A medida que crecemos, empezamos a poner nombre a nuestras supuestas limitaciones. "Esto no se me da bien", "yo no valgo para eso" o "seguro que no va a salir bien" pueden parecer pensamientos inofensivos, pero cuando se repiten durante años terminan influyendo en las decisiones que tomamos y, sobre todo, en aquellas cosas que ni siquiera llegamos a intentar.
De alguna manera, esas dudas pueden terminar funcionando como fronteras que nosotros mismos nos ponemos, incluso antes de comprobar hasta dónde podríamos llegar. Una idea que conecta con las palabras de Franklin D. Roosevelt, quien fuera presidente de Estados Unidos: "El único límite para nuestros logros de mañana estará en nuestras dudas de hoy".
¿Quién fue Franklin D. Roosevelt?
Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos entre 1933 y 1945, pronunció esta frase en un contexto marcado por la incertidumbre y los grandes desafíos. Forma parte del famoso discurso que escribió el 12 abril de 1945 en conmemoración del nacimiento de Thomas Jefferson, solo unas horas antes de fallecer ese mismo día.
Más allá de su momento histórico, la frase pone el foco en esas dudas que aparecen antes de dar un paso y que, en ocasiones, pesan más que las dificultades reales que encontraremos por el camino. Porque aprender a hacer algo nuevo implica, casi siempre, asumir que al principio no saldrá perfecto.
"Casi todo el mundo recuerda la primera vez que se subió a una bicicleta. Las caídas, los tambaleos, los intentos fallidos... y aun así nadie se planteaba dejarlo. Todavía no había llegado nadie a decir 'esto no es lo tuyo', así que simplemente se creía posible. Y por eso, al final, se conseguía", explica Teresa Herrero Maortua (@teresaherrero.coach), coach emocional y de desarrollo personal.
La imagen de la bicicleta sirve a la experta para introducir una cuestión que puede acompañarnos durante toda la vida: qué ocurre cuando dejamos de enfrentarnos a las dificultades con la misma confianza con la que lo hacíamos de niños. "La pregunta interesante es: ¿cuántas cosas se dejan a medias, o ni siquiera se intentan, simplemente porque en algún momento se instaló la idea de que 'no van a salir bien'? Para mi, ahí está la clave de la frase de Roosevelt", señala.
No se nace dudando, se aprende a dudar
Cuando somos niños, probar forma parte natural del aprendizaje. Todavía no existe una larga lista de experiencias con las que compararse ni demasiadas etiquetas personales que condicionen cada intento. La percepción de nuestras propias capacidades se va construyendo, entre otras cosas, a partir de lo que escuchamos y de cómo interpretamos nuestras experiencias. Como explica la experta, "de pequeños, las cosas se prueban sin darle muchas vueltas. La duda llega después, casi siempre desde fuera. Un profesor que dice que las matemáticas son lo tuyo, una comparación entre hermanos, o un comentario que ni siquiera se dijo con mala intención pero que se quedó grabado", explica Teresa Herrero.
Aunque a veces una frase aislada pueda dañarnos o dejar huella en nuestro estado emocional, lo cierto es que no tiene por qué determinar la trayectoria de una persona. El problema aparece cuando empieza a repetirse o se incorpora a la imagen que alguien construye de sí misma. "Si se escucha suficientes veces, acaba convirtiéndose en creencia. Ya no es 'todavía no se me da bien', pasa a ser 'no se me da bien', sin fecha de caducidad. Y a partir de ahí, se deja de intentar con las mismas ganas".
Cómo una opinión termina pareciendo un hecho
Las creencias personales no aparecen necesariamente de una sola vez, sino que pueden construirse poco a poco a partir de comentarios, experiencias y mensajes que se repiten hasta que dejamos de preguntarnos de dónde vienen. "Se trata de ideas que, de tanto repetirse, la mente ha dejado de cuestionar. Al principio son solo una opinión, algo que ha dicho una persona en un momento concreto", señala la coach.
Sin embargo, la etapa en la que recibimos ese mensaje también puede influir en la manera en que lo incorporamos. Durante la infancia todavía se están desarrollando las herramientas necesarias para analizar críticamente lo que dicen los adultos y compararlo con nuestra propia experiencia. En ese sentido, "si se repite lo suficiente, o llega en un momento en el que hay poca defensa (siendo niño, por ejemplo, cuando no hay herramientas para rebatirlo), la mente deja de tratarlo como una opinión y empieza a tratarlo como un hecho. Como algo que simplemente 'es así'".
A partir de ahí puede aparecer un mecanismo especialmente difícil de detectar. Dejamos de buscar si la creencia es cierta y empezamos a encontrar ejemplos que parecen demostrar que lo es. La especialista así lo señala: "Una vez que algo se convierte en creencia, ya no se cuestiona, se confirma.
La mente empieza a buscar, sin darse cuenta, pruebas que la sostengan, y a restarle importancia a todo lo que la contradice. Así que ya no es 'todavía no se me da bien', pasa a ser 'no se me da bien', sin fecha de caducidad. Ese 'todavía' es importante, porque deja la puerta abierta. Cuando desaparece, la puerta se cierra. A partir de ahí, se deja de intentar con las mismas ganas. Porque, ¿para qué esforzarse en algo que creemos que no va a salir bien?".
Muchas dudas que tienes hoy no son de hoy
Una de las particularidades de estas creencias es que pueden seguir funcionando incluso cuando las circunstancias que las originaron han desaparecido. Aquella persona que hizo un comentario en el colegio ya no está presente, pero la idea puede continuar acompañándonos. "La persona a la que de pequeña le dijeron que dibujaba fatal, hoy no enseña nada creativo aunque le encante. La que de pequeña era 'la despistada', hoy da por hecho que no puede organizarse y ni lo intenta. No es que de mayores se haya comprobado que algo no se le da bien. Es que se sigue repitiendo un cuento que contó otra persona hace veinte años, y que ni siquiera es propio", apuntala Teresa Herrero
Pero no todas las creencias llegan en forma de una frase concreta. A veces se aprenden observando cómo se relacionan con el miedo las personas que tenemos cerca. De hecho, uno de los factores que más nos atañen son aquellos que vienen de nuestro entorno más próximo: "los patrones familiares también pesan y no solo se repiten frases sueltas, también se repiten ambientes enteros. Si en casa no era muy habitual intentar cosas nuevas, si se escuchaba a los adultos hablarse mal a sí mismos, o si en esa familia había más 'noes' que 'síes'... eso también deja huella", explica la coach.
Crecer observando determinados comportamientos puede hacer que los interioricemos como una manera normal de enfrentarnos a la vida. A veces, el juicio no llega de forma directa, sino que, como apunta la experta, "basta con crecer viendo que en casa nadie se atreve mucho, que el miedo gana casi siempre a las ganas, para acabar interiorizando que esa es también la manera 'normal" de vivir'".
El problema no es no poder, es creer que no se puede
Hay una diferencia entre encontrarse ante un límite real y anticipar que algo será imposible antes de intentarlo. En el segundo caso, la duda puede condicionar incluso la forma en que afrontamos la situación. Teresa Herrero lo deja claro: "El problema no es no poder, es no creer que se puede. Roosevelt no habla de un límite en lo que se sabe hacer. Habla de un límite en la duda. Y eso lo cambia todo, porque normalmente el problema no es 'no puedo", es 'no me creo que pueda'. Esa diferencia, aunque parezca pequeña, lo es todo. 'No puedo' es una constatación, algo que ya se ha comprobado. 'No me creo que pueda' es una historia que se cuenta antes incluso de empezar. Y el problema de las historias es que se comportan como si fueran verdad, aunque no se hayan puesto a prueba nunca".
La duda, además, no permanece únicamente en el pensamiento. Puede modificar la manera en la que actuamos. Desde cuánto insistimos, cómo nos presentamos ante los demás o cuánto estamos dispuestos a tolerar un primer fracaso. Así lo detalla la coach: "Todo se hace a medias, con el freno puesto, casi esperando que salga mal. No se prepara igual una entrevista de trabajo si por dentro pensamos que no va a salir adelante, que si, en cambio, pensamos que tenemos opciones reales. No se defiende igual una idea en una reunión si antes ya se ha decidido que no nos van a hacer caso o atender. La duda no se queda solo en la cabeza, se cuela en cada gesto. En cómo se habla, en cuánto se insiste, en si se da el segundo intento o se abandona al primer tropiezo".
Así puede aparecer un círculo difícil de romper. "Conviene fijarse bien en el motivo. No sale mal por falta de capacidad, sale mal porque nunca se le dio una oportunidad real. Y aquí está lo más injusto de todo esto, ya que ese resultado, en lugar de cuestionar la duda inicial, la confirma y la creencia se hace todavía más fuerte para la próxima vez, aunque en realidad nunca haya tenido delante una prueba justa".
Los patrones se pueden romper
Una creencia aprendida no tiene por qué convertirse en una sentencia para toda la vida. Pero cambiarla no consiste únicamente en sustituir un pensamiento negativo por uno positivo. También requiere acumular experiencias que permitan poner a prueba esa antigua idea. Según Teresa Herrero, "nada puede ser una sentencia. Ni lo que se dijo en el colegio, ni lo que se vivió en casa, tiene por qué marcar el resto de la vida. Los patrones se rompen, pero no solo pensando distinto, sino demostrándose a uno mismo, una y otra vez, que aquello que se creía no era del todo cierto". Por eso, bajo ese prisma, funcionan tanto "la acción repetida, como las afirmaciones. Una sin la otra cuesta más. Repetirse algo bonito ayuda, pero si además se acompaña de pequeñas pruebas reales, el cambio se sostiene mucho mejor".
La infancia aparece de nuevo como metáfora porque representa una forma diferente de relacionarnos con la posibilidad. Antes de saber si algo funcionará, se prueba. La seguridad llega después de acumular intentos, no necesariamente antes. "De niños no se pedían garantías antes de intentar algo. Simplemente se creía posible y ya está. De adultos ocurre al revés, pues se busca la seguridad antes de atreverse. Así es imposible avanzar, porque la seguridad no llega antes de intentarlo, llega después, como consecuencia de haberlo intentado. Hay que trabajar por recuperar esa mentalidad de: todo es posible", aclara la especialista. Según esta teoría, no significa pensar que cualquier objetivo está garantizado ni ignorar las dificultades reales. Se trata más bien de no convertir una posibilidad incierta en un fracaso seguro antes de haberla puesto a prueba.
Tres preguntas para replantearnos nuestras dudas
Antes de dar por hecho que algo no es para nosotros, puede resultar útil detenerse y revisar de dónde procede esa conclusión. Teresa Herrero propone hacerlo a través de tres preguntas: "Esta duda es real, o es algo que se escuchó hace años y nunca se cuestionó? ¿Es una duda propia, o forma parte del ambiente en el que se creció? ¿Se da por hecho que algo no se puede, o es que nunca se ha intentado con todas las ganas?".
No se trata de eliminar las dudas por completo. Algunas pueden ayudarnos a valorar riesgos o reconocer nuestras propias limitaciones. La cuestión está en distinguirlas de aquellas ideas que hemos aprendido a considerar ciertas sin haberlas revisado con el paso del tiempo "`porque puede que el límite de mañana no esté en lo que se es capaz de hacer, sino en cuántas veces se atreva uno a demostrarse a sí mismo que aquella duda de hoy ya no es cierta", concluye.













