Si tienes migraña, es bastante habitual que con la llegada del frío empieces a notarlo: las crisis se repiten con más frecuencia, el dolor se intensifica o cuesta más recuperarse después de un episodio. No es solo una sensación. Y es que el invierno concentra varios factores que pueden actuar como desencadenantes claros, tal y como señala el neurólogo Jorge Máñez, del Hospital Vithas Valencia 9 de Octubre. Y en esa misma línea se sitúa Roberto Belvís, coordinador del Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología (SEN), quien confirma que cuando bajan las temperaturas aumenta la probabilidad de sufrir migraña, una cefalea primaria. Ahora bien, introduce un matiz fundamental: muchas veces no es el frío en sí, sino el conjunto de cambios que trae consigo el invierno.
Cambios atmosféricos rápidos
Al hablar de migraña e invierno, hay un factor que aparece de forma recurrente: la inestabilidad atmosférica. Según explica Belvís, la migraña se asocia especialmente a los cambios bruscos de tiempo, tanto hacia el frío como hacia el calor. Y el invierno es una estación propicia para ello. Borrascas, anticiclones y variaciones rápidas de la presión atmosférica se suceden en pocos días —a veces en pocas horas—, y ese vaivén no pasa desapercibido para un cerebro sensible.
En este contexto, no pesa tanto la cifra exacta del termómetro como la rapidez con la que cambia el entorno. De ahí que los veranos más estables suelan ser, para muchas personas, una época más tranquila, mientras que los inviernos con continuos bandazos meteorológicos se convierten en terreno abonado para la migraña.
A esto se suma una escena muy cotidiana que destaca el Dr. Máñez: salir de un espacio cerrado y calefactado y exponerse de golpe al frío exterior. Ese contraste supone un auténtico estrés térmico para el organismo. En personas con predisposición genética, ese cambio repentino puede activar una respuesta inflamatoria que acabe desencadenando la crisis. Por eso no es raro que el dolor aparezca justo al salir de casa, al entrar en un local muy climatizado o tras un rato de viento frío sin protección.
En invierno, borrascas, anticiclones y variaciones rápidas de la presión atmosférica se suceden en pocos días a veces en pocas horas, y ese vaivén no pasa desapercibido para un cerebro con tendencia a la migraña
¿Qué ocurre en el cerebro cuando hace frío?
Desde el punto de vista neurológico, el frío provoca primero una vasoconstricción —los vasos sanguíneos se estrechan— y, a continuación, una vasodilatación compensatoria. Este proceso puede activar las terminaciones del nervio trigémino, una de las principales vías implicadas en el dolor migrañoso, explica Máñez.
Ahora bien, el Dr. Belvís también aclara que en climas como el español, las temperaturas habituales no suelen ser lo suficientemente extremas como para provocar un efecto tan directo sobre el cerebro. De hecho, indica que los estudios que relacionan frío intenso y vasoconstricción cerebral se basan en condiciones que aquí no vivimos de forma habitual.
Sin embargo, sí recuerda que el frío intenso puede provocar el aumento de la tensión y las contracturas musculares, especialmente en cuello y hombros. "Esto favorece la cefalea tensional, que en muchas ocasiones se confunde con migraña", indica. Además, el contraste constante entre interior y exterior —calefacción dentro, frío fuera— añade una carga extra de estrés para el organismo.
Estrés invernal: aunque sea “del bueno”, también cuenta
Otro elemento clave del invierno es el estrés, un desencadenante bien conocido de la migraña. No se trata solo del estrés negativo asociado al trabajo o a las preocupaciones. En esta época de año, especialmente, en Navidad, se acumulan viajes, compromisos sociales, comidas diferentes, horarios alterados y, en muchos casos, un mayor consumo de alcohol. Todo ello rompe los ritmos habituales del cuerpo.
El especialista de la SEN insiste en que el estrés es el factor desencadenante más frecuente de la migraña, incluso cuando se vive como algo positivo. Vacaciones, celebraciones o emociones intensas alteran los biorritmos y el metabolismo, y ese desajuste puede traducirse en una crisis. En otras palabras, disfrutar no siempre significa que el cuerpo esté descansando.
No siempre es fácil distinguir si una crisis empieza por el clima exterior o por el ambiente interior. Oficinas, centros comerciales o viviendas muy calefactadas reducen la humedad, resecan las mucosas y facilitan la aparición de migraña, sobre todo si no se bebe agua con regularidad.
Calefacción, aire seco y deshidratación
Estos factores también influyen en que en invierno, sobre todo, cuando el frío se intensifica, suframos más migraña. "El invierno nos empuja a pasar más tiempo en interiores, con calefacción encendida y ambientes secos. Esto favorece una deshidratación progresiva que muchas personas no perciben hasta que el dolor de cabeza ya está ahí.
Roberto Belvís subraya que, en la práctica, no siempre es fácil distinguir si una crisis empieza por el clima exterior o por el ambiente interior. Oficinas, centros comerciales o viviendas muy calefactadas reducen la humedad, resecan las mucosas y facilitan la aparición de migraña, sobre todo si no se bebe agua con regularidad. A menudo, el problema no es solo el frío, sino la suma de aire seco, poca ventilación y una hidratación insuficiente.
Menos luz, menos movimiento y más rigidez
La reducción de horas de luz es otro factor decisivo. En invierno tendemos a salir menos, a movernos menos y a socializar menos. Y todo eso influye. La actividad física, recuerda Belvís, tiene un efecto claramente protector frente a la migraña.
La luz solar no solo interviene en la síntesis de vitaminas o en la regulación hormonal; también influye en el estado de ánimo, la vida social y el nivel de actividad diaria. Cuando pasamos más tiempo en casa, sentados en el sofá o frente a la televisión durante horas, aumentan las posturas mantenidas, la rigidez muscular y el riesgo de cefalea.
Cómo reducir el riesgo de crisis durante el invierno
Con todo este panorama, la prevención pasa menos por “huir” del frío y más por cuidar los hábitos cotidianos. Salir de casa siempre que se pueda, aunque haga frío, y aprovechar las horas de sol ayuda más de lo que parece. Caminar, moverse y mantener cierta vida social actúa como un freno natural para la migraña.
También conviene moderar el uso de la calefacción, especialmente por la noche, y mantener una temperatura de descanso razonable. Dormir con calor excesivo favorece la deshidratación y puede hacer que el dolor aparezca al despertar.
La hidratación constante es otro pilar fundamental. No esperar a tener sed, sino beber pequeños sorbos a lo largo del día, tanto si trabajas en una oficina como si teletrabajas desde casa.
A esto se suma la importancia de mantener horarios regulares de comidas, optar por los alimentos habituales y evitar excesos de alcohol o excitantes durante el invierno y las fiestas. Los cambios dietéticos y de ritmo se notan, y mucho, en un cerebro migrañoso.
Por último, el descanso. Dormir las horas que cada persona necesita para levantarse con sensación real de recuperación es una de las herramientas más eficaces para reducir la frecuencia de las crisis.








