En los últimos días han vuelto a circular informaciones sobre tensiones familiares entre Brooklyn Beckham, su mujer Nicola Peltz y los padres de él, David Beckham y Victoria Beckham. Más allá del apellido y del foco mediático, este caso ha reactivado una conversación que se repite en muchas familias lejos de los flashes: la dificultad de algunas madres para aceptar que sus hijos han formado su propia pareja y su propia familia emocional.
No es un asunto anecdótico ni exclusivo de celebridades. En España, este tipo de tensiones aparece con frecuencia en consulta y en conversaciones cotidianas, muchas veces normalizadas bajo la etiqueta de “roces familiares”. Sin embargo, cuando se mantienen en el tiempo, pueden convertirse en un desgaste silencioso para la pareja y, especialmente, para quien llega nueva a la familia.
El mito de la suegra que no acepta… y lo que suele esconder
Conviene empezar desmontando una idea muy arraigada. “La creencia de que las suegras no aceptan a las parejas de sus hijos, especialmente a las nueras, tiene mucho de mito y de prejuicio”, explica Jess O’Reilly, experta en terapia de pareja y colaboradora de We-Vibe. No es algo tan generalizado como se cree, y asumirlo de partida puede predisponer negativamente a todas las partes.
Ahora bien, cuando el conflicto aparece, suele tener que ver con la dificultad para asumir un cambio de rol. Cuando entra alguien nuevo en una familia, no solo entra una persona: llegan valores, costumbres y una forma distinta de entender los vínculos. Ese ajuste puede generar fricciones normales. El problema surge cuando no se tolera ese cambio.
El duelo no resuelto por perder centralidad
En algunos casos, la relación entre madre e hijo ha sido muy estrecha o incluso sobreprotectora. Si la madre ocupaba un lugar central en la vida emocional del hijo, la llegada de la pareja puede vivirse como una interferencia. No siempre hay mala intención, pero sí miedo a perder protagonismo.
“Si la madre no acepta que su hijo ahora tiene otra prioridad emocional, puede vivir a la pareja como una intrusa o una amenaza”, señala la experta. Psicológicamente, lo que aparece es un duelo no resuelto: dejar de ser el eje para pasar a un segundo plano. Pero, ¿y si el rechazo no va de la nuera (aunque lo parezca)?
“Suelen ser madres que no han asumido el paso de la dependencia vertical —la de la infancia— a la dependencia horizontal, cuando los hijos ya son adultos y autónomos”, explica Lara Ferreiro, psicóloga experta en parejas y autora del libro 'Ni un capullo más'. Es decir, madres que siguen vinculándose con sus hijos como si nada hubiera cambiado.
Aquí aparece con frecuencia el perfil de las llamadas madres helicóptero, que sobrevuelan la vida adulta del hijo y mantienen una relación de fusión emocional.
“Muchas veces ocurre con el primogénito”, añade la psicóloga. “En el caso de Brooklyn Beckham, por ejemplo, él es el mayor y puede ser vivido como el heredero emocional de todo”.
La idealización del hijo
Por otro lado, cuando un progenitor idealiza a su hijo, nadie estará nunca a la altura. La pareja entra, sin quererlo, en una comparación constante y desigual. El mensaje implícito es demoledor: “nadie te querrá como yo” o “nadie te cuidará mejor”.
Aquí aparece un error muy habitual: pedirle a la pareja que aguante comentarios, silencios o faltas de respeto para “no generar problemas”.
“Pedirle a alguien que tolere faltas de respeto para mantener la paz erosiona la confianza y la intimidad”, advierte la terapeuta. Sentirse respaldado fortalece la relación; sentirse invalidado la debilita. La paz basada en el silencio suele salir cara.
A veces se minimiza este conflicto pensando que “son cosas de familia” que no deberían afectar a la relación. Sin embargo, el cuerpo y el deseo no entienden de compartimentos estancos.
La nuera como amenaza: celos maternos que no se reconocen
Cuando ese vínculo no se recoloca, la llegada de la pareja se vive como una invasión. No de forma racional, sino emocional.
“La nuera se convierte en una amenaza emocional. Es como si rompiera algo. Como si ‘te robara’ el tiempo y la energía de tu hijo”, señala Ferreiro. “Aparecen celos no reconocidos, celos maternos”.
No se verbalizan como tales, pero se manifiestan en forma de competencia, críticas veladas o desautorizaciones constantes. El mensaje implícito suele ser claro: mi hijo es mío.
El control disfrazado de cuidado: la trampa más difícil de ver
Aquí aparece una de las dinámicas más dañinas y, a la vez, más invisibles: el control encubierto bajo la apariencia de amor y protección. "No se impone de forma directa. No grita. No amenaza. Aconseja", alerta la psicóloga y experta en pareja, Lara Ferreiro.
Frases como “lo hago por tu bien”, “solo quiero ayudar” o “eso no es lo mejor para vosotros” suenan cuidadoras, pero en realidad invalidan decisiones, autonomía y límites. "El amor se vuelve condicional: hay cariño si se obedece, si se guarda silencio, si se mantiene la imagen de familia unida", sostiene Ferreiro.
Este tipo de control genera adultos funcionales por fuera, pero emocionalmente atrapados. Personas que cumplen, que evitan el conflicto, que cargan con una culpa constante sin saber muy bien por qué.
La pareja como síntoma, no como problema
En estas dinámicas, la pareja acaba ocupando un lugar injusto: se convierte en “el problema” cuando en realidad es el síntoma de un vínculo previo que no ha sabido transformarse. Aparece entonces la triangulación: el hijo queda en medio, intentando no decepcionar a nadie, mientras la tensión se cronifica.
El coste psicológico es alto: ansiedad, sensación de traición haga lo que haga y desgaste emocional continuo.
Qué ayuda realmente cuando hay conflicto con la suegra
No hay soluciones mágicas, pero sí hay patrones que se repiten en las parejas que consiguen proteger su vínculo.
“Las relaciones son más fuertes cuando la pareja presenta un frente común”, explica O’Reilly. No se trata de romper con la familia, sino de dejar claro que la pareja es una unidad con espacio propio.
Los límites los pone quien pertenece a la familia
Uno de los puntos clave es que los límites deben comunicarlos los hijos, no la pareja externa. “Los límites funcionan mejor cuando los pone el hijo o la hija”, señala la experta. Delegar esta tarea en la pareja suele aumentar el conflicto.
Y es que nueva pareja no puede resolver un conflicto que no le pertenece. Su función principal es pedir respeto, defender su lugar y no aceptar dinámicas que la dañen. Intervenir más allá de eso suele empeorar la situación.
¿Y cuando nada cambia?
Hay situaciones en las que, pese a hablar y marcar límites, la dinámica no se modifica. Aquí aparece una decisión difícil, pero a veces inevitable: la distancia como forma de autocuidado
“Tomar distancia puede ser necesario para proteger el bienestar emocional y la relación”, explica O’Reilly. No siempre es una ruptura definitiva. A veces es una pausa, otras una reorganización del vínculo. En cualquier caso, no es castigo: es cuidado.








