En el municipio de La Vall d’Uixó, al pie de la sierra de Espadán, se adentran en las Coves de Sant Josep más de 200 mil personas cada año. Una gruta archifamosa, cuya belleza se multiplica al reflejarse en el río subterráneo navegable más largo de Europa, es recorrida por sus visitantes de forma ejemplar, sin colas y sin prisa pero sin pausa, en barcas impulsadas a mano con una larga perxa, como en la Albufera de Valencia. La visita en barca está muy bien, pero al atardecer, cuando se marchan los turistas, ocurre algo mucho mejor, más intenso. Es la hora del espeleokayak. Entonces, un pequeño grupo guiado por expertos se desliza por el río soterraño en perfecto silencio, casi sin remar. Solo se oye el agua, cayendo gota a gota de las estalactitas sobre los remansos de color turquesa. Eso y los latidos del propio corazón.
La gruta mide actualmente 2860 metros y el recorrido turístico se alarga hasta superar el kilómetro: 800 metros navegando y 250 a pie.
Bien equipados y aleccionados, los aventureros dan sus primeras paladas por la galería que conduce desde el embarcadero hasta la Sala de los Murciélagos. Aquí, una o dos veces al mes, se celebran los conciertos acústicos Singin’ in the Cave, en los que grandes artistas como Amaral, Coque Maya o Russian Red actúan para un reducido público, todos a bordo de un puñado de barcas. Aquí también se abre la Boca del Forn, el primer sifón de la cueva, la primera angostura seria, donde se ha de remar con sumo cuidado para no arañar las embarcaciones con las paredes angulosas. Al otro lado aguarda la Sala de Diana, un lago turquesa en el que está permitido saltar del kayak y nadar. Pero ahora no. Mejor a la vuelta.
Los siguientes hitos del recorrido son el Pozo Azul –máxima profundidad del río subterráneo: once metros– y la Galería de los Sifones, otro paso bien estrecho. Luego se llega a la Galería Seca, que hay que examinar a pie –ojo a la Cascada de la Flor–. Y, por último, a la Catedral, la sala de techo más alto de la cavidad –doce metros–, en cuya bóveda el agua ha esculpido la cabeza y los tentáculos de la Medusa. Más allá no se puede seguir navegando. Hay que caminar con el agua por la cintura, por el pecho, por el cuello… aferrados a una cuerda-guía e iluminados por el frontal, buscando la desconocida fuente del río. Pero ya no es espeleokayak, es espeleología. Para esto hay que ser muy osado, estar en óptima forma y apuntarse a la actividad Origen.
Desde 2017 ofrece algo tan distinto, experiencial y sostenible como el espeleokayak.
MUY PRÁCTICO
- La actividad de espeleokayak no se contrata presencialmente, solo online (covesdesantjosep.es) y con bastante antelación. Se realiza en grupos reducidos, de no más de 16 personas, guiados por tres monitores. Dura una hora y media y cuesta 50 €. No se necesita experiencia previa, solo saber nadar y no tener mucha claustrofobia.
- Para adentrarse más en la cueva y explorar una zona casi virgen, se ha de reservar la experiencia Origen, de tres horas de duración (100 €).
- ¿Más adrenalina? La misma empresa que organiza el espeleokayak, Viunatura (viunatura.com), ofrece la posibilidad de recorrer la vía ferrata Sants de la Pedra en unos acantilados de la sierra de Espadán próximos a La Vall d’Uixó (por 40 €). El Paso del Pajarito es lo más delicado y emocionante de este recorrido aéreo de cuatro horas.
- Para reponer energías después de tanta actividad, nada como la leche merengada de Aquilino. Está en el número 6 de la avenida Jaume I, a dos pasos del ayuntamiento de La Vall d’Uixó.
CUÁNDO IR
Invierno es la mejor época, cuando hay menos turistas. La temperatura dentro de la cueva es de 20 ºC todo el año y la del agua no baja de 18 ºC, pero la actividad se realiza con neopreno.
MÁS ALLÁ DE LA CUEVA
Lo que redondea cualquier visita a la cueva es andar por el Camí de l’Aigua, un paseo urbano autoguiado que sigue el trazado de la antigua Acequia Mayor, la que llevaba el agua desde la gruta hasta los huertos de La Vall d’Uixó, atravesando el casco urbano. Aunque no se desee hacerla entera, como mínimo hay que acercarse a la plaza Duques de Segorbe para admirar los acueductos de Sant Josep de l’Alcudia, por los que el agua salvaba el barranco de Aigualit. A 900 metros se ve la colina donde se esconde la cueva, coronada por la ermita de la Sagrada Familia y los restos del poblado ibérico de Sant Josep. Y, en la misma plaza, la antigua Fábrica de la Luz, que pronto acogerá el museo arqueológico.
Siguiendo la dirección que llevarían las aguas, se descubren espléndidas casonas –como el Palau de Vivel– e interesantes restos arqueológicos, incluido un pedazo de la propia acequia en la plaza del Centro, la del ayuntamiento. Al final de este paseo se encuentra la iglesia de la Asunción, que tiene un curiosísimo grafiti y una preciosa escalera de caracol para subir al campanario. Desde allá arriba se ve, a ocho kilómetros, un mar de agua salada: el Mediterráneo. Y a dos kilómetros, bajo la sierra de Espadán, se barrunta otro de agua dulce: el que rebosa del centro de la Tierra y aflora en Coves de Sant Josep. Por los dos se puede navegar.








