Descubre la composición real de los alimentos procesados que podrías considerar como naturales

Descubre la composición real de los alimentos procesados que podrías considerar como naturales

Puede que si de verdad supieras cómo se producen algunos alimentos te lo pensaras dos veces antes de consumirlos. Realmente la normativa alimentaria española tiene todas las garantías, pero en ocasiones el etiquetado y la percepción popular nos hacen pensar que un producto es natural cuando realmente es un procesado.

por Cristina Soria

Puede que algunos de los procesados de los que te vamos a hablar ni siquiera los contemples como tales, y consideres que se tratan de alimentos saludables. Su composición no es buena ni mala, y en algunos casos la razón de ser procesados es alargar su ciclo de vida y mejorar sus condiciones sanitarias.

Sin embargo, el márketing y los ritmos rápidos en los que vivimos a veces nos hacen considerar que un alimento es más saludable que otro simplemente porque nos venden esa percepción, y si escarbamos un poco en sus procesos de producción y en sus ingredientes descubrimos que tal vez no son los alimentos que imaginábamos.

Leche

La leche es un producto que solemos identificar como saludable, pese a que la lactosa ahora no goza de su mejor momento de fama y en adultos comienza a presentar serias dudas que sea saludable consumirla de forma diaria. Pero la leche guarda otros secretos que le convierten en un alimento procesado del que desconfiar, pues la leche pausterizada pasa por unos procesos químicos que desnaturalizan completamente lo que entendemos por “leche”. Esto no es bueno ni malo, y en muchos aspectos ha sido un avance científico indispensable el hecho de que este alimento de primera necesidad pudiera pausterizarse y evitar que sea un peligro por las bacterias que pudiera contener.

Sin embargo, la leche pasteurizada al método UHT pasa por un proceso químico que convierte la leche fresca en leche en polvo. En este cambio de estado se eliminan los agentes patógenos y se protegen los nutrientes. Y esto, además, permite que la leche pueda transportarse. No verás cisternas de leche atravesando la geografía, la leche viaja en polvo. Esto hace que en muchas ocasiones, una leche que originalmente era de un país, viaje a otro en polvo, y sea en el destino cuando se hidrate y se venda como originaria del segundo país, pues es allí donde se ha “hidratado”.

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La leche pierde sabor mediante esta serie de procesos, pues el propio proceso de hidratación hace que la proporción de agua que contiene la leche de uso común sea altísimo. Como se dice coloquialmente por los especialistas en la materia, “la leche es agua blanca”. Pero para dotarla de sabor, y en ocasiones de consistencia, se recurre a saborizantes y espesantes químicos.

Salchicas cocidas

Todos los productos cárnicos que no mantengan su forma original son sospechosos. La razón por la que las salchichas y los nuggets se hayan puesto tan de moda en la alimentación rápida es que son baratos, no porque estén especialmente ricos. El márketing ha sido el responsable de darles un aspecto divertido y enfocarlos al público infantil. Sin embargo, la razón de su bajo coste es que realmente están fabricados con restos de carne y productos artificiales.

Para que una salchicha de “frankfurt” industrial adquiera su apariencia habitual tiene que pasar por un proceso de emulsión cárnica, esto quiere decir que se crea una pasta con toda la carne y demás ingredientes que a su vez se mezcla con grasa, para que sea maleable y adquiera esa textura de plástico suave. Después se procede a gelificarla, coagulando sus proteínas en un gel.

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Es cierto que las salchichas tienen un alto porcentaje de carne en su interior, pero recordamos que no es la mejor carne, sino que se basa en los restos de otros procesados, y que el ingrediente que da consistencia a las salchichas es la grasa, por lo que no es un alimento muy saludable. Las proporciones en el caso más saludable son 40% de carne, 40% de grasa y 20% de agua.

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Yogures

Este es un ejemplo de producto alimenticio que suele ser tomado en cuenta como muy saludable, cuando realmente su composición podría extrañarnos si miramos con lupa sus ingredientes. Entre ellos el más perjudicial es el azúcar, pues aunque los fabricantes saben que cuando compramos yogures pretendemos alimentarnos con un producto saludable, la forma de hacerlo rico es aumentar su sabor y darle un toque diferenciado, y eso se hace con azúcar.

La triste realidad es que cuando compramos un yogur de frutas (de fresa, kiwi o plátano), lo más probable es que no contenga nada de fruta, y todo el sabor que aporta sea el de un saborizante artificial en el que el azúcar tiene mucha relevancia. Sin embargo, por la normativa alimentaria estas marcas no mienten, y cuando escriben la palabra “fresa”, si realmente no contiene una cantidad relevante, están obligados a poner delante la palabra “sabor”, pues no es cierto que la fresa sea, en muchos casos, el ingrediente principal ni la razón real por la que el yogur tiene este sabor.

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Además, los que se enfocan para el consumo infantil suelen estar tratados por colorantes de todo tipo. Si lees en la composición que el yogur que compras tiene “extracto de cochinilla” o “carmín”, tenemos una buena y una mala noticia. Este extracto es un colorante natural, sin embargo, se produce pulverizando un insecto subterráneo de color rojo-púrpura, la cochinilla.

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Caldos para sopa

En España contamos con una amplia tradición de caldos, especialmente los que proceden de cocidos y hervidos. Hace una década que empezamos a dar la espalda a las sopas de sobre, que durante generaciones fueron la tónica contínua de comidas y cenas socorridas. Aprendimos que estos preparados industriales contenían altísimas cantidades de sal y saborizantes artificiales, y a día de hoy no habría que ser un científico ni dietista para darse cuenta al abrir el sobre y recibir el olor penetrante de los polvos.

Sin embargo, ahora su lugar lo ocupan los bricks de caldo. Hay una auténtica batalla campal entre las marcas para posicionarse como el producto más casero, pues cuando tomamos un caldo siempre hay un sentimiento nostálgico que nos evoca a lo más profundo de nuestro infancia y a la necesidad de calentarnos con un producto natural. 

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Y lo cierto es que los fabricantes se han esmerado y los procesos de preparación de estos caldos son muy similares a los caseros en las marcas de primera calidad, salvo que en vez de hacerse en una olla doméstica se hace en tanques de entre 800 y 3.000 litros. Pero si el caldo resultante se envasara, no resistiría ni siquiera unas horas, no solo por sus condiciones de conservación, sino por la apariencia que tendría, el líquido separaría la grasa y el agua, y el resultado tras abrir el brick sería muy decepcionante.

Por conservación y por estética, es imposible que ningún caldo llegue a nuestra mesa siendo 100% natural, pues todos llevan, en mayor o menor medida, extractos y conservantes, y ambos cumplen una función necesaria para que podamos disfrutarlo en nuestros hogares.

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