Es una realidad a la que se enfrentan algunos profesores: niños que se quedan dormidos en clase. No es “pereza”, ni “aburrimiento”, ni algo que pueda normalizarse. En la infancia, la somnolencia diurna es casi siempre una señal de alarma: indica que algo está fallando en la calidad o la cantidad de sueño, un pilar esencial para el neurodesarrollo, la conducta y el aprendizaje. Desde horarios inadecuados hasta trastornos del sueño como la apnea infantil, pasando por el impacto de las pantallas o el estrés emocional, las causas pueden ser múltiples y a menudo pasan desapercibidas. El neurofisiólogo clínico Óscar Larrosa, experto en medicina del sueño, explica por qué ningún niño debería luchar contra el sueño en el aula y qué señales deben encender las alertas en familias y docentes.
¿Cuáles son las principales causas por las que un niño puede quedarse dormido en clase?
Si hablamos de presencia de somnolencia diurna (si el niño se queda dormido del todo), el problema es serio.
La causa más frecuente es que duerme pocas horas, pero hay que tener en cuenta que en los niños los trastornos del sueño se manifiestan con frecuencia de otra forma, diferente a la de otras edades, con síntomas más de tipo comportamental y de cambios de carácter.
Es decir, reaccionan muchas veces de esta forma según su edad, por estar en fase de neurodesarrollo, en el que la calidad y la cantidad de sueño es fundamental.
En un niño no existe somnolencia normal si no tiene una circunstancia física o médica puntual que le haga pasar una o varias malas noches
¿Qué diferencia hay entre la somnolencia normal y un problema de sueño que requiere atención?
En un niño no existe somnolencia normal si no tiene una circunstancia física o médica puntual que le haga pasar una o varias malas noches (catarros, gastroenteritis, una caída con traumatismo de cierta consideración...). Fuera de estas situaciones es siempre un problema.
Insisto, están en desarrollo y para que sea éste correcto tienen que dormir lo suficiente en calidad y cantidad. O duerme poco o tiene un problema específico de sueño, como por ejemplo, apnea del sueño infantil, fenómenos típicos de su edad tipo pesadillas o terrores nocturnos, etc.
¿Qué señales deberían alertar a padres y docentes de que el sueño está afectando el aprendizaje?
Que el niño esté somnoliento de día, le cueste centrarse, se disperse con facilidad, sea excesivamente movido, hiperactivo, tenga cambios de carácter (irritabilidad, impaciencia...), mal rendimiento escolar (en especial si empeora o no lo tenía), o incluso todo lo anterior.
Podemos decir que todo ello puede estar generado por un sueño efectivo insuficiente.
¿Cómo influyen la ansiedad, el estrés o las emociones en la calidad del sueño infantil?
En comparación con el adulto, relativamente. A estas edades la estructura de sueño es más sólida en condiciones normales, al estar el niño en desarrollo y jugar un papel esencial en el mismo la buena continuidad del sueño. Es más difícil que sea más superficial y fragmentado por causas emotivas o de ansiedad, pero eso también es posible.
Precisamente por estar en desarrollo ciertos fenómenos tipo terrores nocturnos, despertares bruscos confusionales o pesadillas son más frecuentes a estas edades, y si son intensos y frecuentes pueden provocar “miedo a la noche” en el niño, es decir, que no quiera ir a la cama al principio o que tras un episodio de estos no quiera dormir solo.
Y estos fenómenos pueden estar aumentados en caso de estrés y ansiedad en el niño por diferentes causas, como pueden ser problemas de ambiente complejo a nivel familiar, escolar o social.
Hay que ajustar la hora de acostarse y que no se activen demasiado previamente
¿Qué relación existe entre los trastornos del sueño y el rendimiento cognitivo en la escuela?
La relación es estrecha. Cualquier problema de sueño que no sea puntual, sea por causas médicas, de hábitos o emocionales disminuye el rendimiento escolar y condiciona el comportamiento diurno del niño.
La calidad de sueño es fundamental para el aprendizaje, la memoria, la atención, la capacidad de concentración y la gestión emocional, a cualquier edad, pero cuando aún se está en edad de desarrollo biológico cobra especial relevancia. Por tanto, si no es adecuada las consecuencias son más llamativas.
¿Cómo influyen las pantallas y el uso de dispositivos electrónicos en la somnolencia diurna?
Si se usan excesivamente y a horas tardías, mucho. Los niños no deberían tener acceso a ellas, o que fuera muy limitado. A horas tardías para ellos (no son las mismas que para los adultos), les activan y más cuanto más tiempo las usen y, por tanto, pueden interferir en el sueño.
Y, aparte de la posible somnolencia como posibilidad, el problema es la hiperactivación, la dispersión y el posible fomento y asentamiento de reacciones cognitivas no adecuadas, según los últimos estudios.
Como decía, están en proceso de neurodesarrollo y los estímulos cognitivos adecuados son importantes, y los dispositivos electrónicos con el uso de la pantalla no lo son en general.
¿Existen riesgos de que estos problemas se prolonguen en la adolescencia y la adultez?
Sí, claro, si no se le ponen remedio o se reconducen adecuadamente. Además, hay que tener en cuenta que, aparte de los problemas conductuales, cognitivos y /o de malos hábitos cronificados, el sueño efectivo insuficiente predispone a disturbios metabólicos, como son el sobrepeso y la aparición de diabetes y a problemas inmunitarios de todo tipo.
¿Qué recomendaciones daría a los padres para mejorar la calidad del sueño de sus hijos?
Que duerman las horas suficientes para su edad. Sus necesidades de sueño son mayores que en adolescentes y adultos.
Se recomiendan 12-16 horas el primer año de vida, 11-14 horas en niños de 1-2 años, 10-13 horas de 3 a 5 años y 9-12 horas de los 6 a los 13 años.
Los horarios de entrada escolar a veces son un problema, porque se les levanta con cierta frecuencia muy pronto, a veces por necesidades de llegada al centro escolar lejano. Hay que ajustar la hora de acostarse y que no se activen demasiado previamente, al menos la hora previa a acostarse.
Y es muy importante también la calidad de sueño, aparte de la cantidad. Y esto se valora con que el niño no tenga hábitos como:
- Roncar, salvo los días que esté muy acatarrado. Y/o que tenga tendencia a dormir con la boca abierta. Pueden ser signos de apnea del sueño infantil por problemas obstructivos de las vías respiratorias altas, especialmente si están “raros” de día.
- Que no tenga tendencia a que le cueste coger el sueño al principio, moviendo mucho las piernas, pataleando, y que en clase le cueste estar sentado quieto, con tendencia a mover las piernas.
- Que no se despierte asustado y/o con comportamientos extraños, tipo pesadillas o terrores nocturnos, o despertares bruscos en los que esté confuso o sonámbulo. Son fenómenos frecuentes en los niños, a veces no preocupantes, y se les pasa con el tiempo, pero cuidado si son muy frecuentes y aparatosos y les provoca “miedo a la noche”.
- Que el niño vaya mal en el colegio o deje de rendir, o que tenga rasgos de comportamiento o carácter señalados previamente por el día.
¿Cuándo es necesario acudir a un especialista en sueño infantil?
Siempre que ocurra algo de lo comentado en el punto anterior, o que al niño le cueste dormirse o mantenga mal el sueño.
Un niño normal mantiene el sueño mejor que un adulto en condiciones normales, lo normal no es que le cueste. El paso habitual es consultar con el pediatra inicialmente y está bien, pero los pediatras no pueden abarcarlo todo, aunque sí orientar como proceder y a quién derivar. Si no se les da soluciones hay que buscar un somnólogo (neurofisiólogo clínico) con mano y experiencia en niños porque el sueño es vital en su desarrollo.






