Como bien diría la siempre afilada Goldie Hawn, el secreto del amor es no dejar de jugar nunca. Y Pascalle Paerel, con este jaque mate textil, ha demostrado que su historia de amor no entiende de aburrimientos ni de guiones preestablecidos. ¡Lanza el que más te guste a la rotativa y dejemos a los lectores boquiabiertos, guapo!
No estaba previsto un segundo vestuario. O, sí, pero no estaba escrito en ningún sitio. Era secreto. Incluso, para ¡HOLA! Te lo explicamos. Nuestro trabajo, así, en general, es preguntarlo todo. Y cuando te decimos todo es… TODO. Pero es labor de investigación —y también, el olfato— se agudiza ante una boda especialmente. O se intensifica, que mejor dicho, podríamos decirlo así. A veces, te confesamos, sentimos cierta compasión por los contrayentes cuando deciden casarse en y con ¡HOLA! porque… No saben a lo que se enfrentan. Lo hacemos por ti (lo sentimos, siempre hay que buscar un culpable y… T’ha tocao’). Para que cuando cliques en nuestra noticias no te surja ni una sola duda. Lo tengas todo masticadito. Pero, sí… Es abrumador. ¿Satisfactorio? También. Para nosotros recopilando datos y para los novios que, al trabajo de pintarte las uñas, buscar alguien que te haga el moño o que te forre los zapatos, se une contestar a los “pesados del ¡HOLA!”. Porque empezamos por la historia de amor.
Para que te hagas una idea, vamos desde cómo estaban emocionalmente antes de que Cupido disparara sus flechas a cómo se conocieron, qué llevaban puesto el día en que se conocieron o qué canción sonaba en ese preciso instante en que sus labios se unieron en su primer beso… También, cómo ha sido su relación después. Sus altibajos, sus deseos, las sorpresas de la vida, las manías han tenido que aprender a querer o, al menos, soportar… Y, luego, pasamos a los motivos que les ha llevado a dar el paso para entender que esa, la persona que tienen delante, es la aquella con la que quieren ir hasta el altar y pasar toda la eternidad para, por último, ir a toda la parafernalia de una boda. Desde la petición en un atardecer, delante de un sandwich club en Vips o con un mojito en la playa, al escenario del convite y la fiesta, la paleta de color de las mesas, las flores, los invitados, el menú, los votos, la alianzas, la playlist, el beauty look… y cómo no, los vestidos. Si es posible, incluso, entrevistamos a los diseñadores y les pedimos el boceto del diseño cuando ni siquiera los novios lo han visto… Con esta boda, todo era un derroche. Y una delicia. Y una preciosidad. Sandra Barneda y Pascalle Paerel se casaban en nuestras páginas y nos convertíamos en su inesperado álbum familiar. Porque de eso va todo. De ser parte de su historia y tu historia, emocional, personal y colectiva. Que el amor y contar la vida es lo que nos mueve y conmueve. Que el amor es lo único que importa y que no hay nada más trascendente que el amor. Y el de esas chicas es de los más bonitos de los que hemos tenido el placer de ser testigos.
Como con Grace Kelly y Rainiero de Mónaco; Jackie Bouvier y JF Kennedy, primero y después, Onassis, Natalia Figueroa y Raphael, Lolita y Guillermo Furiase, Diana y Carlos de Inglaterra, Máxima y Guillermo de Holanda, Carlota Casiraghi y Dimitri Rassam o Tamara Falcó e Iñigo Onieva, con Sandra y Pascalle volvíamos a hacer Historia. Volvíamos a reivindicar a los que aman, aunque que te suene al título de una película de Isabel Coixet, porque, con todo lo que rodeaba a estas dos mujeres y todo lo que forma parte de su mochila sentimental, teníamos suficiente material como para dirigir una nueva. Esa que hubieran querido rodar Mike Newell o Richard Curtis dejando olvidadas en un cajón Notting Hill, Cuatro Bodas y un Funeral o Love Actually. Apunta: una presentadora de televisión y una bailarina holandesa; una app de meeting; kilómetros de distancia entre ambas, días y noches escribiéndose como Virginia Woolf y Vita Sackville-West, con los balcones abiertos a calle, eso sí, pero como si no existieran las teléfonos o videollamadas; una cita a ciegas; París; un retraso de mil horas en el tren… y un abrazo eterno. Y luego, un atardecer, una carta lacrada, un "¡casémonos!"... ¿No te duele la piel de tanto tenerla de gallina? A nosotros, sí. Pero es que, encima, por aquello de satisfacer a los amantes de la moda nupcial, por tener, teníamos ¡hasta dos vestidos! Pero, no. Había más. Y como te contábamos al principio, eso nadie nos lo había contado.
Pero a Sandra, tampoco.
Hasta que no sonaron los primeros acordes del Don Quijote de Ludwig Minkus, no teníamos ni idea. Nadie. Bueno… nadie nadie tampoco. Bodas Colorín, sí. Y los diez bailariens amigos de Pascalle, con quienes ensayó a escondidas, también. Pero, era un secreto. Que ya sabes lo que decía Goldie Hawn, la de las Mariposas son libres, que una relación no se trata de estar de acuerdo en todo, se trata de divertirse juntos. El secreto para no aburrirse es seguir riendo y jugando como si se acabaran de conocer. Y eso es lo que hizo Pascalle porque hasta ese momento y esas corcheas, los vestidos eran dos. El de Sandra, diseñado por Alvarno, Alvaro Castejón y Arnaud Maillar, amigos íntimos de la presentadora y uno de los tándem de la moda española con un currículum más espectacular, ganadores tres años consecutivos del premio L’Oreal de la semana de la moda madrileña, directores creativos del prêt-à-porter de Azzaro… y el de Pascalle, que se puso en manos de Rosa Clarà y qué decir de esta reina de la pasarela nupcial… De hecho, ya te los contamos. Hicimos sendas entrevistas y solo nos faltó sacar las tijeras y enseñarte las costuras de estas dos obras de arte de la confección, en crepe tripplo drape y gasa de seda, con una capa con cuello drapeado estilo halter que, al mismo tiempo que jugaba con una silueta moderna y atemporal, flirteaba con la estética disco, a la mítica Studio 54, para Sandra y una lección de arquitectura minimalista de corte al bies confeccionada en raso de seda para Pascalle, con delicado drapeado que nacía en la cintura y las clavículas para formar un cuello halter asimétrico, dejando la espalda al descubierto. Pero en el fragor de la fiesta, o mejor dicho, cuando iba a dar comienzo, Sandra y todos nos quedamos con la boca abierta cuando Pascalle nos enseñó que si bien el castellano pudiera ser una asignatura con notable alto, en baile español, ella es (también) sobresaliente.
Todo esto para contarte que justo después del primer baile de casadas, con Man i Feel Like a Women de Shania Twain, la ex primera bailarina de la Compañía Nacional de Danza de los Países Bajos desapareció de la vista de todos para reaparecer triunfal sobre la pista de baile. Tocaba hacer un homenaje a la cultura española a través, vale, de un clásico del ballet ruso del Bolshoi. Y de repente, todos nos encontramos ante una espectacular interpretación de ese clásico de danza, con coreografía de Petipa -y revisión de Gorsky, posterior- de 1869. Y para eso, Pascalle echó mano de la representación clásica de la española en esta pieza con torera, abanico y moño bajo, pero, obviamente, desde una perspectiva… Nupcial. ¿La chaquetilla? De encaje. ¿El abanico? Blanco. ¿El clavel de su moño rubio como la cerveza y no moreno como el de la musa de Julio Romero de Torres? Marfil. Y ¿el maillot-tutú? Un vestido corto en raso de seda color champagne, con cuello barco alto y abotonadura lateral.
Porque es verdad que en la historia de estas dos mujeres parece que todo estaba ya escrito, en el firmamento, los astros, o en la mente y los designios de un dios oriental y su infinito hilo rojo… pero hay veces que no tenerlo todo previsto, tiene su gracia. Estos holandeses… están locos.







