Prometía ser una noche única, o más bien, deslumbrante, por el brillo de las joyas, los invitados y el escenario elegido. Era uno de excepción, el majestuoso palacete que fuera residencia del coleccionista José Lázaro Galdiano y su mujer, Paula Florido; hoy convertido en uno de los museos más emblemáticos de nuestro país, el Lázaro Galdiano. Allí, en el corazón del madrileño barrio de Salamanca, se inauguraba ayer la exposición 'Un diálogo con el arte', un recorrido inédito por los más de ochenta años de historia de la casa de joyería Suarez, y un encuentro entre dos mundos -el arte y de la joyería- que comparten una misma esencia: la belleza, la artesanía y las obras que son capaces de ir más allá del tiempo y convertirse en un legado eterno.
A la ocasión no podían faltar embajadoras y amigos, como Sassa de Osma, feliz de reencontrarse con sus 'chicas' -como ella misma contaba-: Cleopatra Zu Oettingen-Spielberg -con la que tantas veces ha compartido front row-, Karla Cova Villa, Alex Rivière, María Vega-Penichet e Inés de Cominges. Tampoco Alejandra de Rojas, Lulu Figueroa, Laura Ponte, Andrea Pascual, Inés Ybarra y Claudia Osborne.
Una cumbre de estilo y el preámbulo perfecto para adentrarse en un fascinante viaje a través del tiempo, la memoria y la maestría artesanal. Porque, en esta ocasión, había mucho que celebrar. No sólo esta exhibición, comisariada por Eloy Martínez de la Pera, que podrá visitarse hasta el próximo 25 de octubre. También la presentación de Sinfonía, la nueva colección que ha creado en colaboración con Amfitheatrof Studio -de la conocida diseñadora Francesca Amfitheatrof-.
Un diálogo entre obras de arte y piezas eternas
Todo comenzaba en el Pórtico del museo, el umbral que marca el paso de los frondosos jardines al universo de la exposición -comisariada por Eloy Martínez de la Pera-. Bajo la atenta mirada de la 'Pescadora' que Alberto Arrue pintó en 1943, el mismo año en el que don Emiliano Suárez Faffian inauguraba aquella primera tienda-taller de joyería en Bilbao que estaba destinada a hacer historia; y con una gran instalación de madera, inspirada en esas cajas que custodian las obras de arte en su traslado, y que resumen los cuatro pilares de la firma: Origen, Legado, Artesanía y Contemporaneidad.
Ahí empezaba el diálogo entre las joyas históricas de la casa, las de nueva creación y el arte, que continuaba en la Planta Noble y culminaba en la Sala Sinfonía, donde la artista Amaya Hernández ha creado un espacio que invita a observar las joyas desde una nueva perspectiva. Porque, quizá, a simple vista, algunos no hayan reparado en ellas o las hayan percibido como simples accesorios, pero también han escrito la Historia del arte y han sido retratadas, a lo largo de los siglos, como un símbolo de poder, memoria e identidad.
Y todavía quedaba una sorpresa más, la presentación de Strata, una joya única de estilo Art Déco, con dos aguamarinas -que evocan a los estanques junto al Palacio de Cristal- y esmeraldas -en un guiño a los jardines del Parque del Retiro-. Una pieza que se incorpora a la colección del museo y que, también, escondía un homenaje a la que antaño fue su dueña, Paula Florido, que adoraba el color azul.
Un oasis botánico
Tras este fabuloso recorrido, la noche llegaba a su fin en los jardines del palacete. Un oasis botánico con árboles y plantas llegados de distintas partes del mundo -desde la India hasta Japón-, y con la Pérgola -que había sido reinterpretada- como punto de encuentro.
El tiempo parecía haberse detenido. Era el final perfecto para una cita inolvidable.


























