María de Rumanía, una vida dedicada a su nación

por hola.com

María de Sajonia-Coburgo-Gotha (1875-1938), pese a su origen británico, se entregó en cuerpo y alma a su país de adopción, Rumanía, convirtiéndose probablemente en la Soberana más querida y respetada de la historia de ese país. Mujer moderna y progresista, la reina María afrontaría las no pocas adversidades que acontecieron en su vida con un natural optimismo y una notable valentía. En este artículo repasamos su biografía.

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La futura reina María nació el 29 de octubre de 1875 en el Señorío de Eastwell en el Condado de Kent (Inglaterra). María Alejandra Victoria era la hija mayor del príncipe Alfredo, Duque de Edimburgo (1844-1900) y de la gran duquesa María Alejandra de Rusia (1853-1920) y, por tanto, nieta de la reina Victoria del Reino Unido (1819-1901) y del emperador Alejandro II de Rusia (1818-1881). María describe en sus memorias, tituladas Historia de mi vida, una idílica infancia en compañía de sus padres –la princesa María, familiarmente conocida como Missy, sentía en especial adoración por su madre aunque sentía admiración por su padre, al que consideraba un caballero inglés arquetípico, de educación y modales exquisitos pero algo distante incluso con sus hijos- y sus hermanos –uno mayor, el príncipe Alfredo (1874-1899) y tres hermanas pequeñas, las princesas Victoria (1876-1936), Alejandra (1878-1942) y Beatriz (1884-1966)- en su casa de la campiña, celebrando grandes fiestas a las que acudía lo más granado de la sociedad británica e internacional. En 1886 la familia del Duque, tras ser nombrado éste comandante de la flota británica del Mediterráneo, se traslada a Malta. Allí la Princesa conoce el amor por primera vez, siendo el objeto de sus desvelos el capitán Maurice Archibald Bourke (1853-1900), quien estaba al mando del buque del Duque, el HMS Surprise. Este platónico enamoramiento, unido a la tranquila vida en el Palacio de San Antonio de Malta, llevaría a afirmar más tarde a la Princesa que aquellos años fueron “los más felices de mi existencia”.

Con el paso de los años la princesa María fue convirtiéndose en una joven de gran belleza y poseedora de un gran talento para el arte en sus más diversas expresiones, como la pintura, la literatura o la escultura. No es pues de extrañar que la Princesa se convirtiera en una de las jóvenes solteras más codiciadas del continente. Pronto los pretendientes empezarían a llamar a su puerta. La opción más atractiva era el posible compromiso con su primo el Príncipe de Gales, el futuro rey Jorge V (1865-1936), pero la madre de la Princesa, la gran duquesa María Alejandra, se mostró contraria a que su hija casara con un miembro de la Casa Real inglesa, habida cuenta de la escasa simpatía que ésta le producía. La búsqueda de un candidato idóneo continuó hasta que a oídos de la Gran Duquesa llegó la noticia de que el rey Carlos I de Rumanía (1839-1914) se encontraba en aquellos momentos en busca de una novia para su hijo el príncipe heredero Fernando (1865-1927). La Gran Duquesa organizó un encuentro de su hija con el Príncipe rumano durante una fiesta en el espectacular Wilhelmshöle alemán. La Princesa le describe como “un hombre guapo y tímido que no hablaba inglés”. Pese a que el flechazo no fue inmediato, la madre de la Princesa se mostraría muy ilusionada con el acercamiento entre los dos jóvenes y se obstinó en convencer a su hija de las ventajas de un matrimonio con el Heredero rumano. Poco después, se anunciaba el compromiso de los Príncipes.

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La boda de la princesa María y del príncipe Fernando se celebraría el 10 de enero de 1893 en Sigmaringen (Alemania) en una triple ceremonia: civil, católica y anglicana. La elección del lugar tuvo que ver con el origen de la estirpe del novio, la Casa de Hohenzollern-Sigmaringen. Dos grandes problemas caracterizaron al comienzo del matrimonio. Por un lado, la notable diferencia de edad de los cónyuges –la Princesa tenía 17 años al casar, mientras que su marido 27 años-, y el gran cambio que supuso para la Princesa trasladarse a Rumania y encontrar su lugar en una corte donde el rol de las mujeres era exiguo. La Princesa, que no obstante había sido recibida en territorio rumano con gran ilusión por su pueblo, comenzó a informarse sobre el funcionamiento de la política de su nuevo país, de modo que al poco tiempo, los rumores en la corte apuntaban a que la Princesa inglesa se había convertido en la persona que ostentaba el poder en la sombra.

La Princesa dio a luz a su primer hijo, el príncipe Carlos (1893-1953) –el futuro rey Carlos II de Rumanía-, apenas nueve meses después del enlace, el 15 de octubre de 1893. Pese a que la relación con su marido se fue deteriorando progresivamente y terminó convirtiéndose en poco más que una buena amistad, la pareja engendró a cinco hijos más: la princesa Isabel (1894-1956), quien se convertiría en Reina de Grecia a través de su matrimonio con el rey Jorge II de Grecia (1890-1947), la princesa María (1900-1961), futura Reina de Yugoslavia después de casar con el rey Alejandro I (1888-1934), el príncipe Nicolás (1903-1978), la princesa Ileana (1909-1991) y el príncipe Mircea (1913-1916). No obstante, hoy en día los historiadores dudan de la paternidad de los hijos de María de Rumanía. Todo apunta a que la princesa María habría sido hija en realidad del primer gran amor de María de Rumanía, el teniente Jorge Cantacuzène, con el que habría tenido de hecho otro niño, cuya suerte aún hoy en día se desconoce. Cantacuzène no sería el único amante de la futura Reina. A lo largo de los años varios hombres ocuparían su corazón, como el joven americano Waldorf Astor, el príncipe Barbu Stirbey (1872-1946) o el gran duque ruso Boris Vladimirovich (1877-1943).

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Mientras los acontecimientos que llevaron al estallido de la Primera Guerra Mundial se desarrollaban, el rey Carlos I de Rumanía falleció, concretamente el 10 de octubre de 1914. El día siguiente Fernando y María son investidos como Reyes. La nueva Reina se muestra favorable a que Rumanía entre en la Gran Guerra del lado de Gran Bretaña, Francia y Rusia. Finalmente lo consigue y Rumanía declara la guerra a Austro-Hungría en 1916. La Soberana se desvive desde ese momento en ayudar a las víctimas del conflicto, a las que visita cada día. El nombre de la Reina se engrandece así entre sus súbditos, que ven en ella a una patriota sin fisuras. Cuando la guerra llega a su fin, la Reina participa en la Conferencia de Paz en París, donde es recibida como una auténtica heroína por su firmeza en su postura contra los perdedores de la contienda. La Soberana se encarga de negociar en solitario, prescindiendo incluso de los ministros, lo que es visto con asombro y admiración por el incipiente movimiento feminista internacional. No todo son buenas noticias. En 1916 muere el príncipe Mircea a los tres años de edad a causa de una fiebre tifoidea. El varapalo para la Reina, así lo describe en sus memorias, es descomunal.

En 1926, se produce una grave crisis dinástica en Rumanía. Acosado por su affaire con Magda Lupescu, el príncipe heredero Carlos renuncia al trono en favor de su hijo Miguel (1921). En esos momentos el Rey se encuentra gravemente enfermo de un cáncer intestinal. La reina María, temerosa de la debilidad de la institución una vez fuera asumido el trono por su nieto, de apenas 5 años, pone en marcha un plan para convertir en Reina a su hija Ileana, a la que pretende casar o bien con el Zar de Bulgaria, Boris III (1894-1943) o con el Príncipe de Asturias, Alfonso (1907-1938). Fracasados ambos intentos, la Princesa terminaría contrayendo matrimonio con el archiduque Antón de Austria (1901-1987).

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La Reina no tendría sin embargo que conspirar por mucho más tiempo para usurpar el trono a su nieto Miguel. El 6 de junio de 1930 su hijo Carlos declara nulo el Acta de Sucesión de 1927 y se proclama Rey de Rumanía. La Reina María piensa que su hijo contaría con ella para la gobernación del país, pero se equivoca. Pronto queda relegada a un segundo plano. Defraudada y aún desolada por la muerte del pequeño Mircea, la antigua Soberana comienza a interesarse por el Bahaísmo, una religión que sigue las enseñanzas del persa Bahá’u’lláh (1817-1892) y termina convirtiéndose a esta fe.

Cuando la relación con su hijo es ya insostenible, la reina María se recluye en el Castillo de Bran y en el Palacio de Balchik. Mientras, su salud comienza a deteriorarse. El 18 de julio de 1938 la Reina fallece, posiblemente a causa de un cáncer de páncreas. Su cuerpo es llevado a Bucarest donde es recibido por miles de ciudadanos que la lloran. Durante tres días los ciudadanos rumanos hacen interminables colas para despedirse de su Reina más amada. Finalmente sus restos mortales son llevados al Monasterio de Curtea de Argeș, donde son enterrados. Su corazón por expreso deseo de María de Rumanía descansa en la capilla del Palacio de Balchik.

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