divorciado, 23 años mayor que ella y con una vida sentimental que llevaba años alimentando las páginas de la prensa internacional.
Aquella boda, que hoy cumple 58 años, no solo convirtió a Jacqueline Kennedy en Jackie O, sino que marcó el comienzo de una nueva etapa que buena parte de los estadounidenses recibió con sorpresa y desaprobación.
Para entender por qué aquel enlace provocó tanta indignación hay que remontarse a 1953, cuando una jovencísima Jacqueline Bouvier, de 24 años, se casaba con John Fitzgerald Kennedy, entonces senador por Massachusetts. Su boda tuvo todos los ingredientes de un cuento de hadas: 1.200 invitados, una espectacular tarta de cinco pisos y un vestido de princesa confeccionado por Ann Lowe, una talentosa modista afroamericana cuyo nombre permaneció durante años en un segundo plano. Siete años después, la pareja llegaba a la Casa Blanca y se convertía en lo más parecido a una familia real que había conocido Estados Unidos. Jóvenes, atractivos y rodeados de glamour, los Kennedy representaban una nueva era de ilusión y modernidad.
Pero aquella imagen casi perfecta escondía una realidad mucho más compleja. John F. Kennedy había sido infiel en varias ocasiones, aunque su figura pública continuaba despertando una enorme admiración. Jackie, por su parte, había conquistado a los estadounidenses con su elegancia, su cultura y su discreción. El asesinato del presidente en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, terminó de convertirla en un símbolo nacional. Tenía solo 34 años, dos hijos pequeños y acababa de perder a su tercer hijo, Patrick, que había fallecido pocos meses antes tras nacer prematuramente. Una de las imágenes más impactantes de aquella tragedia fue la de Jackie con su traje rosa de Chanel, manchado con la sangre de su marido, que se negó a quitarse durante horas. Un gesto que quedó grabado para siempre en la memoria colectiva.
Desde entonces, dejó de ser únicamente una antigua primera dama para convertirse en una figura casi intocable. Como escribió Donald Spoto, uno de sus biógrafos, sus admiradores la mantenían "como una mariposa atrapada en ámbar": querían conservar para siempre aquella imagen de viuda valiente y entregada a sus hijos. Por eso, cuando decidió rehacer su vida sentimental, muchos sintieron que estaba rompiendo con el recuerdo del presidente asesinado.
Y entonces apareció Aristóteles Onassis. Aunque, en realidad, el magnate llevaba tiempo formando parte de su círculo. Propietario de un imperio naviero, una compañía aérea y numerosos negocios, era uno de los hombres más ricos del mundo. Pese a que su físico no respondía a los cánones de belleza de la época, tenía fama de gran seductor y había mantenido una conocida relación con la soprano María Callas, además de haber sido vinculado sentimentalmente con Lee Radziwill, la hermana pequeña de Jackie.
Fue precisamente Lee quien, en 1963, invitó a Jacqueline a pasar unos días a bordo del lujoso yate Christina, propiedad del empresario. Con los años, la relación entre Jackie y Onassis se estrechó y, tras el asesinato de su cuñado Robert F. Kennedy, en junio de 1968 —otro durísimo golpe para la familia que muchos definieron como una maldición— , la antigua primera dama decidió dar un paso más. Cuatro meses después se confirmaba la noticia: iban a casarse.
La elección despertó todo tipo de críticas. La diferencia de edad, el divorcio de Onassis y su pasado sentimental alimentaron la polémica, mientras que algunos llegaron a insinuar que Jackie se casaba por dinero. Sin embargo, Kathy McKeon, su asistente personal, recordaría años después que ella se sentía muy sola y necesitaba alguien con quien compartir su vida.
Un vestido de novia que ya había llevado antes y que se vendió por más de 20.000 euros
Pese a las críticas, el 20 de octubre de 1968 Jackie Kennedy, de 39 años, y Aristóteles Onassis, de 62, se daban el 'sí, quiero' en la pequeña capilla de Panayitsa, situada en Skorpios, la isla privada que el magnate poseía en Grecia. A diferencia del multitudinario enlace que la novia había protagonizado 15 años antes, esta vez la pareja optó por una ceremonia ortodoxa íntima, rodeada de unas 40 personas, entre ellos los hijos de ambos y Lee Radziwill.
Y si el escenario era completamente diferente, la elección nupcial de Jackie también supuso un cambio radical respecto a su primera boda. En lugar de aquel voluminoso diseño de Ann Lowe que había lucido en 1953, sorprendió con un conjunto corto de alta costura firmado por Valentino, perteneciente a la colección Primavera/Verano 1968 del diseñador italiano. El propio modisto reconocería años después que ni siquiera sabía con certeza qué vestido había elegido Jackie para su boda hasta que las imágenes comenzaron a circular por todo el mundo.
El diseño, en un delicado tono marfil con matices beige, estaba formado por dos piezas: un cuerpo de encaje con cuello alto, manga larga ligeramente abullonada y pequeños botones de perla, y una falda plisada de crepé de seda que terminaba justo por encima de las rodillas.
Lo curioso es que no era la primera vez que Jackie lucía aquel modelo, o al menos uno prácticamente idéntico. Según recogió la prensa estadounidense, meses antes había asistido con uno muy similar a la boda de una amiga.
Los complementos también merecen una mención especial. En lugar del tradicional velo largo, eligió un lazo blanco que adornaba su melena castaña, peinada con volumen y recogida parcialmente. Prescindió igualmente de los zapatos de tacón alto y apostó por un modelo plano, una decisión que, según explicó entonces The Washington Post, buscaba compensar la diferencia de estatura con su nuevo marido. Jackie medía aproximadamente 1,70 metros, mientras que Onassis rondaba los 1,65. El resultado fue un look nupcial discreto, delicado y tremendamente actual incluso visto desde la perspectiva de 2026.
Y la historia de aquel traje no terminó en Skorpios. En septiembre de 2024, el vestido de esta segunda boda salió a subasta y alcanzó los 24.320 dólares (unos 22.000 euros al cambio aproximado de entonces). La pieza había permanecido durante décadas bajo el cuidado de personas cercanas al matrimonio, que la conservaron después de la muerte de Onassis.
Una capilla iluminada por velas, champán rosado y una boda rodeada de polémica
Aunque los protagonistas eran dos de las personas más conocidas del planeta, la ceremonia estuvo lejos de los grandes despliegues habituales en los enlaces de la alta sociedad. Aquel día llovía en Skorpios y la pequeña capilla, sin grandes decoraciones florales, estaba iluminada únicamente por velas —un escenario que, precisamente, recordó después al de la boda del hijo de Jackie, John F. Kennedy Jr., con la publicista Carolyn Bessette, en 1996— . Una atmósfera íntima que contrastaba con el enorme interés mediático que despertaba todo cuanto sucedía en la isla.
Los hijos de Jackie, Caroline y John estuvieron presentes, al igual que Alexander y Christina, los hijos que Onassis había tenido con su primera esposa, Athina Livanos. Tras la ceremonia, los recién casados y sus invitados se trasladaron al famoso yate Christina, donde celebraron una recepción en la que no faltó el champán rosado. Mientras tanto, numerosos periodistas trataban de conseguir alguna imagen desde las embarcaciones que navegaban cerca de la isla.
Pero ni siquiera la discreción del enlace consiguió acallar la controversia. En Estados Unidos, algunos periódicos llegaron a preguntarse si Jackie podía ser excomulgada de la Iglesia católica por haber contraído matrimonio mediante el rito ortodoxo con un hombre divorciado cuya primera esposa seguía viva. Otros insistían en cuestionar sus motivos para casarse con Onassis. Uno de los titulares que mejor resumió el desconcierto de aquellos días fue tan breve como contundente: "Jackie, ¿cómo has podido?", una expresión que recuperó décadas después The Washington Post en un reportaje sobre aquella boda.
A pesar de todo, Jackie defendería años después el papel que había tenido Aristóteles Onassis en su vida, asegurando que la había rescatado en un momento en el que todo parecía estar envuelto en sombras. En 1973, la tragedia volvió a golpear a la familia cuando Alexander, el hijo de Onassis, murió en un accidente aéreo. Dos años después, el 15 de marzo de 1975, el magnate fallecía en París a los 69 años. Jackie, que entonces tenía 45, volvía a quedarse viuda.
A partir de ese momento, decidió construir una vida cada vez más alejada de la exposición pública. Trabajó como editora de libros, mantuvo una larga relación sentimental con el empresario Maurice Tempelsman y nunca volvió a casarse. Falleció en 1994, a los 64 años, y fue enterrada junto a John F. Kennedy. En su lápida figuran sus tres apellidos: Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis. Sin embargo, según recogió la biógrafa Sarah Bradford, durante las ceremonias de despedida no se mencionó el apellido de su segundo marido. Para muchos estadounidenses, Jackie siempre había sido, y seguiría siendo, una Kennedy.
















