La capital francesa, París, vuelve a ser escenario de una nueva etapa para Balmain. Apenas unos meses después de que Antonin Tron tomara las riendas creativas de la maison tras los 14 años de Oliver Rousteing, el diseñador francés presenta su segunda entrega para la casa. Si su debut buscaba recuperar los códigos históricos de Pierre Balmain desde una mirada contenida, esta nueva propuesta profundiza en esa dirección y comienza a dibujar con mayor claridad el futuro de la firma.
La colección parte de una idea de elegancia más relajada, pero mantiene intacta la sensualidad que históricamente ha acompañado a la mujer Balmain. Tron continúa explorando las siluetas que recuperó del archivo de la maison: prendas que se adaptan al cuerpo, hombros definidos, drapeados y una construcción precisa que sustituye la ostentación por una sofisticación más silenciosa. Es una evolución respecto al universo maximalista de Rousteing, pero no una ruptura radical. El diseñador parece interesado en demostrar que Balmain puede seguir siendo reconocible sin depender únicamente del espectáculo.
El cambio también se percibe en la manera de entender el armario. Frente a la concentración en grandes vestidos y piezas de impacto que caracterizó buena parte de la etapa anterior, Tron busca propuestas en esta nueva etapa de la firma: algo más completo y cotidiano. Con esta segunda colección, el diseñador continúa, por tanto, escribiendo un nuevo capítulo para Balmain. La maison conserva su magnetismo, pero cambia el volumen: menos exceso, más cuerpo; menos espectáculo, más construcción. Una nueva Balmain empieza a tomar forma desde sus propios archivos, mirando al pasado para encontrar una manera diferente de hablar del presente.


























































