Como en aquel verso que escribió su tío abuelo, a María Rosenfeldt también le tocó aprender demasiado pronto que la vida "va" en serio. Eso que uno empieza a comprender más tarde, cuando llegan los golpes —los grandes golpes de la vida—, porque, cuando se es joven, uno solo piensa en llevarse (la vida) por delante. Él era Jaime Gil de Biedma y ese zarpazo doloroso que la hizo encontrarse de bruces con la adversidad y la madurez fue la muerte de su madre, Ouka Leele, aquella mujer de ojos grandes, inmensos y mirada inclasificable, sorprendente y celebrativa, que encendió el tecnicolor en los años de la Transición y se convirtió en cronista fotográfica de la Movida. El arte, la libertad creativa y el color —siempre el color— le sirvieron de bálsamo, de terapia, para apaciguar la rabia por no haberle dicho más y más veces "te quiero".
Porque Bárbara Allende Gil de Biedma, que era el nombre real de la Premio Nacional de Fotografía, murió de cáncer cuando aún no había cumplido los 65, a pocos días de ese mes de junio en el que soplaría velas y al que su tío poeta cantó "por sus noches" y "la especial sonoridad del aire". María y su madre pasaron juntas su enfermedad, que duró más o menos el tiempo de la pandemia.
Pegadas una a la otra, porque así había sido siempre. En casa, en el estudio —que también había sido su escuela—, entre revelados, pinturas, ejercicios de matemáticas y carretes. Y entre amor, trabajo, pasión, libertad… y más pasión y más libertad… e infinito cariño, el máximo común denominador de su relación. Y todo eso, unido a la infinidad de recuerdos, de obras de arte, de proyectos, de ilusiones, es su legado. Una herencia familiar, vital y artística —que en María todo eso se confunde— que ella misma gestiona desde la Fundación Ouka Leele.
Una labor que también ha supuesto un descubrimiento de sí misma, de sus raíces, de sus convicciones, gracias a los escritos inéditos que ha encontrado, de la catalogación de la obra de la genial artista y de proyectar nuevas exposiciones. Porque en María todo sabe, huele, respira arte. Ella misma fue una adelantada a su tiempo en el mundo del diseño con Heridadegato, en la década del 2010; también con la cosmética alternativa y vegana.
Sus inquietudes viraron luego —o realmente fueron a donde debían— y se zambulló de cabeza en el yoga, una disciplina que le permite expresarse a través de su cuerpo y con la que consigue que su mente fluya hacia todo y todas partes. Como el agua entre los dedos. Que el agua, ya lo saben, siempre encuentra ese resquicio para correr. Libre.
—María, te defines a ti misma como una "hija nómada". ¿Cuánto de ese espíritu viajero nació de ver a tu madre entender el mundo como un lienzo —o fotograma— sin fronteras?
La forma que tenía mi madre de vivir la vida, viajando, sin horarios, sin normas, ha sido como un sello de identidad en mi carácter y en mi manera de vivir.
—Tu madre decía que "se puede hacer de todo en la vida". ¿Esa falta de etiquetas ha sido tu mayor libertad o tu mayor reto?
Ha sido uno de los mejores regalos que me ha dejado mi madre, porque nunca he tenido límites a la hora de enfrentarme a ideas o sentirme juzgada. Ha sido una maravilla. Además, odio las etiquetas. Soy una persona que cambia mucho y no me gusta que me encasillen en nada.
—"Vivir con pasión y libertad". Si tuvieras que elegir un solo recuerdo donde vieras a tu madre representar estas dos palabras, ¿cuál sería?
Ella lo hacía siempre y cada día. Vivía con pasión y libertad. Ya fuera cuidando sus plantas o enfrentándose a un proyecto. Podía incluso no dormir solo por seguir haciendo y creando. Para mí era un poco… ¡una superheroína!
—¿Cómo fue crecer en un hogar donde la fotografía y la pintura no eran un trabajo, sino el aire que se respiraba?
El trabajo no era trabajo, era una diversión, una forma de vida. Creo que eso me ha hecho ver que el trabajo no tenía por qué ser una obligación, sino que tenía que ser algo muy vinculado a la pasión.
"La forma que tenía mi madre de vivir la vida, viajando, sin horarios, sin normas, ha sido como un sello de identidad en mi carácter"
—De todas las lecciones de vida que has recibido, ¿cuál es la que hoy, como directora de su fundación, proteges con más celo?
Una de las lecciones más fuertes que aprendes cuando, por un lado, te encuentras al frente de una fundación, y por otro, te sientes parte del arte, es que esto es un negocio, muy a pesar de que los artistas creen desde la pasión y desde el corazón. Con lo que, aun sabiendo que es un business, te ves en el deber de proteger el espíritu, la esencia, sin que se vea influido o afectado por el negocio.
—¿Cómo se vive eso de ser la "guardiana" de un legado que pertenece a la historia del arte de España?
Mucha gente me dice eso de: "¡Ay! Tiene que ser increíble tener todas estas cosas". Y es verdad, lo es, pero es algo que yo tengo muy normalizado, como si fuera algo casi corriente. Pero por supuesto que es un orgullo. A veces, cuando lo pienso con un poco de perspectiva y soy consciente, me siento superorgullosa y superagradecida a mi madre por todo lo que ha dejado.
—¿Cómo gestionas la responsabilidad de ser, además, heredera de todo lo que hizo? ¿Su sombra es demasiado alargada o… te da cobijo?
Siento que estoy capacitada para seguir cuidando de su legado y que no es una sombra muy pesada, sino que nos ayudamos mutuamente. Creo que yo, desde un punto de vista un poco más externo que el de la propia artista, tengo esa capacidad de gestión y de ver cómo se muestra la obra que se va a sumar a ese legado. Y, a la vez, a mí me ayuda, porque es una forma de mantenerme conectada con mi madre, de cuidar su trabajo. Y es… muy bonito.
—¿El duelo lo has pasado a través de la creatividad?
Creo que sí. Creo que el duelo se sana gracias a la creatividad. Cuando murió mi madre, escribí muchísimo. Estuve pintando, por ejemplo. Siempre ha formado parte de mi ser el usar la creatividad como forma de expresión. No con un fin, no por mostrárselo a alguien, ¿sabes? Pero sí como una herramienta más.
Color y aprendizaje
—¿Hasta qué punto ha influido tu madre en tu manera de entender el mundo? Y no solo a ti, sino a todas las generaciones siguientes de artistas…
Creo que me ha influido muchísimo y también creo que ha influido mucho a muchos artistas. No sabes la cantidad de gente que me ha dicho que, gracias a mi madre, decidieron estudiar Bellas Artes o Historia del Arte. Creo que esa fuerza y esa libertad que ella transmitía han calado. En mí sobre todo, porque claro, además de verla como artista, la he visto como madre, una maternidad que ejercía con la misma implicación.
—Para Ouka Leele, el color era una forma de mística. ¿Qué significa el color para ti ahora?
Para mí es algo muy psicológico. Es algo que puede representarse en los estados de ánimo, en cómo te vistes, en cómo decoras tu casa. Hay días que necesitas ponerte un color sí o sí, o ver un color, o te sientes atraído por ciertos colores. Para mí, el color es algo muy importante.
"Siempre me he considerado fuerte. Y creo que también la muerte de mi madre me hizo más fuerte todavía. Me transmitió su fuerza"
—¿Cuál es el primer recuerdo cromático que tienes?
Esto es curioso, porque era muy muy pequeña —tendría un año o dos— y recuerdo estar sentada en un balancín y que entrara la luz por la ventana, en un día muy soleado, y ver las motas de polvo. Recuerdo el color, con las partículas brillando y aprender a diferenciar los tonos de dorado.
—¿En qué momento la belleza dejó de ser algo exterior para ti para convertirse en una cuestión ética?
Creo que la belleza, que puede ser vista como algo superficial, no lo es en el fondo. La belleza es necesaria para alimentar el alma, para alimentar el espíritu. La belleza en todos los sentidos. La belleza de lo que nos rodea cuando paseamos por la calle, la belleza de las personas, la belleza de lo que comemos. Creo que el término "belleza" es algo muy necesario para el ser humano.
—Tu madre pintaba sobre blanco y negro. ¿A qué parte de tu vida le pondrías hoy un color vibrante y qué parte prefieres dejar en gris?
Mi madre siempre ponía mucho énfasis en el color a la hora de retratar la naturaleza. Cuando hacía retratos, transformaba los colores, las sombras… De repente, media cara era verde o cosas así… Pero la naturaleza siempre intentaba calcarla tal y como era. O, por lo menos, ese era el reto.
—Diseño, moda y yoga. ¿Combinación de elementos, cóctel personal o un encuentro necesario?
Creo que una cosa llevó a la otra. Pero sí que puede ser un cóctel personal… El diseño me ha gustado desde pequeña y la moda, sobre todo, por parte de mi abuela. Yo… le hacía la ropa a mis muñecas. Lo típico, ¿no? Pero es verdad que el mundo de la moda se me quedó un poco corto y siempre he tenido ganas de algo un poco más espiritual. Y una cosa me llevó a la otra y por eso acabé dejando la moda, bueno, no dejándola, porque sigue estando en mi día a día con un montón de cosas, pero sí dejé de pertenecer a la industria. Y el yoga fue algo que estaba ahí. Le llevo practicando quince años y ha sido tal vez lo único constante en mi vida.
Paz y carácter
—¿Qué te aportan el "vinyasa" y el "hatha" que no encontraste entre patrones y agujas?
Me aportan una conexión más con lo espiritual… Aunque ha habido momentos en la moda, sobre todo más al principio, en los que, mientras cosía o hacía patrones, también alcanzaba niveles de meditación que, luego, he conseguido a través del yoga. Momentos de silencio, momentos de hacer cosas con las manos.
—Apostaste por la sostenibilidad cuando aún era un término casi sin acuñar. ¿Fue un clamor en el desierto? ¿Ir de kamikaze? ¿Te consideras una adelantada a tu tiempo?
La verdad es que, en el momento en el que creé la marca, la gente me veía como una loca rollo: "¿Por qué esta persona está mezclando ropa que ha cogido de El Rastro, telas antiguas, tapicerías, abrigos de caza que les ha quitado piezas…?". Y ahora lo recuerdo y me da mucha ternura. ¡Tenía 20 años! Creo que sí, que fui un poco avanzada a mi tiempo y que gente después se ha visto inspirada por aquello.
"Cuando empiezas con el yoga, buscas la postura perfecta, que quede bien, que sea fotografiable. Después, aprendes que es lo de menos"
—El "upcycling" era tu carta de presentación. Dime que estoy loco yo también, pero dar esa "segunda vida" a las cosas ¿no es algo que ya estaba en el proceso artístico de tu madre?
Sí. Mi madre nunca tiraba nada. Nunca. Guardaba todo, porque todo le servía. Desde los botes de cuajada para mezclar pinturas a maderas que se encontraba por el campo y que, luego, integraba en alguna obra.
—¿Qué hay de "arte" en una postura de yoga perfecta?
Pues es verdad que al principio, cuando empiezas con la práctica del yoga, buscas esa postura perfecta, que quede bien, que sea fotografiable. Pero luego aprendes que eso es lo de menos. Que nunca llegas a hacer una postura perfecta. Que las posturas evolucionan. Que un año te salen bien, que otro te salen fatal… El arte está en aceptar, en la aceptación. Y vivir ese proceso.
—¿En qué te reconoces más "Allende Gil de Biedma"?
Me reconozco más Gil de Biedma por mi abuela, por su sentido del humor, por mi tío-abuelo poeta… Es una rama que tiene un punto muy loco, un humor muy irónico, a veces, incluso desagradable (risas)… Pero es algo que me viene de familia.
— Y ¿qué parte es enteramente tuya?
Pues fíjate, aparte de tener el humor de mi abuela y eso de que me encanten las cosas muy de antaño, una vajilla vieja, manteles o cosas así, también es cierto que mi personalidad se ha ido forjando a través de la individualidad. Por pasar mucho tiempo sola. Que quizá muchas veces no sea bueno, pero el no haber ido al colegio y haber pasado mucho tiempo con mi madre me ha llevado a que mi personalidad se forjara sola.
—¿Te consideras una mujer fuerte o una mujer que ha aprendido a ser resiliente por las circunstancias?
Siempre me he considerado fuerte. Quizá, por muchas circunstancias que he vivido de pequeña, de palos que te da la vida que me han hecho crecer a marchas forzadas. Y creo que también la muerte de mi madre me ha hecho todavía más fuerte. Me transmitió su fuerza. Algo suyo se me ha quedado dentro desde entonces.
—¿Qué importancia tiene el silencio en tu día a día? ¿O el ruido? ¿O el blanco y negro?
Odio el ruido, lo odio. Me encanta estar en silencio. Podría pasarme tres días sin hablar. Para mí el silencio es incluso color y el ruido es blanco y negro.
"Creo que la belleza, que puede ser vista como algo superficial, no lo es en el fondo. La belleza es necesaria para alimentar el alma"
—Si pudieras enviarle un mensaje a la María que empezaba con su firma de moda, ¿qué le dirías?
Le diría que empezase sin planes y sin nada, tal y como lo hizo, pero que no se aferrase a eso como si fuese el fin del mundo, como si fuese lo único que se puede hacer en la vida. La vida se puede vivir de muchas maneras y no tienes por qué ser esclava de tu propio proyecto. Que disfrutase del proceso y que, luego, si lo necesita, que lo deje, que no supone ningún trauma.
—¿Cuál es el reto más inmediato de la Fundación Ouka Leele para este año?
El reto más inmediato es un reto a largo plazo: que se mantenga de manera estable. Me gustaría mostrar el legado de mi madre siempre, pero sin sobreexplotarlo, como algo puntual y con una visión muy buena. Creo que es el camino que estoy siguiendo, yendo a ferias internacionales, como la de París; trabajando con la galería de Rocío Santa Cruz; yendo a Arco… para que, si se generan ventas, sean a colecciones muy buenas, muy cuidadas.
—Una frase o mantra que te acompaña cada mañana al levantarte.
No perder la libertad. Ser libre en todos los sentidos. La libertad es un himno que tomo por bandera.










