Beatriz Ortega, psicóloga, sobre las señales que pueden alertar de un posible maltrato infantil: "Cuando deja de comportarse como un niño, conviene mirar qué está pasando"


El maltrato infantil tiene muchas aristas. Algunas son más evidentes y otras pasan más inadvertidas, aunque dejan una huella profunda en los hijos. ¿Cómo se desarrollan estos niños? ¿Qué pasa cuando van creciendo?


Beatriz Ortega© Beatriz Ortega
14 de enero de 2026 - 18:05 CET

Las heridas emocionales en edades tempranas de la vida tienen un reflejo indudable en el adulto. Si esa persona tiene hijos, esas huellas pueden comprometer su papel como padre o madre.

Beatriz Ortega es psicóloga sanitaria, especializada en trauma. Tiene mucha experiencia en el tratamiento de las consecuencias del maltrato infantil, el trauma y las dinámicas familiares disfuncionales. Todos sus conocimientos los ha plasmado en Cuando los padres duelen (Ed. Desclée De Brouwer), un libro donde combina historias reales con herramientas para saber reconocer cómo impacta ese maltrato infantil en la persona que va creciendo. Hemos charlado con ella.

En la crianza negligente no hay golpes ni gritos, pero falta presencia emocional. El niño aprende que sus necesidades no importan 

Beatriz Ortega, psicóloga

En el libro hablas de tres tipos de maltrato hacia los hijos: la sobreprotección, la negligencia y el maltrato propiamente dicho, tanto físico como psicológico. ¿Cuál es la característica fundamental de cada uno de ellos?

La sobreprotección nace muchas veces del miedo, pero termina transmitiendo un mensaje muy doloroso: “No confío en ti”. Son niños a los que se les quiere mucho, pero a los que no se les deja crecer.
La negligencia, en cambio, duele por ausencia. No hay golpes ni gritos, pero sí una falta profunda de mirada, de escucha, de presencia emocional. El niño aprende que sus necesidades no importan.
El maltrato físico o psicológico es el más evidente, pero no por ello menos silenciado. Humillaciones, amenazas o violencia dejan una huella directa en la identidad del menor. En todos los casos, el daño aparece cuando el niño deja de sentirse seguro y querido por quien debía protegerle.

Libro Padres que duelen© Ed. Desclée De Brouwer

Si has sido un niño que ha sufrido maltrato en la infancia, ¿cuál es la mejor manera de apartar esas vivencias para que no influyan negativamente en la posterior experiencia como padre o madre?

El pasado no se puede borrar, pero sí se puede comprender. Cuando intentamos “pasar página” sin mirar atrás, las heridas suelen reaparecer de otra forma.
La clave está en reconocer lo vivido sin culpa ni vergüenza, entender cómo nos marcó y decidir conscientemente qué tipo de madre o padre queremos ser. Sanar es dejar de actuar desde la herida y empezar a educar desde la conciencia.

Madre con su hijo con un ramo de flores
© Adobe Stock

¿Cómo impacta el maltrato, en cualquiera de sus formas, en el desarrollo del menor?

El maltrato rompe algo esencial: la sensación de ser valioso. Un niño que crece en ese contexto aprende a dudar de sí mismo, a desconfiar del mundo o a silenciar sus emociones para sobrevivir.
Muchas de esas consecuencias no se ven de inmediato. Aparecen años después, en forma de ansiedad, relaciones tóxicas, miedo al abandono o una autoestima frágil. El cuerpo crece, pero la herida emocional se queda esperando ser escuchada.

Niña triste© Getty Images

Al margen del plano físico, ¿qué síntomas nos pueden hacer sospechar que un niño está sufriendo algún tipo de maltrato?

A veces el sufrimiento no grita, susurra. Niños excesivamente callados, complacientes, con miedo constante a equivocarse o que parecen “demasiado maduros” para su edad.
También cambios bruscos de conducta, problemas de sueño, tristeza persistente o una necesidad exagerada de agradar. Cuando un niño deja de comportarse como niño, conviene mirar qué está pasando.

“El desarrollo infantil saludable es el resultado de un delicado equilibrio entre apoyo y autonomía”, recoge el libro. ¿Cuáles son las bases para conseguirlo?

Un niño necesita sentir que no está solo, pero también que es capaz. El equilibrio está en acompañar sin invadir, en sostener sin controlar. Validar lo que siente, permitirle equivocarse, poner límites claros y, al mismo tiempo, confiar en sus recursos. Crecer es saber que puedes explorar el mundo porque hay alguien que te espera sin juzgarte.

Madre agotada con las manos en la cara© Adobe Stock

La dependencia emocional de los hijos hacia los padres es un aspecto por corregir. ¿Qué señales de alerta nos informan de que existe este problema?

Cuando un niño vive pendiente del estado emocional de sus padres, cuando siente que debe cuidarles o no puede tomar decisiones acordes a su edad sin miedo a perder su amor, algo se ha desajustado.
La dependencia emocional no siempre se ve como algo grave, pero roba al niño algo fundamental: la libertad de ser él mismo sin cargar con responsabilidades que no le corresponden.

¿Qué pasa cuando se compara a los hermanos entre sí? ¿Qué efectos tiene en cada uno de ellos?

Las comparaciones duelen más de lo que parece. Enseñan que el amor se gana compitiendo y que siempre hay alguien mejor o peor que tú. Uno puede crecer sintiendo que nunca es suficiente y otro con la presión de no fallar jamás. Ninguno sale indemne. Cada hijo necesita ser visto por quien es, no medido en relación con el otro.

Madre jugando en el exterior con sus dos hijos© Adobe Stock

¿Cómo identificar cuando hay un chantaje emocional en la relación padres-hijos?

El chantaje emocional aparece cuando el amor se convierte en moneda de cambio. Cuando el niño aprende que, si dice “no”, si se enfada o si se distancia, puede perder el afecto.
Frases aparentemente inocentes pueden esconderlo: hacer sentir culpa, victimizarse o condicionar el cariño. El niño aprende a callarse para no herir, y ese silencio suele acompañarle toda la vida.

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