En la historia de las monarquías hay una fiesta que jamás volverá a repetirse. Una celebración sin precedentes que tuvo lugar en octubre de 1971 en una monarquía que ya no está y que fue el inicio del fin de la dinastía. Hace 55 años, emperadores, reyes, príncipes, sultanes y jeques venidos de todo el mundo se reunieron en el desierto para asistir a una gran fiesta incluso difícil de imaginar para las grandes monarquías europeas.
Las ruinas de Persépolis, el mejor escenario para la fiesta del milenio
Las ruinas de Persépolis, la que fue capital del imperio persa, se convirtió en el escandio de la fiesta más espectacular de la historia de la realeza. Sus anfitriones fueron el sah Mohammad Reaza Pahlavi y su esposa, la emperatriz Farah Diba, que quisieron conmemorar los 2.500 años de la fundación del imperio con un evento destinado a mostrar al mundo la grandeza de su país. Lo que en aquel momento no sabían sus anfitriones es que sería una de sus últimas grandes exhibiciones de poder. Ocho años después la monarquía cayó como consecuencia de la Revolución iraní.
De don Juan Carlos y doña Sofía a Grace Kelly
El sah de Persia y la emperatriz Farah Diba convirtieron las ruinas de Persépolis en el epicentro de la realeza internacional. Durante cinco días, del 12 al 16 de octubre de 1971, Irán acogió una sucesión de actos que reunieron a representantes de las dinastías más importantes del planeta. Los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía, a quienes les faltaba cuatro años para convertirse en Reyes, los príncipes Rainiero y Grace Kelly de Mónaco, los reyes Balduino y Fabiola de Bélgica, Federico IX e Ingrid de Dinamarca, Constantino y Ana María de Grecia, Hussein de Jordania y el emperador Jaile Selassie de Etiopía, fueron algunos de los ilustres invitados. Isabel II de Inglaterra no acudió, pero estuvo representada por su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo, y su hija, la princesa Ana.
Una ciudad efímera con tiendas de lujo
Para acoger a sus invitados, el sah eligió las monumentales ruinas de esta ciudad rodeada de paisaje árido y montañoso, que ofrecían el escenario perfecto para lo que Mohammad Reza Pahlavi pretendía establecer: un vínculo entre su reinado y los grandes emperadores de la antigüedad. Levantó una auténtica ciudad efímera repleta de tiendas de lujo con instalaciones que disponían de dormitorios, salones, mobiliario exclusivo y numerosas comodidades más propias de los hoteles más sofisticados que del desierto.
Para la organización del evento se movilizaron a profesionales y empresas de varios países del viejo continente que se afanaron en crear espectaculares decorados, acondicionar jardines y convertir el entorno histórico de Persépolis en un lugar preparado para recibir a las principales personalidades del mundo.
Un banquete que duró cinco horas
El momento culmen de esos días de festejos llegó el 14 de octubre de 1971, coincidiendo, además, con el 33 cumpleaños de Farah Diba, que acaba de cumplir 88 años. Ese día, los emperadores persas ofrecieron un banquete de gala donde el célebre restaurante Maxim's de París fue el encargado de preparar el menú que duró unas cinco horas y media y estuvo regado con 2.500 botellas de vino añejo, caviar y los mejores champanes. La delicada gastronomía francesa, el refinado servicio de mesa, la decoración floral y la presencia de los royals contribuyeron a crear una atmósfera de extraordinaria sofisticación. En total, 600 invitados participaron de este banquete, en el que se desplazaron en 250 coches de la marca Mercedes, entre miles de cipreses con 50.000 pájaros de importación.
Las joyas más fabulosas
Las joyas también tuvieron un papel protagonista. La emperatriz lució algunas de las piezas más valiosas de la colección imperial iraní, como la tiara Noor- ol - Ain, que tiene uno de los diamantes rosas más grandes del mundo y que se engastó para la boda de la emperatriz con el sah. Actualmente, se conserva en el Tesoro Nacional de Joyas de Irán en el Banco Central de Teherán. Las Reinas y Princesas también lucieron diademas colosales. Así, doña Sofía eligió la rusa de la reina María Cristina y la princesa ana, la Meandro de su abuela Alicia.
Una demostración de poder que precedió al final de una era
Detrás de todos estos fastos, el sah quería presentar a Irán como una nación moderna y poderosa y a la vez heredera de una civilización milenaria Sin embargo, ese excepcional derroche de lujo también despertó muchas críticas por su elevado coste y por el contraste con las desigualdades sociales del país. Con el paso de los años, esta fiesta fue uno de los símbolos de los excesos asociados al gobierno del sah.
Una fiesta que Farah Diba siempre lamentó
Entrevistada por Scott Anderson, para su libro Rey de Reyes, Farah Diba reconoció que su mayor error fue implicarse en esta fiesta. Ella pensó actividades culturales y pedagógicas para conmemorar los dos milenios de la civilización, pero pronto se vieron eclipsadas por las exigencias de la espectacular fiesta cargada de derroche. "Sabía que iba a ser un desastre", reconoció la emperatriz años después. "Desde el momento en que me involucré, lo supe, pero ya era tarde. Lo único que podíamos hacer era intentar limitar los daños, pero era demasiado tarde incluso para eso". Los fundamentalistas arremetieron contra ella y el ayatolá Jomeini fundador de la República Islámica de Irán, lo calificó de "abominable".
El fin del sah
El 16 de enero de 1979, apenas ocho años después de aquella cumbre de la realeza, Mohammad Reza Pahlavi y Farah Diba abandonaron Irán rumbo al exilio (Egipto, Marruecos, Bahamas, México, Estados Unidos y Panamá) tras el triunfo de la revolución iraní. El sah murió un año y medio después de abandonar su patria afectado de un cáncer que se fue agravando y murió a los 60 años en El Cairo. Mientras, la emperatriz lleva casi medio siglo lejos de su país natal. Se hizo cargo de sus cuatro hijos y de dos grandes tragedias, ya que dos de ellos se suicidaron. Farah Diba reside en París y pasa temporadas en Estados Unidos, donde vive su familia. Muchas décadas después aún sigue ansiando poder regresar a su patria.










