Crianza

José Ramón Gamo, neuropsicólogo: “Tenemos una tendencia a la sobreprotección, y esto no es bueno para la madurez psicológica de los niños”


Para lograr que los higos sean maduros y responsables, hay una serie de pautas a seguir avaladas por la Neurociencia


José Ramón Gamo, neuropsicólogo© José Ramón Gamo
9 de enero de 2026 - 18:00 CET

La Neurociencia permite conocer mejor el funcionamiento del cerebro y, en consecuencia, muestra explica cómo hacer para sacar su máximo potencial. La clave está en los primeros años de vida, en la infancia y la niñez, pero también hay muchos aspectos a tener en cuenta en la adolescencia. ¿Qué deben saber los padres al respecto? José Ramón Gamo, neuropsicólogo, co-fundador de los Centros Cade y miembro de cátedra de Neuroeducación de la Universidad de Barcelona (@joseramongamo), nos explica cómo criar a los hijos siguiendo las pautas avaladas por la Neurociencia.

Según la neurociencia, ¿qué es lo más importante a la hora de educar a los hijos?

Si hablamos de educar, que es el acompañamiento a los críos hacia su madurez, lo que primero es cuidar bien su salud e higiene mental: hay que ser muy cuidadoso con la alimentación, con el sueño, hay que ser muy precavido con el uso y abuso de la social media. ¿Por qué? Porque la Social Media sabemos que repercute muy negativamente en el desarrollo de lo que conocemos como las funciones ejecutivas, que son las funciones cerebrales que nos definen como especie, es decir, son las que nos permiten tomar conciencia de nuestro pensamiento, ser consciente de las decisiones, el poder llevar a cabo nuestras decisiones con perseverancia… Todo ello, en el momento en el que estamos, son cosas interesantes que las familias deben saber.

La importancia en los primeros estados del desarrollo de los niños cuando son pequeñitos, de los cero a los tres años, de la relación y el trato y el cuidado emocional, que es en el momento donde se construyen los pilares neurofuncionales relativos a los afectos, las emociones, el apego.

Al adolescente hay que permitirle que conquiste espacios de libertad, pero no regalárselos.

José Ramón Gamo, neuropsicólogo

Si las emociones son pilares en los primeros tres años de vida, ¿qué deben saber los padres acerca de cómo enseñar a los niños a gestionarlas?

En la gestión de las emociones participan muchas cosas. Volvemos otra vez a las funciones ejecutivas, que son estas funciones donde el cerebro puede tomar conciencia de las emociones y, al tomar conciencia de ellas, puede regularlas, auto regularlas, con lo cual es muy importante que los papás acompañen bien el desarrollo de estas funciones, permitiendo, por ejemplo, que los niños jueguen e interactúen en el ambiente a través del juego, permitiendo que los niños se aburran... Esto parece algo que no es ‘sexy’ en este momento, pero es necesario porque desarrollamos una parte importante de la creatividad y la imaginación en estos contextos del aburrimiento. Y sobre todo de cara a ayudar a los niños a que manejen las emociones, hay que hacer un trabajo importante sobre la tolerancia a la frustración.

La frustración es un acontecimiento que es connatural a los seres humanos, porque el ser humano funciona porque producimos deseos y dirigimos nuestra inteligencia, nuestros recursos de razonamiento, a conseguir lo deseado. La frustración se produce cuando yo no puedo conseguir lo que deseo. Las familias tienen que entender que, si la frustración es un acontecimiento connatural, la tolerancia a la frustración es un aprendizaje.

La mejor manera de ejercitar y de acompañar ese aprendizaje es mediante una estrategia que es muy básica, que es la de la renuncia y el aplazamiento; es decir, que si mi peque me pide unos cromos de Pokémon, la renuncia sería “hoy no compro cromos” y el aplazamiento sería “te los compro, pero hasta el domingo no lo puedes abrir” o “te los compro el domingo, que es el día que hemos acordado y hasta el domingo no venimos a comprar los cromos”. Esta necesidad de que exista un aplazamiento, una demora, entre lo deseado y la consecución de lo deseado es una de las actividades que más favorece el aprendizaje de la tolerancia a la frustración.

Y hay otra cosa muy importante en el manejo y la gestión de emociones para los papás, para cómo pueden acompañar a los niños en este sentido, y es el léxico emocional, el vocabulario que manejamos en relación a describir y explicar las emociones. Las emociones en realidad son descargas químicas que lo que provocan son respuestas somáticas, físicas: si a ti algo te da asco, pues posiblemente te dé una mala sensación en el estómago o incluso te dé una arcada; si algo te da miedo, va a subir tu ritmo cardíaco, vas a aumentar la sudoración, la sequedad de boca... Eso son las emociones, descargas químicas que provocan respuestas físicas.

Pero los sentimientos es cuando somos capaces de poner palabras y explicar, con palabras, esas emociones. Por eso en neurociencia sabemos la importancia que tiene que haya un léxico, un volumen de vocabulario que permita que los niños puedan poner nombre a las emociones y explicarlas. Una de las cosas que tienen más impacto a la hora de que una persona mejore su regulación emocional es un buen léxico emocional porque permite pasar la emoción a sentimiento, a poderlo entender, hablar de él, explicarlo.

Y, muy importante, ¿cuáles son los modelos de gestión emocional que los padres ponen sobre la mesa cuando gestionan con los niños estas situaciones y entre ellos mismos? Es decir, los niños aprenden por modelo y por modelaje, y el modelo es lo que observan: cómo tú actúas, como tú gestionas esas situaciones.

Serían las tres grandes patas: el trabajar bien con las funciones ejecutivas, el ampliar el léxico emocional para hacer la traducción de lo puramente químico, de la emoción al sentimiento, y los modelos de gestión emocional que los padres hacen ver a sus hijos cuando gestionan estas situaciones.

¿Es importante que trabajemos los padres primero nuestra propia inteligencia emocional?

Punset y Bisquerra hicieron un trabajo muy importante sobre el análisis de las emociones que tenemos los seres humanos (Universo de emociones, libro escrito por Eduard Punset y Rafael Bisquerra), y recuerdo que Punset decía “es curioso, porque los españoles somos analfabetos funcionales en cuanto al léxico emocional”. Cuando te preguntan cómo te encuentras, la respuesta es “bueno...”, “jodido”, “tirando”... Habrá que ser capaz de explicar mejor cómo te encuentras.

Entiendo que esto tiene que ver con la madurez de la que hablabas al principio de la entrevista. Se oyen a menudo expresiones como “este niño es muy maduro para su edad”. ¿Qué significa exactamente que un niño sea maduro y cómo lograr que lo sean?

Habría que marcar el proceso de madurar, que es este proceso de ir pasando de la parte más animal a humanizarnos, a ir adquiriendo experiencia, capacidad de gobernarnos a nosotros mismos, de ser capaz de ponernos nuestras normas, nuestros límites, de ser consciente de las cosas... Porque, cuando hablamos de madurez, podemos hablar de la madurez puramente neurológica, que tiene unos estadios de desarrollo que son estándares: la infancia, la niñez, la preadolescencia, la adolescencia, el inicio de la vida adulta, la madurez en la vida adulta.

Pero también hay una madurez psicológica, que no tiene por qué ir a la par de la madurez neurológica o biológica. Tiene que ver precisamente con la capacidad de autogobernarse, es decir, de cómo somos capaces de ponernos las normas a nosotros mismos, de ponernos nuestros propios límites, de dirigir nuestro comportamiento, de tomar buenas decisiones, de ser capaces de construir nuestros valores o tomar decisiones conscientes de a qué valores nos asociamos o nos integramos o nos asociamos.

Entonces, ¿cómo podemos acompañar a los niños a su madurez? Si hablamos de la madurez neurológica, el mejor acompañamiento que podemos hacer los papás es el dejar que los niños hagan cosas. El cerebro madura porque se expone a interactuar con el ambiente; de ahí el dejar que los niños hagan cosas, el ir poniendo escenarios donde ellos conquisten espacios de libertad adecuados a la edad. Es decir, mi hijo de seis años, pues claro que se puede responsabilizar ya en ponerse la ropa por la mañana él solo, sin que yo tenga que estar ayudándole, o que nos ayude a recoger la mesa y meterlo en el lavavajillas. Para ayudar a los niños a su madurez, hay que dejar que hagan cosas, ponerles escenarios de retos que sean viables para ellos, que se puedan responsabilizar de eso que les estoy pidiendo y acompañar en cómo lo hacen, ayudarles en sus errores y fomentar que tengan esa autonomía.

La madurez más emocional o más psicológica tiene mucho que ver también con esto, con no infantilizar a los niños. Estamos en un momento donde tenemos una tendencia a la sobreprotección, y esto no es bueno para la madurez psicológica de los niños. Con los niños hay que hablar con rigurosidad, hay que utilizar un lenguaje no infantilizado, hay que comentarles las cosas del mundo, aunque creamos que todavía no están preparadas para entenderlas y, a veces, no las van a entender. Pero va llegando un momento en el acompañamiento a ese desarrollo madurativo neurológico, que las fichas van cayendo y las familias debieran entender que con los niños hay que hablar con rigurosidad, que hay que cuidar el lenguaje, no infantilizarlo, que hay que explicar cosas que creemos que pueden ser complejas para ellos y que posiblemente no entiendan en su profundidad, pero vas dejando este poso que permite que los niños vayan aprendiendo a pensar.

Bebé feliz en brazos de su madre© Getty Images/Maskot

Cuando nuestros hijos llegan o están llegando a la adolescencia y no queremos sobreprotegerlos, pero ves claramente que se va a equivocar en sus decisiones, que “la va a liar”, ¿cómo lograr encontrar ese equilibrio?, ¿cómo ayudarle a ser responsable y autónomo, sin dejarlos de lado?

Yo siempre digo que lo importante en el trabajo de acompañamiento al adolescente se tiene que haber hecho antes. De los cero a los 12 años, los niños son muy permeables a cuáles son tus valores, a aprender tu manera de gestionar los problemas, a cómo te comprometes con las cosas, cómo se visualiza el hecho de que tú, como adulto, seas responsable... Todo eso los niños lo aprenden por observación y lo aprenden en la relación que tienen con los adultos. Y la etapa potente es cero a 12 años. Si el trabajo ahí no se ha hecho bien, siempre va a ser más complicado el acompañamiento en la adolescencia.

Si nos vamos ya directamente a la adolescencia, independientemente de qué es lo que se ha hecho antes, presuponiendo que la cosa se ha hecho bien, en el adolescente es más de lo mismo; es decir, al adolescente hay que permitirle que conquiste espacios de libertad, pero no regalárselos. Me explico: cuando hablo con mi hija de 16 año de los horarios de llegar a casa o de qué tipo de actividades puede hacer ella con su autonomía los fines de semana, cuando sale con los amigos, yo siempre le digo lo mismo, que no es una cuestión tanto de la edad cronológica, sino de cómo tú has demostrado ser responsable con los diferentes espacios de libertad que yo te he ido dando y como tú los has conquistado.

En el adolescente es fundamental abrir espacios de libertad; tienen que empezar a ser autónomos en gestionar estos espacios. Hay que orientarles y guiarles sobre cuáles serían las estrategias más adecuadas para tomar las decisiones, hay que advertirles y hablar con ellos de los riesgos, pero sobre todo es muy importante, otra vez, dejar hacer porque si no, los chicos no pueden crecer y madurar.

Por eso es importante haber hecho bien el trabajo de los cero a los 12 años, donde tengamos niños que sean responsables, que cuando tomen decisiones evalúen bien los riesgos de esas decisiones, porque el adolescente también va a medir los riesgos, pero lo mide bajo su criterio adolescente. Y donde tú veías riesgos, ellos no tienen por qué verlos; están en otro momento de la vida y, como esos errores se van a cometer, por primera vez van a tomar decisiones sin la supervisión de los adultos, con mayor influencia entre iguales y menos influencia del adulto y de la opinión del adulto, es muy importante que los chicos ya tengan esa capacidad crítica de ver dónde se han equivocado, qué consecuencias ha tenido, cómo pueden corregir esto.

Acompañar al adolescente tiene mucho de dialogar, aceptar que va a haber errores y, con los errores, ser crítico. Pero ser crítico en positivo, es decir, dando herramientas o alternativas de qué podríamos haber hecho mejor en esta situación.

Una de las cosas que tienen más impacto a la hora de que una persona mejore su regulación emocional es un buen léxico emocional.

José Ramón Gamo, neuropsicólogo

Que los padres no recurran a eso de “porque lo digo yo y punto”, ¿no es así?

El “porque yo lo digo”, justo en la etapa adolescente, puede provocar muchos roces porque es un momento donde ellos se están empoderando, están tomando más conciencia de que son una entidad y que tienen la capacidad de tomar decisiones y que sus opiniones son tan válidas como la del adulto. Entonces, el “porque yo lo digo” creo que es un mal modelo educativo.

Las cosas hay que argumentarlas, razonarlas, pero no esperar que el adolescente muchas veces lo entienda o, sobre todo, esté de acuerdo. Esta cosa que tienen los papás que se frustran mucho porque “parece que no me entienden”, esto no es conflictivo. Nuestra obligación es explicarles a los adolescentes, argumentar el porqué de algunas decisiones o nuestra visión de las cosas, pero no nos tenemos que preocupar tanto de si nos están entendiendo bien y, sobre todo, de si están de acuerdo. No se trata de estar de acuerdo: “no vas a estar hasta las 03:00 jugando a la Play; yo te explico, te lo argumento, pero no pidas estar de acuerdo. No tienes ni la experiencia y el conocimiento”.

¿Pueden los padres influir en el correcto desarrollo cerebral de sus hijos?

Claro, son determinantes. No es que puedan influir, es que son determinantes. ¿Cómo pueden los papás influir en el buen desarrollo, en el neurodesarrollo? Pues con las decisiones que toman. ¿Y cuáles son esas decisiones? Tienen que ser decisiones relativas a la alimentación, relativas al sueño, relativas a la vida sedentaria, es decir, a la importancia de la actividad física para el cerebro (el ser humano no es un animal sedentario). Las decisiones que tenemos que tomar en cuanto a qué oportunidades de aprendizaje se les brinda, la importancia de cuidar el lenguaje, porque el lenguaje lo que permite en el cerebro humano es que podamos vivir en el mundo de los de las ideas, de los conceptos, con lo cual un lenguaje empobrecido va a limitar tu capacidad de pensamiento y de razonamiento, y un lenguaje enriquecido va a ayudar y a fomentar el desarrollo de tus capacidades.

La importancia de la cultura lectora. No conocemos nada a día de hoy que tenga más impacto positivo que el hábito lector. Es una de las cosas que mejor acompañamiento hacen para que una persona tenga una buena capacidad de pensamiento y de razonamiento.

Fíjate qué tontería: tener cierta cultura de los juegos de mesa, porque sabemos que los juegos de mesa ayudan mucho al desarrollo de las funciones ejecutivas.

Tener una buena cultura de gestión emocional, saber acompañar a los niños en que identifiquen sus emociones, sean capaces de reconocerlas, de explicarlas, de tener alternativas comportamentales para gestionarlas.

Y, sobre todo, la calidez y que los contextos no sean estresantes. Yo creo que uno de los grandes problemas que tenemos hoy en día es que la velocidad a la que vive el adulto moderno es una velocidad insana. Los tiempos que manejamos en nuestra vida son insanos y esto lo estamos viendo con la repercusión, con patologías como el estrés, la ansiedad, las tensiones. Y curiosamente los adultos estamos haciendo que los niños entren en este ritmo frenético, cuando lo que sabemos es que el neurodesarrollo es a fuego lento. Esto también es muy importante, el que los escenarios sean escenarios en calma, cálidos, sin estrés, porque uno de los peores enemigos para el neurodesarrollo es el estrés cronificado.

¡Qué difícil como padres! Todo esto roza el tema del estrés, que al final es verdad que que vamos corriendo a todas partes es muy complicado no transmitírselo.

El tempo del adulto es un tempo enfermizo, y el desarrollo de la infancia requiere de un tempo higiénico sano. Y el drama es que los adultos estamos tomando decisiones que llevan a los niños al tempo enfermizo, en lugar de entender que la infancia y el desarrollo sano es en un tempo lento. 

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.