Tras semanas marcadas por titulares sobre su relación, Adriana Abascal y Manuel Filiberto de Saboya reaparecen juntos en Tokio en una imagen que confirma su reconciliación. Lo hacen en un escenario cargado de simbolismo —una gala benéfica de la Orden Dinástica de la Casa de Saboya— y con un look de gala que parece evocar un famosísimo ballet. La mexicana ha apostado por un vestido etéreo de alta costura que funciona casi como metáfora visual: una dualidad entre fuerza y ligereza que recuerda inevitablemente al cisne negro y al cisne blanco. Una elección estética que, en su caso, también parece emocional.
Un vestido entre estructura y movimiento
El diseño, firmado por Marchesa, responde a todos los códigos de la casa: romanticismo, teatralidad y una feminidad muy definida. Fundada en 2004 por Georgina Chapman y Keren Craig, la marca se ha convertido en sinónimo de alfombra roja gracias a sus bordados, tules y volúmenes etéreos.
En el caso de Adriana, el vestido parte de un cuerpo negro palabra de honor, de líneas limpias y estructura firme, que enmarca el torso y estiliza la figura. A partir de la cintura, el diseño cambia por completo: la falda se abre en un juego de volúmenes ligeros, con plumas en tonos blancos y rosados que aportan movimiento y dimensión.
Ese contraste es la clave del diseño. La parte superior, más rígida, evoca control y sofisticación —el “cisne negro”—, mientras que la falda, ligera y casi flotante, introduce una narrativa más romántica y emocional —el “cisne blanco”—. Una dualidad perfectamente ejecutada que convierte el vestido en una obra de arte.
Zapatos propios, joyas discretas y un beauty look que equilibra
Adriana completa el look con un detalle clave: zapatos de su propia firma, Maison Skorpios. Creada en 2021, la marca refleja su universo estético —sensual, atemporal y con una fuerte influencia artística— y apuesta por la artesanía italiana y la calidad como pilares.
El estilismo se remata con un clutch negro clásico, que aporta equilibrio sin restar protagonismo al vestido. En cuanto a las joyas, opta por una gargantilla de perlas que enmarca el escote palabra de honor, acompañada de pendientes discretos y un anillo sello en oro en el meñique, un guiño elegante y poco habitual.
El beauty look sigue esa misma línea de sofisticación: coleta con volumen que despeja el rostro, maquillaje con foco en la mirada —sombras oscuras y eyeliner— y labios en tono nude. Las uñas en burdeos introducen un matiz de color que conecta con la intensidad del conjunto.
Una gala en Tokio entre arte, tradición y filantropía
El escenario no es menor. La pareja ha viajado a Japón para asistir a las cenas benéficas organizadas por la Orden Dinástica de la Casa de Saboya en Tokio, cuyo objetivo es recaudar fondos para el Savoia Art Institute, un proyecto centrado en acercar el arte a la infancia. Tal y como explicó el propio príncipe, estas veladas buscan “educar en la sensibilidad para educar en la humanidad”, combinando cultura, tradición y compromiso social.
Una historia que continúa (y se reafirma)
Esta aparición marca un punto de inflexión en la historia de la pareja. Tras meses de incertidumbre y una ruptura que parecía definitiva, su reencuentro en París primero y ahora en Tokio confirma que la relación atraviesa un nuevo capítulo. El propio Manuel Filiberto ha reconocido recientemente que mantiene “un vínculo sólido y auténtico” con Adriana, en paralelo al proceso de divorcio. Hoy, la imagen de ambos en Tokio —él de frac, ella con un vestido de cuento— confirma el vínculo inquebrantable de la pareja.










