"Esta es la llave de la entrada, esta otra es la de tu habitación y esta azul es la «llave maestra» con la que vas a poder moverte por casi todo el recinto", explica en su acento de Sevilla el hermano José Antonio, hospedero del Real Monasterio de Santa María de El Paular. Que me tutee sin formalismos y me reciba con dos besos hace que me intimide algo menos la idea de compartir unos días con los nueve benedictinos que cuidan de este gran monumento junto al pueblo de Rascafría, en la vertiente madrileña del Parque Nacional de la Sierra de GuadarramaLa primera cartuja de Castilla, levantada en 1390 por la casa de Trastámara, queda a poco más de una hora de la capital, pero, en realidad, está a años luz. A los pies del macizo de Peñalara, en pleno valle del Lozoya, el silencio se vuelve una presencia constante. "Me costó acostumbrarme a él cuando, hace tres años, llegué aquí tras abandonar mi vida de seglar", prosigue el hospedero mientras, mostrándome el complejo, me pone al tanto de sus normas. Son pocas. Bastará, en esencia, con respetar la paz del lugar y asistir a las oraciones antes de desayunar, almorzar y cenar en compañía de sus monjes; algo tan poco frecuente en otros monasterios masculinos como que acojan a mujeres o parejas.
Ni menciona que el móvil debe estar apagado en las áreas comunes, quizá dando por hecho que tengo suficiente sentido común para no usarlo fuera de mi cuarto. Por si acaso, un recordatorio sobre la mesilla detalla cada aspecto de la convivencia, amén de los horarios a cumplir. Porque, aunque sus habitaciones pasarían por las de un hotel, esto no lo es. Importante, pues, memorizar las horas de las tres comidas a las que, con sus respectivos rezos previos, obligan a asistir.
A lo que no obligan a nadie en El Paular es a rezar y, sin embargo, también los laicos suelen sumarse a los oficios, ya opcionales, de maitines, a las seis y media de la mañana, y completas, a las diez de la noche. Hipnóticas como una meditación, las voces al unísono de los monjes nutren el espíritu tanto como el regular compás de las jornadas o eso de hablar apenas y a susurros. Todo se confabula para desenmarañar alma y mente de los demonios cotidianos. Reflexión, consuelo, un reencuentro con uno mismo…, igual que no preguntan a nadie si cree o no, tampoco le preguntan qué ha venido a buscar.
Si bien muchos huéspedes acuden para un retiro espiritual en toda regla, el padre Joaquín, prior de El Paular, se felicita de que haya también quien venga a concederse un paréntesis de búsqueda interior ¡y hasta para preparar unas oposiciones! El entorno, desde luego, ayuda. Como entre el desayuno y la cena no ponen impedimento para entrar y salir, las rutas senderistas a emprender por los alrededores se me hacen una tentación. Sin embargo, no dispongo de los diez días de estancia máxima que permiten los monjes y, bien mirado, para disfrutar de estas sierras hay casas rurales para dar y tomar. Empaparse de la mística de El Paular se intuye un privilegio mayor. Al final, apenas me alejaré a pasear junto al río o, sin ni siquiera franquear la verja del monasterio, por sus antiguos huertos, hoy ya sin cultivar.
Habituado a que los recién llegados se pierdan el primer día, el hermano José Antonio va dejando pistas tras acceder con la llave azul del ala de las habitaciones al claustro principal. Por sus cuatro flancos, bajo la verticalidad de las bóvedas de crucería concebidas por Juan Guas, cuelgan los 52 lienzos de más de tres por tres metros pintados para El Paular por Vicente Carducho (Florencia 1576-Madrid 1638). "La puerta a las habitaciones queda junto al Carducho número 30 –me advierte–. Luego giras a la izquierda y ya ves, al fondo de la galería, la estatua de san Benito, fundador de la orden benedictina. La siguiente puerta es el oratorio, adonde habrás de llegar puntual antes de cada comida. Como de allí iremos todos juntos al refectorio, solo tendrás que seguirnos en silencio una vez haya salido el último hermano".
Al jardín del interior del claustro, un recoleto oasis para sentarse a leer, solo acceden los monjes y, con la 'llave maestra', también los huéspedes. A su alrededor, entre la colección de Carduchos, un laberinto de puertas no lo pone tan fácil a pesar de las indicaciones del hospedero. Algunas conducen a los tesoros más valiosos de El Paular, mientras que la mayoría dan a las antiguas celdas de los cartujos. Hasta la desamortización de Mendizábal de 1835, ellos fueron los dueños de esta opulenta cartuja que atesoraba más de 80.000 ovejas merinas y hasta el molino de papel con el que se imprimieron las primeras ediciones del Quijote. Cuando en la pasada década de los 50 se le propuso a esta orden regresar a El Paular, el edificio estaba tan destrozado que declinaron la oferta. Recogieron el guante los monjes benedictinos, quienes ayudaron a restaurarlo y hoy viven, principalmente, de mostrar el monasterio en las tres visitas diarias que suele guiar el encantador hermano Enrique. También se ganan el pan con los retiros que albergan para grupos, sus cursos sobre la Biblia –interesantísimos incluso para el ateo más recalcitrante– y estancias, como la de una servidora, en su centro de espiritualidad monástica.
Tras probar torpemente con la llave azul en varias cerraduras, acabo dando con el famosísimo Sagrario o Transparente donde, más incluso que sus excesos barrocos, encandilan los suelos florales de mármol. Siguiendo un leve aroma a incienso, después de atravesar un claustrillo con azulejos de Talavera de la época de los cartujos, aparece por fin la iglesia y su descomunal retablo gótico de alabastro, el mejor de España en su estilo. No hay nadie más. El hermano Enrique muestra en las visitas guiadas esta maravilla que también disfrutarán los fieles durante la misa cantada en gregoriano de los domingos, pero, como huésped, tengo la iglesia a solas para mí, al igual que la sala capitular, sus capillas o el claustro, con todo el tiempo del mundo para paladear cada Carducho.
A la hora de la comida, en el refectorio se sirve en ocasiones especiales. Para el día a día, los monjes se sirven de otro comedor mucho más modesto. En él comparten con los hospedados primero, segundo y fruta, como en el cole, en riguroso silencio mientras un hermano lee el Evangelio. Como única concesión a su austeridad, se sirve un vasito del vino con etiqueta de El Paular que, entre otros productos de la tienda para los visitantes, contribuye al sustento de estos monjes fieles al ora et labora y a la Regla 53 de san Benito: A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como a Cristo. A diferencia de otros cenobios, aquí ese 'todos' nos incluye a las mujeres (monasteriodeelpaular.com).
OTROS MONASTERIOS (CON GREGORIANO) DONDE PUEDES HACER UN RETIRO
A veces a cambio de la voluntad y a veces por un módico donativo que, junto al alojamiento, incluye todas las comidas, estos son algunos de nuestros favoritos para una estancia de, en general, un mínimo de tres noches y un máximo de, incluso, 20. Como en Santa María de El Paular (monasteriopaular.com), en todos se puede escuchar cantar en gregoriano. Puro alimento para el alma.
Santo Domingo de Silos (Burgos)
A una hora de Burgos, esta monumental abadía de benedictinos cuenta con hospedería, aunque exclusivamente masculina (abadiadesilos.es).
Santa María la Real de las Huelgas (Burgos)
Además del principal monasterio cisterciense femenino de España, este tesoro de la capital burgalesa pertenece a Patrimonio Nacional y acoge en su hospedería a mujeres, si bien a veces hacen excepciones (monasteriodelashuelgas.org).
San Salvador de Leyre (Navarra)
Solitario entre los montes navarros, este precioso monasterio de benedictinos cuenta con hospedería solo para hombres, pero fuera de la clausura disponen de un hotel-restaurante abierto también a mujeres y niños (monasteriodeleyre.com).
Santa María de Poblet (Tarragona)
En la comarca tarraconense de la Conca de Barberà, esta joya Patrimonio de la Humanidad admite en su hospedería solo a hombres, aunque a las puertas abren a todo el mundo un hotel con muy buen restaurante (hostatgeriadepoblet.cat).
San Pelayo (Oviedo)
Las Pelayas, como las llaman cariñosamente, son las monjas más queridas de Oviedo y las más famosas gracias a las pastas que salen de su obrador y sus discos en gregoriano. Regentan una hospedería mixta (sanpelayomonasterio.org).
San Pelayo de Antealtares (A Coruña)
San Paio, en gallego, fue fundado en el siglo ix para acoger en el corazón de Santiago a los monjes encargados de velar por las reliquias del apóstol. En 1499 los sustituyeron las benedictinas, quienes despachan a través del torno la repostería que hornean y gestionan un museo de arte sacro y una hospedería mixta (monasteriosanpelayo.org).
San Salvador (Burgos)
En el pueblito burgalés de Palacios de Benaver, las monjas de este monasterio albergan tanto a hombres como a mujeres en uno de los cenobios femeninos más antiguos de la península. (benedictinaspalacios.com).













