No ha sido un solo instrumento el que se ha quedado mudo con la muerte de Igor Arzuaga. El piano, la guitarra, el acordeón, el bajo y los teclados han perdido a un músico que sabía desenvolverse con todos ellos. El artista vasco, nacido en 1976 en Llodio (Álava), falleció este martes, 20 de octubre, a los 50 años, aunque por el momento no han trascendido las causas de su muerte.
Su fallecimiento supone una pérdida para el mundo de la cultura vasca, donde era conocido no solo por su talento musical, sino también por su faceta como poeta, pintor y dibujante. A lo largo de su vida, Arzuaga desarrolló una carrera marcada por la creatividad y por su interés en explorar distintas formas de expresión artística.
De sus comienzos en Exkixu a una extensa carrera en solitario
Igor Arzuaga descubrió su pasión por la música siendo muy joven, influido por su entorno familiar. Con apenas 18 años se incorporó al grupo Exkixu, una de sus primeras experiencias profesionales, y posteriormente colaboró con el cantautor Mikel Urdangarin.
Sin embargo, fue en su carrera en solitario donde encontró una mayor libertad para desarrollar su propio estilo. A los 25 años publicó su primer disco, Argi izpi bat, al que siguieron numerosos trabajos como Smog (2004), El perro corredor (2007), Lagun eroa (2008) y Una cabra en la escalera (2009).
Su música mezclaba estilos tan diferentes como el pop, el folk, el jazz, el rock y la canción de autor francesa. Llegó a publicar más de una docena de trabajos discográficos, entre ellos Ekaitza ostean (2021) y Eider laukotea (2025), demostrando que su inquietud artística se mantuvo hasta sus últimos años.
Un artista que también encontró su voz en la poesía y la pintura
Pero la música no fue su única pasión. Arzuaga también dedicó buena parte de su vida a escribir y dibujar. Publicó dos poemarios, De espantapájaros y escarcha y Embriagado de infinitos, en los que abordó sentimientos como el amor, la soledad, la nostalgia y el paso del tiempo.
Para él, la poesía y la música estaban estrechamente relacionadas. "En mis composiciones la poesía tiene tanta importancia como la música, y por supuesto, seguiré escribiendo", explicó en una entrevista concedida a Diario de Noticias de Álava.
Su curiosidad también le llevó a viajar a ciudades como París y Nueva York, donde llegó a tocar en el metro y en la calle. Aquellas experiencias inspiraron algunas de sus composiciones y reforzaron su manera de entender el arte como una forma de conectar con las personas.
De hecho, en aquella misma entrevista dejó una reflexión que hoy cobra un significado especial. "El mundo no necesita de grandes artistas, sino de buenas personas", aseguró, convencido de que la música podía ayudar a los demás a encontrar respuestas y afrontar momentos difíciles.
Además, participó en proyectos teatrales como actor y compositor, y expuso sus dibujos y pinturas en diferentes espacios culturales.
Su muerte deja una importante pérdida en la cultura vasca, pero también una obra que seguirá viva a través de sus discos, sus poemas y sus dibujos.






