María Luisa de Borbón, Infanta de España y Reina de Etruria

por hola.com

María Luisa de Borbón (1782-1824), hija y hermana de rey, fue involuntaria protagonista de alguno de los momentos más convulsos de los albores del siglo XIX. A través de su matrimonio con Luis de Parma (1773-1803), la infanta María Luisa se convertiría en Reina consorte del exiguo Reino de Etruria, creado por Napoleón Bonaparte (1769-1821). Etruria, situada en la Toscana italiana, sería creada en 1801, como parte de los acuerdos del Tratado de Lunéville y desaparecería en 1807, en parte, por las maniobras de la propia María Luisa, mujer de no escasa ambición. En estas líneas repasamos su biografía.

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Nace la infanta María Luisa en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso el 6 de julio de 1782, siendo la hija de los futuros reyes Carlos IV de España (1748-1819) y María Luisa de Borbón y Parma (1751-1819). Doña María Luisa fue la tercera hija del matrimonio, tras las infantas Carlota Joaquina (1775-1830) y María Amalia (1779-1798). Tras María Luisa llegarían el futuro rey, Fernando VII (1784-1833), Carlos María Isidro (1788-1855), María Isabel (1789-1848) y Francisco de Paula (1794-1865). Como era norma en las familias reales de la época, apenas entrada en la adolescencia, la infanta María Luisa se convirtió en potencial candidata a matrimoniar con alguno de los muchos príncipes europeos casaderos. El 24 de abril de 1794 llegaba a Madrid Don Luis de Parma, hijo del duque Fernando de Parma (1751-1802) y de María Amelia de Habsburgo-Lorena (1746-1804), con el objeto no de cortejar a Doña María Luisa, sino a su hermana, María Amalia. Sin embargo, al conocer a la primera quedó prendado de ella y decidió proponerles el matrimonio a los Reyes españoles, quienes no pusieron ningún reparo.

El 25 de agosto de 1795 contraerían nupcias Doña María Luisa y Don Luis en el Palacio de Aranjuez durante una ceremonia en la que la infanta María Amalia también casaría con Don Antonio Pascual (1755-1817). Doña María Luisa apareció radiante en la boda, completamente enamorada de Don Luis, un joven rubio, de gran estatura y, así lo subrayan las crónicas de aquel entonces, muy bien parecido. El viaje de luna de miel, en el que la pareja recorrió Castilla, Extremadura y Portugal, fue idílico. El amor en la pareja fue, de hecho, una constante en el matrimonio de la Infanta quien daría a luz a dos niños: Carlos (1795-1883) y María Luisa (1802-1857).

Sin embargo, no todo era perfecto en la pareja. La preocupación de Don Luis por el Ducado de Parma era patente desde que Napoleón, en aquel tiempo Primer Cónsul de Francia, aspirara a hacerse con él en su estrategia política global. Será la reina española María Luisa de Parma la que interceda por su yerno y, al mismo tiempo, con la aspiración de favorecer a su hija, ante las autoridades francesas. Finalmente – por medio de dos tratados, el de Lunéville y el de Aranjuez, ambos firmados en 1801- el Ducado de Parma pasaba a manos galas, pero Napoleón se comprometía a convertir al hijo del Duque, Don Luis, en Soberano de un nuevo reino en la región de Toscana, que llevaría el nombre de Etruria. Don Luis y Doña María Luisa eran investidos con todo el boato como Reyes de Etruria en París.

Durante su estancia en París, los ya nuevos reyes intiman con Napoleón, quien recibe una impresión muy negativa de ellos, especialmente del Rey, al que considera un pusilánime y débil de salud – Don Luis sufrió un vahído en presencia del Primer Cónsul -. De la Reina no le atrajo su físico – es conocido que afirmó que “para ser una Reina de antigua raza está bastante mal vestida y no tiene buen aire” – pero sí le llamó la atención su inteligencia, hasta el punto de preocuparse por sus ambiciones. Finalmente, tras recibir varios regalos, los flamantes Reyes partieron para sus dominios en la península itálica.

A su llegada a la capital del nuevo Reino, Florencia, los Reyes se instalan en el Palacio Pitti, que se encontraba deshabitado desde la muerte de Juan Gastón (1671-1737), el último Gran Duque de Medici. El estado del edificio, así como de su mobiliario era lamentable. La Reina llegó a lamentarse de tener que comer en una humilde vajilla de loza. Pese a las carencias, que alcanzaban a todo el nuevo estado poco menos que arruinado, los Soberanos decidieron poner toda su energía en el buen gobierno del nuevo Reino. Sin embargo, el Rey comenzó a sufrir graves ataques epilépticos que prácticamente le incapacitaban para el desempeño de sus funciones – los ataques llegaron a ser tan severos que en una de las ocasiones el Soberano llegó a perder dos piezas dentales tras desplomarse y chocar su cabeza contra el suelo-. La Reina, pese a su juventud y a estar embarazada por segunda vez, tuvo que hacer frente a la gestión gubernamental de la joven nación.

A pesar de su grave enfermedad, el Rey insiste en acudir a Barcelona para estar presente en la boda del príncipe heredero Fernando con María Antonia de Nápoles. El traslado a la capital condal se convierte en un auténtico viacrucis. Don Luis sufre un gravísimo ataque en Pisa y el viaje en barco casi termina en tragedia a causa de una tempestad. El Rey, en presencia de todos los Borbones, aparece, a causa al parecer de su patología, enajenado e iracundo, acusando a Carlos IV de haber ideado un complot para finiquitar el Ducado de Parma. El estupor en la familia es generalizado. La reina María Luisa decide regresar a Etruria, donde el Rey no deja de empeorar. El 27 de mayo de 1803 moría el rey Luis. La corona de su reino pasaba pues a su pequeño hijo el infante Don Carlos Luis. La reina María Luisa es proclamada regente hasta que su vástago cumpliera la mayoría de edad.

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La Reina, con apenas 21 años, se hace cargo por tanto de la gobernación de Etruria. Desde Madrid se consideraba a la Soberana incapaz de asumir tal tarea, por lo que se plantea el casamiento inmediato en segundas nupcias de la Reina viuda. El elegido es el infante Don Pedro Carlos (1786-1812), hijo del infante Gabriel (1752-1788) y de la infanta portuguesa María Ana Victoria (1768-1788). Por su parte, Napoleón intenta casarla con su hermano Luciano (1775-1840) o incluso con el príncipe Eugenio Beauharnais (1781-1824), hijo de la emperatriz Josefina con su primer marido, Alejandro de Beauharnais (1781-1824). Sin embargo, ninguno de estos proyectos de matrimonio fructificaría.

La Regencia del Reino de Etruria es de una complejidad extrema. La Reina, pese a su falta de experiencia política, logra durante un tiempo mantener cierta autonomía frente a los dictados llegados de Francia, donde su figura es vista con suspicacia. Finalmente el Tratado de Fontainebleau de 1807 finiquita la existencia del reino. La Reina, destrozada, tiene que abandonar Etruria. Intenta, en vano, reunirse con Napoleón, para reclamarle que se respeten sus derechos. El estadista francés ni siquiera se digna a recibirla en audiencia. La antigua Soberana regresa, en compañía de sus hijos, a Aranjuez, humillada y derrotada. Cuando la Familia Real española es enviada al exilio, tras la invasión de la península por las tropas galas, la Infanta acompaña a sus padres, si bien su idea es trasladarse a Inglaterra, en donde vivir tranquila, alejada del complicado escenario continental de aquellos años. Sin embargo, sus planes se trastocan cuando es acusada de colaborar con los ingleses. La antigua Reina es llevada a una cárcel en Roma.

El periodo de la Reina en prisión es durísimo. Napoleón se niega a liberarla, pese a que cae gravemente enferma. Tras el cautiverio la Infanta se concentra en la escritura de sus memorias. Asimismo, pidió asilo en Inglaterra.

En el Congreso de Viena el duque Carlos, hijo de la Infanta, recibiría el Ducado de Lucca, una compensación a la humillación de la pérdida por parte de su madre del Reino de Etruria. La antigua Soberana se convierte de nuevo en regente del Ducado. La salud de la Duquesa se deteriora. El 22 de febrero de 1824 firma su testamento, principalmente a favor de su hijo Don Carlos Luis y en menor medida a su hija Doña Luisa Carlota. El 13 de marzo la antigua Reina fallecía en Roma. Sus restos mortales descansan en el Real Monasterio de El Escorial.

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