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La primera, en la Plaza Jamaa el Fna

La imagen más reconocible de la ciudad roja, la plaza mil y una veces fotografiada, ha de ser el inicio de cualquier ruta que te lleve a perdernos por Marrakech. El atardecer es su momento mágico cuando la plaza, Patrimonio de la Humanidad, se llena de saltimbanquis, músicos, tatuadoras de henna, vendedores y hasta encantadores de serpientes. Todo un espectáculo. No es mala idea admirarla también desde las azoteas de alguno de los muchos cafés que la rodean, como el Glacier o el de France.

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Junto a las murallas

Del siglo XII, las murallas rodean la medina de la ciudad. Su color rojizo, debido a la arcilla roja y el adobe utilizados en su construcción, cambia de tonalidad con las horas del día. Varias veces atravesarás alguna de sus puertas.

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Frente a la mezquita Koutoubia

Aunque el acceso al interior solo se permite a los musulmanes, merece la pena acercarse a sus pies para admirarla. Su minarete, el más alto de la ciudad con casi 70 metros, sirvió como modelo a la Giralda de Sevilla. También merecen una pausa los jardines que la rodean.

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En las calles laberínticas de la medina

Marrakech es una ciudad segura y no será problema adentrarse en su medina para pasear sin rumbo por sus calles. En el camino será fácil que te encuentres con algún aguador (al que harás una foto seguro) o con jóvenes que se ofrecen como guías para acompañarte por sus zocos y mercados y, de paso, llevarse una comisión.

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Descansando en un riad

En plena medina se descubren muchos de estos exquisitos palacetes reconvertidos en hoteles con encanto. Pequeños oasis en el corazón de la ciudad con no más de una decena de habitaciones alrededor de un patio con fuente o estanque, saloncitos con chimenea, salas donde degustar un buen té moruno, seductores rincones o terrazas en las azoteas desde la que divisar el ajetreo de las calles y hacerse el mejor de los selfies. Algunos de los más exquisitos son Villa des Orangers (villadesorangers.com/es/), muy cerca del palacio de la Bahía, donde aprovechar y disfrutar de su excelente spa, o Dar Dama (dardarma.com/en/), un precioso palacio a unos minutos de la plaza Jamaa el Fna donde cada habitación es diferente.

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Paseando  por el zoco

No es posible visitar Marrakech sin perderse por los zocos, en ellos reside la esencia de la ciudad. Un lugar donde lanzarse al regateo de alfombras, cuero, joyas, lámparas y los mil y un objetos que pueden descubrirse en sus puestos. Lo mejor será dejarlo para el final del viaje, cuando estaremos más acostumbrados al arte del regateo.

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Frente a las tumbas de la dinastía Saadí

Sin salir de la medina encontrarás las tumbas saadíes, del siglo XVI, que albergan los restos de unos sesenta miembros de la dinastía Saadí, donde destaca el mausoleo, con una sala con doce columnas construidas en mármol de Carrara y la tumba del sultán Ahmad al-Mansur y sus herederos varones. La decoración es de gran belleza, con azulejos esmaltados, frisos con fragmentos del Corán, estucos de nido de abeja…

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En los patios del palacio de la Bahía

Dentro de la medina se descubre este palacio (palais-bahia.com/es/) construido a finales del siglo XIX con la intención de ser el más grande de todos los tiempos. Sus patios y jardines, repletos de plataneros, naranjos, jazmines y fuentes, son el mejor marco para cualquier foto. En el interior, las salas están lujosamente decoradas con mármoles, vidrieras, estucos, esculturas y especialmente bonitos son algunos de sus techos, con artesonados pintados con tintes naturales. Por algo es uno de los monumentos más visitados de Marruecos.

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Mientras cenas en La Mamounia

Sea para cenar o tomar un té, es obligado una pausa en este mítico hotel lleno de glamour con unos espléndidos jardines (prepara ahí la cámara) en los que disfrutar un rato si el bolsillo no alcanza para alojarse en él. Galardonado como ‘Mejor Hotel del Mundo 2018’ (mamounia.com/es), tiene cuatro restaurantes, para elegir entre cocina marroquí (en la imagen), italiana, francesa o, en el pabellón de la piscina, una comida más informal. Todos requieren de un código de etiqueta, así que será el momento de ponerse guapos.

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En La Menara, con el mejor telón de fondo

Una visita muy agradable al atardecer es pasear por los jardines de La Menara, con su precioso estanque rodeado de olivos y las increíbles vistas de la cordillera del Atlas al fondo. Una de las fotos imprescindibles de la ciudad.

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En los jardines Majorelle

Un oasis de muros de un azul intenso que el genio de la alta costura Yves Saint Laurent recuperó creando un pequeño y exótico paraíso vegetal que es toda una delicia. Cactus, palmeras, jazmines, bambús, yucas y muchas otras especies vegetales se encuentran en este remanso de paz en el barrio de Guéliz.

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De compras por el barrio de Guéliz

Este barrio se encuentra en la zona nueva y más occidental de la ciudad, con amplias avenidas diseñadas durante el protectorado francés, como la de Mohamed V y Mohamed VI, llenas de tiendas de ropa, grandes firmas, decoración, galerías de arte contemporáneo, modernos hoteles o restaurantes como el exclusivo Al Fassia, uno de los mejores de Marrakech.

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