Llegar de noche a esta preciosa isla portuguesa es casi un espectáculo. Primero porque su pista de aterrizaje –casi un kilómetro de longitud– parece florar sobre el océano; luego, al aproximarse, se tiene la sensación de aterrizar en medio de un anfiteatro de luces que trepan por la ladera. Desde el puerto hasta las colinas, Madeira se vive en vertical.
Para la primera toma de contacto, lo mejor es quedarse en la parte baja de la ciudad, donde se concentra su vida social y cultural. Aquí, junto al mar, están los hoteles, el centro histórico y el puerto. Tras dejar el equipaje, la tarde invita a una visita tranquila al taller de Bordal (bordal.pt), donde se descubre el largo proceso del bordado maderiense – el diseño de los dibujos, el picado, el perforado, el tintado…–, una tradición artesanal que aún hoy da trabajo a cientos de mujeres.
Después, nada mejor que caminar junto al mar por la animada Avenida do Mar, que bordea la marina, hasta llegar al Forte de São Tiago, una fortaleza del siglo XVII en pleno casco viejo en cuyo interior se encuentra un restaurante en el que merece la pena reservar para cenar.
La noche puede terminar en un hotel con historia, como el Belmond Reid’s Palace (belmond.com), que lleva más de un siglo recibiendo a grandes personalidades. Colgado sobre un acantilado y rodeado de jardines tropicales, dormir en él es viajar también en el tiempo: té de la tarde – aquí es toda una institución–, vistas panorámicas y un aire de elegancia clásica.
PRIMER DÍA
Funchal se entiende caminando… y comiendo. Después de empezar el día desayunando frente al mar en un lugar tan privilegiado como la terraza del hotel o dándonos un baño en sus piscinas o directamente en las aguas del Atlántico, nos lanzamos a hacer una ruta gastro por la ciudad que arranca en el Jardín Municipal. Un pequeño rincón donde crecen árboles de todo el mundo, pues aquí dejaban sus semillas los marineros que cruzaban este privilegiado archipiélago portugués en sus rutas desde Asia al Nuevo Mundo.
Muy cerca está Blandy’s, la bodega más antigua de la isla, ubicada en el antiguo convento de San Francisco. En ella se aprende cómo el vino de Madeira envejece con calor –según una técnica conocida como estufagem– y se degustan las cuatro variedades que se producen en ella entre barricas centenarias. Un vino que no se cría en bodegas subterráneas y que sigue alardeando de que fue el primero en llegar a la India.
El paseo sigue por el centro histórico: la Sé, de estilo manuelino, que fue la primera iglesia europea construida fuera del continente europeo, o la del Colegio de los Jesuitas, al lado del Museo Arte Sacra.
En sus pequeñas plazas o calles empedradas hay que detenerse a tomarse una tapa en O Calhau, el restaurante del hotel boutique Sé; probar los deliciosos y originales chocolates artesanales de Uaucacao (uaucacau.com), comprar unas galletas o unas mermeladas en la Fábrica de Santo Antonio, fundada en 1893, a degustar la famosa poncha en A Mercadora (Hospital Velho, 13) o una Brisa (el refresco más consumido en Madeira, más que la Coca-Cola) en Cristalina Chique (Lago dos Lavradores, 3).
El Mercado dos Lavradores es otra parada obligatoria, donde encontrar en sus puestos frutas tropicales, flores y pescados frescos –el espada preta es el rey de la carta– para abrir boca. Para comer, la rua Santa Maria, convertida en una improvisada galería de arte por los artistas locales que han pintado las puertas y fachadas de sus locales. En sus restaurantes podrás prueban clásicos como la carne vinha d’alhos o el bolo do caco con mantequilla de ajo. Un recorrido para hacer por libre o apuntándose a alguno de los recorridos que ofrece Wine Tours Madeira (winetoursmadeira.com).
La tarde puede reservarse para subirse a la réplica de la Santa Maria de Cristóbal Colón –no todos saben que el descubridor se casó con una joven maderiense–, porque dos veces al día realiza un paseo por la costa de Madeira (santamariadecolombo.com, 40 € los adultos; 20 € los niños).
Más tarde cierra el Museo CR7, (también es hotel, el Pestana CR7), que si eres aficionado al fútbol no puedes dejar de ver, primero, para hacerte la típica foto con la estatua de bronce de Cristiano Ronaldo que da la bienvenida a los visitantes, después, para contemplar en su interior los recuerdos y galardones conseguidos por la estrella portuguesa, que nació aquí, en Funchal, en el humilde barrio de Santo Antonio.
El fuerte de Nossa Senhora da Conceição, que ocupa el espigón frente al museo, acoge hoy el Design Centre Nini Andrade Silva, con un restaurante único no solo por su arquitectura exterior e interior, sino también por sus impresionantes vistas de la bahía de Funchal, que, al caer la tarde, se tiñe de tonos dorados y rosados y parece una postal.
SEGUNDO DÍA
Al día siguiente toca movimiento y para ello, buena idea es empezar subiendo en teleférico hasta la población de Monte, a 550 metros sobre el nivel del mar. En la estación base del Cable Car del parque Almirante Reis se compran los billetes para realizar un trayecto de solo 4 kilómetros (18 € i/v) que se cubre en apenas 15 minutos pero que permite disfrutar de unas visitas espectaculares. Según se asciende, la panorámica se amplía y gana en belleza.
En lo alto esperan los jardines tropicales de Monte Palace (montepalacemadeira.com), con lagos, esculturas y plantas de medio mundo. Se puede enlazar con otro funicular hasta el Jardín Botánico, o pasear por otros espacios naturales espectaculares, como el Panorámico, el Parque Municipal do Monte o la histórica Quinta Jardins do Imperador.
Y para bajar, nada más maderiense que los típicos carros de cesto: trineos de mimbre sobre patines de madera, empujados por dos carreiros que, recorren 2 kilómetros por las calles en cuesta de Funchal. Una experiencia divertida para despedirse de la capital de la isla.

















