Imagina que estás en una comida con amigos y, de repente, notas que algo se ha torcido. Puede ser un gesto extraño, una broma que no te hace gracia o simplemente la sensación de no encajar en la conversación, de ya no estar de acuerdo con algo que igual antes sí, o, simplemente, querer irte sin entender el motivo. El cuerpo se tensa, aparece el nudo en el estómago y la incomodidad se instala sin pedir permiso. Un fenómeno que, aunque muchas personas no lo sienten, es más común de lo que parece.
La psicóloga y doctora en neurociencia, Ana Asensio (www.vidasenpositivo.com), explica que esta experiencia no es algo raro ni mucho menos un error personal: "La incomodidad social surge porque nuestro cerebro está diseñado para la conexión y la pertenencia. Estructuras como la amígdala y la corteza prefrontal escanean constantemente si el entorno es seguro o no".
Es decir, nuestro cerebro funciona como un escáner emocional. Evalúa continuamente las señales externas —el tono de voz, la mirada, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace—. Cuando algo se percibe como incoherente o fuera de lugar, este órgano responde. Así lo especifica la psicóloga: “Cuando algo no encaja, como un gesto, un tono, una falta de sintonía o coherencia, se activa un sistema de alerta que nos hace sentir tensión a nivel fisiológico y emocional."
Este mecanismo, explica la especialista, no debe interpretarse como una debilidad, sino como una estrategia de supervivencia. En otras palabras, no es que "seamos demasiado sensibles, sino que esa incomodidad emerge como un recurso adaptativo". Incluso, "desde la neurociencia sabemos que no es un fallo, sino un mecanismo adaptativo que nos ayuda a diferenciar qué vínculos nos nutren y son seguros, y cuáles pueden desgastarnos o son peligrosos", señala la experta.
Cómo te hace sentir la incomodidad social
En la práctica, esa incomodidad social puede aparecer en múltiples contextos. Desde cuando alguien hace comentarios irónicos que nos resultan hirientes, pasando por cuando notamos que no tenemos voz en un grupo, o incluso cuando hay un clima de desconfianza sutil. Pero, ¿qué ocurre en el cuerpo en esos momentos? Ana Asensio comenta que, a nivel emocional, "cuando detectamos incomodidad, se activa una sensación de amenaza social similar al dolor físico. De hecho, estudios muestran que el córtex cingulado anterior, implicado en el dolor, también se activa cuando nos sentimos excluidos o incómodos con alguien."
Por eso, aunque no haya un peligro real, la fisiología se altera como si lo hubiera. Los síntomas pueden ser tanto leves, como incluso algunos más graves. "Notamos síntomas físicos como nudo en el estómago, taquicardia o incluso rigidez. Si además de la incomodidad sentimos a la otra persona como amenazante porque sus bromas nos parecen ofensivas, o porque sentimos que nos está juzgando o porque percibimos que no será alguien 'limpio' en la relación, el cuerpo responde como si hubiese un peligro real y liberará toda la química interna de estrés y defensa, aunque externamente no hagamos nada.”
La raíz de ese malestar no siempre está solo en el presente. Muchas veces toca fibras antiguas, como "recuerdos implícitos de experiencias pasadas de rechazo o falta de encaje.” Esto explica por qué, ante una situación aparentemente pequeña, sentimos una intensidad emocional mayor de lo que parecería lógico: lo actual se suma a lo que nuestro cuerpo recuerda, aunque no siempre lo tengamos claro de forma consciente.
¿Es posible gestionar la incomodidad social?
Sentirse incómodo en determinadas ocasiones es normal, pero si esta sensación se produce con frecuencia y comienza a ser un problema, existen varias herramientas para que la incomodidad no se convierta en un bloqueo. Si la sensación te frena al quedar con gente o te genera demasiada ansiedad antes de hacerlo, lo más recomendable es acudir a terapia y dejarse aconsejar por un experto en salud mental. Sin embargo, Ana Asensio también señala cuatro pautas a seguir a tener en cuenta cuando creemos que puede ser gestionable:
- Regular la fisiología: Empezar por el cuerpo y practicar técnicas como "la respiración profunda, que activa el nervio vago y ayuda al sistema nervioso a pasar de alerta a calma"-
- Autoafirmación consciente: Otra clave está en no confundir el entorno con nuestra valía personal. "Conviene recordar que la incomodidad no significa que no seamos adecuados, sino que ese entorno no nos sienta bien. Es importante saber que no tenemos por qué sentirnos bien en todos los lugares, lo importante es identificarlo y actuar con asertividad".
- Redefinir la pertenencia: Además, podemos revisar la calidad de nuestros vínculos y elegir con mayor libertad con quién compartirnos. "Desde la neurociencia social sabemos que el cerebro necesita grupo, pero no cualquier grupo. Podemos elegir rodearnos de personas que nos aporten seguridad y autenticidad y con las que nos sintamos en casa.”
- Practicar la flexibilidad cognitiva: Cultivar una mirada más flexible ante lo que ocurre. "Por ejemplo, podemos cambiar el foco de pensar que nos están juzgando a que estamos observando cómo nos sentimos. Esto reduce la rumiación y abre espacio para actuar con calma".
La incomodidad social no es una enemiga, sino una brújula que nos orienta hacia dónde conviene quedarnos y de qué vínculos quizá debamos tomar distancia. Como resume la especialista: "En definitiva, la incomodidad es un mapa interno y nos avisa de qué relaciones nos expanden y de cuáles conviene tomar distancia. Escucharla y gestionarla con herramientas de regulación y autoconciencia es clave para cuidar nuestro bienestar emocional y social".