Psicología en la madurez

Todo me molesta, me siento irritable y estresada: ¿qué le pasa a mi cerebro en la menopausia?


Tu cerebro está cambiando y lo que te ocurre, según la neurociencia, es parecido a una 'actualización'. Pronto volverás al equilibrio.


Mujer con el pelo corto, jersey amarillo mirando a cámara © Getty Images/Westend61
3 de enero de 2026 - 7:00 CET

Hace unos días estaba tan irritable que no me aguantaba a mí misma. Sentía cómo un ogro descontrolado se apoderaba de mí. ¿Dónde está mi yo? Quiero volver a ser esa mujer dulce y tranquila. ¿Qué me está pasando? ¿Me voy a quedar así para siempre?

Hoy en día llegamos a esta transición de la perimenopausia en mejores condiciones que generaciones anteriores, al menos en apariencia. Sin embargo, la mujer actual carga con una presión mucho mayor: más exigencia laboral, más responsabilidad familiar y una agenda que no deja espacio para el descanso. Todo ello se traduce en niveles de estrés muy superiores a los de nuestras antecesoras.

Por ello, no estás "fallada", no estás "loca" y, sobre todo, eres perfecta tal como eres. Lo que estás viviendo no es el fin de tu vitalidad, sino una de las metamorfosis más fascinantes que la biología humana permite. Bienvenida a tu "Segunda Primavera”.

Más que un cambio

A menudo interpretamos la transición hacia la menopausia como un declive, cuando en realidad estamos ante una profunda transición endocrina en la que el cerebro atraviesa una auténtica metamorfosis de recableado, similar a la que vivimos durante la adolescencia o el embarazo. El cerebro se adapta a nuevas necesidades fisiológicas. Sí, así de moldeables somos.

Durante décadas, nuestro sistema nervioso ha estado “anclado” a los picos energéticos de la ovulación, guiado por una compleja danza de estrógenos y progesterona que priorizaba la receptividad y la reproducción. Al llegar a la perimenopausia, el cuerpo inicia un proceso de “desanclaje”. Se redefinen las prioridades. En esta metamorfosis, las hormonas dejan atrás los picos estrogénicos orientados a la procreación y pasan a una producción más discreta, centrada en una “fábrica” más pequeña: las glándulas suprarrenales. Así se va dejando atrás la producción ovárica y se da paso a una nueva sabiduría interior, que redirige la energía hacia otro tipo de creación, una cuyo propósito ya no es biológico, sino profundamente cultural.

Mujer menopausica triste© Getty Images

El ADN de la irritabilidad

En esta transición neurológica femenina, los grandes protagonistas son los neurotransmisores. Son ellos quienes actúan como intermediarios entre los primeros cambios y los síntomas físicos y emocionales que muchas mujeres experimentan. No se trata únicamente de lo que ocurre en los ovarios ni de una bajada hormonal puntual, sino de un cerebro altamente plástico, lleno de conexiones, que necesita reajustarse para encontrar un nuevo equilibrio. 

En este contexto, la serotonina puede descender de forma transitoria, disminuye la tolerancia emocional y aparece la irritabilidad; si el GABA no es suficiente, resulta más difícil frenar el estrés y la activación constante. A todo ello se suma la alteración de las endorfinas, también afectadas por estos cambios, fundamentales para amortiguar tanto el dolor físico como el emocional. La ciencia señala, además, que áreas cerebrales como el hipocampo o los núcleos supraquiasmáticos son especialmente sensibles a este proceso de reajuste.

Por otro lado, hay un dato clave que no puede pasarse por alto: la microbiota intestinal participa en la producción de la mayor parte de la serotonina utilizada de forma indirecta, por lo que la salud digestiva influye de manera directa en cómo nos sentimos. Cuando se rompe el equilibrio entre neurotransmisores más excitatorios, como la noradrenalina, y otros más calmantes, como la serotonina, el hipotálamo —nuestro gran regulador interno— puede desajustarse, dando lugar, en algunos casos, a episodios de ira intensa o desbordada.

Lejos de ser un fallo del sistema, todo este proceso se asemeja más a una actualización profunda del software cerebral: durante el cambio pueden aparecer errores temporales, pero una vez completada la adaptación, emerge una regulación emocional más sólida, eficiente y madura.

Este proceso neurológico ayuda a explicar lo que observa la investigación. El Seattle Midlife Women’s Health Study ha aportado una comprensión más profunda de lo que sucede realmente en esta etapa. En este estudio, la ira no se analiza como una emoción simple, sino como un fenómeno complejo y multidimensional que incluye lo que sentimos en un momento concreto, la tendencia personal a reaccionar con enfado, la forma en que lo expresamos y las estrategias que utilizamos para controlarlo.

Lo más revelador es que los resultados muestran un patrón muy claro: con la edad, las mujeres identifican mejor la ira y pueden sentirla con mayor intensidad, pero la expresan con menos agresividad y hostilidad.

Mujer madura sentada en un sofá © Getty Images

7 maneras sencillas de afrontar los cambios de humor

En cualquier caso, hay maneras de afrontar esta ira e irritabilidad propias de la menopausia. Aquí te detallamos algunas: 

Nutrición antiinflamatoria

Tu cerebro necesita grasas de calidad y aminoácidos esenciales. Priorizar proteínas completas y ácidos grasos omega-3 ayuda a mantener la vaina de mielina de las neuronas y a mejorar la transmisión nerviosa. Un cerebro bien nutrido es un cerebro más estable y menos reactivo. Para sintetizar serotonina se necesita triptófano; para frenar la hiperactivación del sistema nervioso, GABA.

Qué priorizar: pavo, huevos (especialmente la yema), plátano maduro, piña, frutos secos, semillas de calabaza y chocolate negro. Los fermentados, como el chucrut o el kéfir, nutren la microbiota —clave en la regulación de la serotonina—, y las legumbres, como los garbanzos, aportan precursores naturales asociados a la sensación de calma.

Qué reducir: azúcar blanco (potente neuroinflamatorio), exceso de cafeína (eleva el cortisol cuando ya está alto) y alcohol, que empeora la calidad del sueño y reduce la disponibilidad de GABA al día siguiente.

Adaptógenos reguladores del estrés

  • Tulsi (albahaca sagrada): contribuye a reducir el cortisol y aporta claridad mental sin efecto sedante leve.
  • Rhodiola: especialmente útil cuando la irritabilidad se acompaña de cansancio mental y dificultad para concentrarse.
  • Schisandra: apoya la función hepática y contribuye al equilibrio hormonal global.

Rituales diarios de autorregulación

Pequeños gestos sostenidos en el tiempo tienen un impacto profundo a nivel neurológico.

  • Respiración diafragmática: bastan tres minutos para activar el nervio vago y salir del modo de alerta constante.
  • Contacto con la naturaleza: la exposición a la luz natural ayuda a sincronizar los ritmos circadianos y estabiliza el estado de ánimo.
  • Entrenamiento de fuerza: el trabajo muscular libera mioquinas e irisina, moléculas que protegen la función cognitiva y refuerzan la sensación de control y fortaleza interna.

Cuidado del hígado

El hígado es una pieza clave en el metabolismo y reciclaje hormonal. Cuando está sobrecargado, los desequilibrios emocionales se intensifican. Priorizar verduras amargas, crucíferas bien toleradas, proteínas suficientes y reducir alcohol y ultraprocesados favorece una detoxificación hormonal más eficiente y una mayor estabilidad emocional.

Mujer durmiendo en la cama© Getty Images

Higiene del sueño

Durante el sueño profundo se activa la regeneración neuronal y se reajustan los neurotransmisores. Sin un descanso reparador, la regulación emocional se vuelve extremadamente difícil.

Gestión de la glucosa

Los picos y descensos bruscos de glucosa en sangre activan el eje del estrés y aumentan la irritabilidad. Mantener una glucemia estable —combinando proteína, grasa saludable y fibra en cada comida— protege la serotonina, reduce la reactividad emocional y previene cambios de humor repentinos.

Exposición a luz matutina

Recibir luz natural por la mañana ayuda a regular el ritmo circadiano, optimiza la producción de serotonina durante el día y favorece la liberación nocturna de melatonina. Este gesto sencillo contribuye a normalizar el cortisol, mejora el estado de ánimo y reduce la irritabilidad a lo largo del día.

Referencias

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