Gisela de Austria

La archiduquesa Gisela, 'el ángel de la guarda' de Viena

La hija de la emperatriz Sissi y mujer de Leopoldo de Baviera se entregó a los más débiles durante los duros momentos de la Primera Guerra Mundial

por hola.com

Quizás sea la archiduquesa Gisela de Austria (1856-1932) uno de los miembros de la Casa Habsburgo-Lorena que más simpatía despiertan aún hoy en día entre los habitantes de ese país centroeuropeo. Mujer de indudable inteligencia – no en vano llegó a ser una notable escritora de poesía – y de férreos valores morales, su vida quedó marcada por la trágica muerte de su hermano. Tal vez como vía de escape al profundo dolor que siempre le acompañaría, la Archiduquesa se entregó con excepcional bondad y generosidad a los más débiles de la sociedad especialmente en los duros momentos de la Primera Guerra Mundial, llegando incluso a convertir su palacio en Múnich en improvisado hospital. Su altruismo sin límites le haría recibir el apodo de “el ángel de la guarda de Viena”. Hoy pues repasamos la vida de la archiduquesa Gisela de Austria.

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La archiduquesa y princesa imperial Gisela de Austria – entre sus otros títulos también figuraban los de Princesa de Hungría, de Croacia y de Bohemia – nace el 12 de julio de 1856 en el Castillo de Laxenburg, a las afueras de Viena. Era la Archiduquesa el segundo retoño del emperador Francisco I (1830-1916) y de la emperatriz Isabel (1837-1898) – la celebérrima Sissi -. La hermana mayor de Gisela, la archiduquesa Sofía Federica (1855-1857) moriría con apenas dos años de edad, mientras que su hermana pequeña, María Valeria (1868-1924) nacería con tanto tiempo de diferencia que Gisela, una adolescente en el momento de nacer la benjamina, apenas tendría trato con ella. El gran apoyo de Gisela sería su hermano pequeño, el príncipe Rodolfo (1858-1889), con el que siempre mantendría un vínculo de afecto excepcional.

La infancia de la Archiduquesa careció en cualquier caso de la figura materna. Su madre, la emperatriz Isabel, era percibida por los asesores del Emperador como una mujer poco madura e incapaz de criar a sus hijos, por lo que esta tarea recayó en la abuela paterna, Sofía de Baviera (1805-1872), una mujer en extremo estricta – era conocida en Palacio como “el único hombre de la Corte” – y con un concepto casi marcial de la educación. Pese a ello, tanto Gisela como Rodolfo tendrían debilidad por su abuela, no así por su madre, con la que siempre mantendrían una cierta frialdad, fruto de la nula implicación de la Emperatriz en el devenir de sus dos hijos pequeños.

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Gisela era además la niña de los ojos del Emperador, quien consideraba a su hija como un ser poco menos que angelical – dada su inocencia y su natural bonhomía -. Llegada la juventud, su opinión no había cambiado, estando el Monarca convencido que su “querida niña” no estaba preparada para la vida adulta, en especial en lo que respectaba a un posible noviazgo y matrimonio. A consecuencia de ello, el propio Emperador sería el encargado de buscar a los candidatos idóneos para desposar a su hija. Varios nombres pasaron por su cabeza, algunos de ellos de origen extranjero, si bien finalmente llegó a la conclusión de que lo mejor para la Emperatriz era que casara con alguien del entorno familiar más o menos próximo. De este modo, el elegido sería el príncipe Leopoldo de Baviera (1846-1930), primo segundo de Gisela. En la elección del Príncipe se valoraron no solo los vínculos de sangre, sino también el peso político de su familia – no en vano era hijo del Príncipe Regente de la muy rica Baviera, Leopoldo (1821-1912) -, y el hecho no menos importante de profesar la religión católica.

Pese a ser un matrimonio arreglado – la boda se celebraría por todo lo alto el 20 de abril de 1873 contando la Archiduquesa con tan solo dieciséis años de edad, tras la cual los recién casados se instalarían en Múnich, tierra natal de la familia del Príncipe -, lo cierto es que Gisela había caído rendida ante los pies del Príncipe desde un primer momento. Era Leopoldo de Baviera no solo un hombre apuesto, sino que, además, con poco más de veinte años, atesoraba una meteórica carrera en el ejército bávaro, habiendo recibido ya la Cruz de Hierro, gracias a su valor en el campo de batalla, o la Orden del Mérito Militar.

Las crónicas de la época describen a la pareja formada por Leopoldo y Gisela como una de las más atractivas del momento y todo indica que el amor reinó en la relación. Prueba de ello son los cuatro hijos que engendraron: la princesa Isabel María (1874-1957), la princesa Augusta María (1875-1964) y los príncipes Jorge (1880-1943) y Konrad (1883-1969).

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EL GOLPE MÁS DURO DE SU VIDA
La vida de la Archiduquesa sufriría un vuelco en 1889 cuando su hermano, con apenas treinta años de edad, decidía quitarse la vida al lado de su amante, la aristócrata Mary Vetsera (1871-1889). Ríos de tinta se han dedicado a este suceso, que aún hoy en día sigue rodeado de misterio. Incluso en la actualidad se duda de la versión oficial – el Príncipe, loco de amor, habría preferido morir que abandonar a Mary, tal y como le incitaba su padre el Emperador -, alegando a conspiraciones y asesinatos.

Sea como fuera, la muerte del príncipe Rodolfo supuso un varapalo de enormes proporciones para la archiduquesa Gisela, quien desde ese momento sufriría de graves ataques de melancolía. Muchos historiadores apuntan a que, para intentar sobrellevar la cruel muerte de su amado hermano, la Archiduquesa decidió entregar su vida a los más desfavorecidos y a todos aquellos que sufrían en la difícil coyuntura de la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Así, Gisela de Austria fue responsable de la puesta en marcha de varias asociaciones dedicadas a las personas sin recursos, a las que no dudaba en ayudar con la asignación que recibía del estado austríaco. También dedicó su atención a las personas con discapacidad, abriendo colegios para niños invidentes y con sordera. No es de extrañar que la Archiduquesa se convirtiera en una suerte de símbolo de la solidaridad en Alemania y que comenzara a ser conocida como “el ángel de la guarda de Viena”.

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SOLIDARIDAD 'REAL'
Especialmente durante los años de la Primera Guerra Mundial, el papel solidario de la Archiduquesa fue memorable. Mientras su marido luchaba en el frente – engrandeciendo así su ya de por sí legendaria carrera militar -, la Archiduquesa decidía convertir su residencia oficial en un hospital para los heridos de guerra. Ella misma se desvivió en la atención de los pacientes, pasando noches en vela a lado de los médicos y las enfermeras. Al terminar el conflicto, y pese a que Baviera pasó a convertirse en parte de la república alemana, el respeto y la admiración por la archiduquesa Gisela era tan grande, que no pocos centros educativos y hospitalarios comenzaron a llevar su nombre en homenaje a su encomiable labor.

En los últimos años de vida, la Archiduquesa se dedica principalmente a la defensa de los derechos de los veteranos de guerra. En 1930, su marido – quien años atrás se había barajado como posible candidato a ocupar el trono del Reino de Polonia -, el príncipe Leopoldo, fallece. La Archiduquesa acude abatida a los funerales, en una de sus últimas apariciones públicas. Apenas dos años después, Gisela de Austria muere en Múnich, a los 76 años de edad. Sus restos mortales descansan, junto a los de su marido, en el columbario de la Iglesia de San Miguel de Múnich.

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