Te prometes que no vas a mirar el móvil, pero lo miras. Consultas cuándo fue la última vez que subió una historia a Instagram, piensas en qué estará haciendo o comienzas a organizar ya tu semana para dejar huecos libres y verle sin saber, ni siquiera, cuándo tendrá tiempo él. Sabes que pensar tanto en esa persona no te hace bien, pero no puedes evitarlo. En consulta, esta vivencia es muy frecuente.
La psicóloga experta en terapia de pareja y sexualidad, Teresa Ouro, fundadora de Psicopareja (www.psicopareja.es), comenta que esa dicotomía es normal. No siempre lo que sientes refleja lo que está ocurriendo realmente, y no eres la única a la que le pasa. Por eso, la experta nos ayuda a a diferenciar lo que se siente de lo que realmente está ocurriendo en la relación.
Cuando te enamoras, tu mente entra en un estado particular. Todo gira alrededor del otro: los mensajes, los silencios, los gestos mínimos. "Cuando nos enamoramos, algo cambia radicalmente en nuestra forma de pensar, de sentir y de mirar a la otra persona”, explica la experta que, además, señala a la neurobiología como razón de ello: "El cerebro empieza a analizar cada gesto, a repasar conversaciones, a esperar mensajes con inquietud y a fantasear con futuros posibles".
En las primeras fases del enamoramiento, tu cerebro está especialmente estimulado. "Todo es novedad, ilusión, ansiedad por ver al otro, contacto físico, juego, planes estimulantes y, sobre todo, de una llamativa ausencia de conflictos", señala Teresa Ouro.
La experta en salud mental y parejas hace hincapié en la importancia que tiene ser conscientes de que esas primeras fases quedan extintas de, casi, problemas: "Se activan regiones cerebrales vinculadas al sistema de recompensa, responsables de liberar dopamina, el neurotransmisor del placer, la motivación y la anticipación". Por eso, "cuando esa persona nos sonríe, nos escribe o simplemente la recordamos, sentimos lo que coloquialmente llamamos ‘mariposas’".
Este funcionamiento explica por qué cuesta tanto soltar. "El deseo por la otra persona funciona de forma muy similar a una adicción; pues nos hace sentir bien y nos impulsa a buscar más estímulos relacionados con el otro", afirma la psicóloga, afianzando su teoría con una comparación impactante: "Diversos estudios han comparado cerebros enamorados con cerebros de personas con adicciones, confirmando que se activan áreas cerebrales muy similares". No es falta de fuerza de voluntad: es un cerebro buscando su dosis emocional.
A partir de ahí, empieza el bucle mental. "Como el cerebro intenta vincularse lo máximo posible con la persona que percibe como significativa, es habitual empezar a sobre analizar cada detalle, buscar señales, interpretar silencios, repasar mensajes", explica Teresa Ouro.
Puede que toda esta información resuene en ti, y puede, incluso, que te haya llevado a pensar en esas ocasiones en las que, en esa fase de enamoramiento, has llegado a justificar lo injustificable debido a esta "ceguera". Esto, también tiene explicación: "La corteza prefrontal —responsable del juicio crítico, la toma de decisiones y la evaluación de riesgos— reduce su actividad". “Es decir, está inhibida".
Esta es la razón por la que justificamos lo que no encaja, minimizamos las señales de alerta o tratamos de racionalizar aquello que, si lo viéramos en tercera persona, jamás le encontraríamos justificación. De ahí que aparezca la idealización y pensamientos como los que señala la experta: "'no es mi tipo, pero tiene algo’, ‘no tiene lo que necesito, pero me encanta’".
Aquí está una de las claves. Esta idealización nos lleva a ilusionarnos con la idea que nosotros mismos formamos de una persona, con lo que queremos que sea, y no con lo que realmente es. Algo que sucede, ya que, "durante el enamoramiento no conocemos realmente a la otra persona, sino que construimos un personaje y depositamos unas expectativas en él, a partir de pocos fragmentos reales y mucha proyección interna", comenta Teresa Ouro.
Además, "entra en juego algo muy primitivo, el apego". Aunque racionalmente sepas que puedes estar sola, "a nivel emocional, el cerebro se comporta como un niño. Se activa el miedo a perder, a no ser elegido, a quedarse solo. El vínculo despierta memorias afectivas profundas, muchas veces inconscientes", explica la psicóloga.
Del enamoramiento al conocimiento: ¿Qué cambia?
Si la relación avanza, se produce una evolución y las fases mutan. Es entonces cuando el enamoramiento da paso al conocimiento. Como cuenta Teresa Ouro: "la ‘bomba química’ del enamoramiento se va regulando y pasamos de la intensidad a la profundidad". Entonces puede ser que toda la imagen que nos habíamos creado de la persona a la que estábamos conociendo se desmorone.
"Puede entrar en juego la decepción. No es malo, es incómodo, pero necesario", explica la psicóloga, señalando que se trata de algo inevitable y normal en las relaciones. "Surgen las primeras crisis, la convivencia, las responsabilidades y los desacuerdos. La novedad desaparece y eso nos obliga a mirar al otro con más realismo, lo que permite ver a la persona tal cual es".
En este punto, conviene revisar desde dónde miramos, el enfoque. "Muchas de esas decepciones tienen más que ver con nuestras expectativas que con el comportamiento real del otro", explica la psicóloga. Por eso, "mirar desde la curiosidad, sin juzgar, pero manteniendo claros nuestros límites y necesidades será clave para seguir en la relación”. Porque, como concluye Teresa Ouro, "el amor que puede sostenerse en el tiempo no se basa solo en la intensidad, sino en la elección, el cuidado y la construcción compartida".
Cómo no perderse a uno mismo en la obsesión
Cuando estás empezando una relación, todavía hay un margen muy valioso para darse cuenta de cómo estamos actuando y sintiendo Es una etapa sensible, porque la emoción empuja con fuerza, pero la razón aún puede acompañar. Es un momento de equilibrio frágil, en el que ilusionarte no debería implicar perderte. Por eso, Teresa Ouro insiste, "aquí no se trata de apagar lo que sentimos, sino de no desaparecer dentro del vínculo".
Para hacerlo, existen señales cotidianas que conviene mirar con atención. "Por ejemplo, cuando alguien empieza a gustarnos mucho, es habitual reorganizar la agenda sin darnos cuenta”, señala la psicóloga. "Dejar de ir al gimnasio, ver menos a nuestras amistades o posponer planes propios ‘porque prefiero estar con esa persona’" puede parecer romántico, pero también es una pista.
Así, mantener tu espacio sigue siendo clave. "No significa poner distancia, sino comprobar que seguimos siendo nosotros mismos incluso cuando estamos ilusionados y conociendo a una persona". Si, el vínculo empieza a ocuparlo todo, conviene hacerse preguntas.
Otro aspecto importante es la impulsividad. El enamoramiento empuja a acelerar tiempos y decisiones. "Como convivir pronto, hacer planes a largo plazo, prometer más de lo que aún sabemos si podemos sostener", explica la psicóloga. Frente a esa prisa, detenerse no es una amenaza. "Darse tiempo no enfría la relación; al contrario, permite que el vínculo se construya sobre algo más que la química inicial".
Otra clave fundamental está en distinguir realidad y fantasía. Cuando empiezas a rellenar vacíos con suposiciones, el riesgo es desconectarte de lo que realmente ocurre. Así lo detalla la experta en salud mental: "No es lo mismo lo que la otra persona hace que lo que yo imagino que hará”. “No es lo mismo un mensaje cariñoso que una presencia constante".
Por eso, conviene parar cuando el relato interno empieza a justificarlo todo. Y, es que aunque incomoden, hay conversaciones necesarias. "Hablar de expectativas, de qué buscamos, de cómo entendemos el compromiso o el futuro no estropea una relación; la aclara. Evitar estas conversaciones por miedo a perder al otro suele llevar, paradójicamente, a perdernos a nosotros mismos".
En consulta, este patrón se repite con frecuencia, y termina derivando en ansiedad. El enamoramiento puede ser arrollador. "Puede ser una locura transitoria, intensa, maravillosa y necesaria". Pero conviene no confundirlo con algo más profundo. "Pero no es amor en sí mismo, pues el amor empieza cuando el enamoramiento acaba".
La reflexión de Teresa Ouro debe ser como un tatuaje en la piel: "Cuando ya no se trata solo de deseo, sino de decisión, cuidado y construcción compartida, entonces sí, estamos hablando de algo que puede durar toda una vida".














