Mientras las imágenes de París desfilaban por la gran pantalla de Callao, Madrid montaba su propia fiesta y, cómo no, su propia pasarela —negra, en este caso, y con un mensaje que no admitía discusión: “Tú lo vales”—. La capital se vestía de gala para demostrarnos que, al menos por una noche, no había nada que envidiar a estar in situ en París.
Ni siquiera la lluvia —que sí, que la hubo— consiguió paralizar una cita que llevábamos meses teniendo anotada, y bien anotada, en nuestras agendas de mujeres atareadas. A base de subrayador fluorescente, para que no se nos escapase. Tanto tiempo llevaba allí marcada que casi empezaba a guardar polvo, si no fuera porque, de cuando en cuando, volvíamos a ella para comprobar que, efectivamente, la cuenta atrás seguía contando cada vez más atrás.
Y, llegado el día, allí estaba nuestra cabecera y, por ende, ellas: las 50 mujeres que se reunieron para vivir el Le Défilé de L’Oréal ya las que la firma homenajeaba. Un desfile que debutó en 2017 y que, desde entonces, cada septiembre y coincidiendo con la Fashion Week parisina —no por casualidad, la firma es partner oficial— convierte París en una gigantesca celebración de la belleza, la moda y, sobre todo, de las mujeres. Una cita que, además, se retransmite en directo y que este año volvió a llevar toda esa energía hasta Madrid.
Sí, el mismo desfile que el año pasado tuvo a Kendall Jenner como una de sus grandes protagonistas. ¿Era ella? Sí, era ella. Y sí, aquel vestido blanco, a medio camino entre diosa del Olimpo y aparición celestial, también era real.
Anne Igartiburu, Sandra Golpe y Lidia Torrent, tres mujeres que pisan fuerte en la televisión, disfrutaron de esta noche, en la que Madrid se vistió de París
Y es que hay algo en la pasarela de Le Défilé que nos devuelve, por unos minutos, a aquello que más añorábamos de los dos mil: las pasarelas elevadas hasta el infinito, esas en las que para ver a las modelos casi necesitabas unos prismáticos y, al día siguiente, un collarín cervical de tanto mirar hacia arriba. Y ellas, claro. Esas modelos carismáticas que sonríen, caminan y nos recuerdan que hubo un tiempo —no tan lejano, aunque a veces lo parezca— en el que aquello era, sencillamente, lo habitual.
Pues bien, eran las siete de la tarde y allí estábamos nosotros. Y, de las primeras en llegar, Anne Igartiburu, la mítica presentadora de D Corazón, inseparable durante tantos años de su famoso “¡hola, corazones!”, puntual como un reloj. Dicen que quien es puntual no llega ni un minuto antes ni otro después: llega justo a tiempo. Y ella, por supuesto, hizo honor al dicho.
Poco después llegaba Isabel Sanchís, junto a su hija, Paula Maiques. “¿Dónde puedo dejar mi paraguas?”, nos preguntaba la diseñadora después de atravesar la lluvia hasta el interior del evento. Rápidamente la atendían. “Con el tiempo que hacía en Valencia…”, añadía.
Y así empezaron a entrar, una a una, celebridades a cual cara más conocida: Lydia Bosch, su hija mayor, Andrea Molina, embarazada de su primer hijo; Raquel Meroño, Sandra Golpe, Lidia Torrent, Laura Sánchez, Samantha Vallejo-Nágera o Nuria March. “Tengo un poquito de jet lag porque llego directa de un viaje a México, pero estoy muy emocionada de estar aquí”, comentaba Eugenia Osborne.
Una vez dentro, y con las presentaciones ya hechas, comenzaron a formarse esos pequeños corrillos que aparecen casi de manera natural cuando se juntan tantas caras conocidas. Y, por supuesto, tocaba pasar por el photocall de ¡HOLA!. “Veamos, quiero posar con Eugenia Osborne, que es un amor de niña”, comentaba Teresa de la Cierva, que llegaba acompañada de Marta Barroso. “Estoy emocionada de compartir esta fiesta con vosotros y con L’Oréal, una marca que amo desde que nací y que ha acompañado mi vida durante más de 40 años como periodista de belleza”, apostillaba.
Y, entre pose y pose, Marta nos hacía una aclaración de esas que no admiten réplica: “Mi sobrino es Pepe Barroso; el guapo”. Porque si a Felipe le tocó aquello de el "Hermoso", Pepe tampoco parece haber salido mal parado en el reparto genético. Lo de "el Guapo" le viene, visto lo visto, como anillo al dedo. Y, francamente, ¿quiénes somos nosotros para rebatirlo?
Tampoco hubo tiempo para muchas más deliberaciones: con las ocho en punto encima, todas fueron llamadas a la mesa. Llegaba el momento de ocupar esas dos largas mesas imperiales, dispuestas en paralelo frente a la gran pantalla, y dejar que la noche siguiera su curso entre velas que recorrían su longitud y delicados lirios de agua.
Aunque hubo un detalle que llamó especialmente la atención. En cada puesto esperaba un pequeño cartel con un nombre. Y no, no era —como podría parecer— el de la invitada que iba a ocupar aquella silla. La sorpresa estaba precisamente ahí: cada nombre correspondía a una de las mujeres que, a lo largo de los años, había protagonizado Le Défilé de L’Oréal Paris.
"Le Défilé' es un acto que democratiza la belleza para que las mujeres no tengan que pedir perdón por ser quienes son", dijo Marina Carmona, que conquistó a todos con su voz
Entre tantos nombres aparecían los de Cara Delevingne, Eva Longoria, Isabela Merced, Heidi Klum…. Un detalle que, en cuestión de segundos, consiguió conquistar a todas. Porque, seamos sinceras, descubrir quién te había tocado en suerte tenía su gracia.
Lidia Bosch, por ejemplo, compartió mesa con su hija, Andrea Molina, embarazadísima y en la recta final de su embarazo, a punto de convertir a su madre en abuela. “Estoy muy ilusionada por el embarazo de Andrea, ¡con muchas ganas de que nazca ya! No aguanto más”, confesaba.
Por su parte, Laura Sánchez se sentó junto a Raquel Meroño, mientras que Marta Hazas y Samantha Vallejo-Nágera encontraron en sus sitios dos nombres que tampoco pasaban precisamente desapercibidos: Katherine Langford y Rochelle Humes. Ni más, ni menos.
Fue entonces cuando el escenario se iluminó para recibir a Marina Carmona —y no, no por las lentejuelas de su falda, aunque bien podrían haber tenido algo que ver—. “Buenas noches. Es un placer para mí estar rodeada de los 'mujerones' que hay aquí esta noche”, anticipaba.
La cantante interpretó tres canciones y, entre una y otra, dejó también otro mensaje de esos que llegan: “'Le Défilé no es un desfile de moda, es un acto que democratiza la belleza para que las mujeres no tengan que pedir perdón por ser quienes son”.
Después de recibir una buena dosis de aplausos —de esos que no se despachan con un par de palmas y a otra cosa—, el testigo del micrófono pasó a Roseta López del Valle, directora de publicaciones de ¡HOLA!, que subió al escenario para dar la bienvenida y, sobre todo, para abrir la puerta a lo que todas estábamos esperando: la conexión con París. “Deseo que disfrutéis de la cena, pero, sobre todo, que no olvidéis lo más importante: vosotras lo valéis”. Y sí, hubo aplausos otra vez.
Y, de repente, París irrumpió en la pantalla. Kendall Jenner abría el desfile y tras ella llegaban Eva Longoria, Viola Davis, Jane Fonda. La representación española corría a cargo de Ana Milán. Y, como en toda gran noche que se precie, también hubo música: a mitad del desfile, Elena Rose puso voz a Cosita Linda. Y después llegó Céline Dion, la reina de las power ballads.
Para finalizar el desfile, todas las participantes regresaron al escenario para despedirse de los espectadores que siguieron la retransmisión desde distintos rincones del mundo. En el centro, como gran protagonista del cierre, Céline Dion, que volvió a acaparar —por segunda vez consecutiva— todas las miradas.
Y parece que la despedida se contagió hasta Madrid, porque, casi al mismo tiempo, nuestras celebridades comenzaban también a poner el punto final a una noche con un savoir-faire difícil de superar.
“La cena estaba riquísima, la compañía, fenomenal. Ha sido todo un diez”, nos contaba Lidia Torrent, en ese impasse en el que ya se dirigía hacia la salida. ¿Y al lado de quién te has sentado?, le preguntábamos por ese gusanillo… Porque, ¿por qué no admitirlo? “Pues al lado del más uno de Marta Hazas y luego de Marta López”, confesaba.
Y así, entre risas, conversaciones, nombres ilustres y una noche que había empezado con lluvia y terminado con París en la pantalla, acompañábamos a Lidia hacia la puerta. Esta vez, la de salida. Porque si algo tenía aquella noche era precisamente eso: que parecía difícil ponerle un punto final a una historia que, desde el primer minuto, había empezado con mayúsculas.






















