París se convirtió en una fiesta del arte cuando Jeanne-Marie de Borglie entró a escena. Una princesa visionaria que supo detectar, antes que nadie, el talento. Amiga de galeristas y artistas, poco antes de que comenzase la década de los setenta, en 1968, tomó una decisión que cambiaría el sector para siempre: establecer una oficina de Christie's en París -un capítulo crucial en la expansión internacional de la casa-, y ahí comenzó a gestarse su leyenda.
Jeanne-Marie falleció el año pasado, a los 96 años, pero este miércoles, 30 de septiembre, recibirá el mejor de los homenajes. Gran parte de su extraordinaria colección personal -o de su 'universo'- saldrá a subasta en una puja que promete hacer historia.
De las joyas de la aristocracia a Diego Giacometti: los tesoros que salen a puja
Desde un fabuloso broche con forma de Cruz de Malta, engastado con diamantes que redescubrieron y le regalaron sus hijos; una obra de Jean Dubuffet Physique au sol -que forma parte de la serie Texturologies-; una vajilla con el monograma de su antepasada, la princesa María Luisa de Prusia; a la mesa que diseñó para ella Diego Giacometti, y que está adornada con la figura de su perra Séraphine.
Pinturas, muebles y tesoros que provienen tanto de su apartamento parisino como de su casa de verano, La Vignerme, en L’Isle-sur-la-Sorgue.
De romper con la alta sociedad a revolucionar las vanguardias en París
Hija de Gilles de Maillé de La Tour-Landry, duque de Maillé, y la princesa Anne-Marie Radziwill, creció en la finca Châteauneuf-sur-Cher, que su padre tenía en la región del Loira -conocida por sus cientos de castillos y palacios que discurren a orillas del río-. Una infancia entre algodones, que ella recordaría como, más bien, un “aburrimiento bien educado”.
Como aristócrata, su destino parecía ya trazado. Estaba llamada a convertirse en una anfitriona estupenda, encontrar un marido a su altura… Y, en principio, no se salió mucho del guion: se casó con el príncipe Guy de Borglie -de quien adoptó su apellido-, hijo del príncipe Amadée de Borglie y Beatriz de Faucinghy-Lucinge, en 1949, y se convirtió en princesa -aunque el cuento no duró mucho, puesto que en 1962 se divorciarían-.
Sin embargo, la joven Jeanne-Marie tenía otro referente en la familia. Su abuela, Dolly Radziwill, había sido una mujer de alta sociedad muy popular por sus exquisitas reuniones. Se movía entre los círculos intelectuales de la época; y, en su casa, recibía a amigos como el novelista Marcel Proust, el poeta Jean Cocteau o la pianista Misia Sert. Además, había sido una de las que más había impulsado la llamada 'Escuela de París', el grupo de artistas inmigrantes -entre los que estaba Amedeo Modigliani- que se congregaron en el bohemio barrio de Montparnasse.
No era, por tanto, una aristócrata encerrada entre salones. Como su abuela, ella también tenía sed de cultura, de ver mundo, y cuando se cruzó en su camino el galerista Daniel Cordier, abrieron juntos una galería en el distrito 8 de París. "Tenía un lado temerario que me gustaba", diría de ella el también historiador del arte, que le descubrió el universo contemporáneo.
Juntos formaban el tándem perfecto. Ella, atraía a la alta sociedad; y él, a los artistas. En sus cenas, reunían a invitados de lo más variopintos, desde un novelista a un espía.
La mujer que desafió un club de hombres para liderar Christie’s en Europa
A Jeanne-Marie todavía le quedaba una persona más por conocer, Peter Chance. Dicen que el presidente de Christie’s se quedó asombrado al conocerla. Era una mujer de mundo, con una insaciable curiosidad intelectual, y le propuso representar a la casa de subastas en la ciudad francesa.
Al principio, no estaba muy convencida con la idea, puesto que se antojaba un club demasiado exclusivo para los hombres; pero, al final, acabó aceptando, sin mucho convencimiento al principio, y durante cuarenta años, llevó a Christie’s a lo más alto, adaptando las normas de las subastas británicas al público francés, y convirtiéndose en su primera presidenta para Europa.
En su apartamento de la Rue Washington, se celebraron fiestas legendarias, siempre con su querida Séraphine, Jack Russell, como 'reina' de la casa.
"Pertenecía a esa generación de mujeres que lucharon por zafarse de las exigencias de su época para vivir en libertad", recordaría el conservador del Louvre Victor Hundsbuckler. Y su legado, continúa, ahora con la subasta de esta figura "profundamente inspiradora".












