Santillana del Mar, belleza infinita en Cantabria

No será santa, ni llana, ni tendrá mar, pero este recoleto pueblo de Cantabria se ha ganado a pulso a lo largo de los siglos ser considerado de los enclaves más bellos de España. Entre adoquines, refinadas casas y sobaos, te contamos por qué.  

Por CRISTINA FERNÁNDEZ

El primer bocado resulta delicioso, pero los que le siguen –las cosas como son– saben a gloria. Quizás sea porque el entorno en el que nos encontramos, en pleno corazón de Santillana del Mar, rodeados de vetustas casonas de piedra, suelos adoquinados y balcones floridos, influye en que el sobao que acabamos de catar sea especial. Exquisito.  Tal vez sea, sin embargo, porque en el establecimiento en el que nos encontramos, donde hemos dado buena cuenta, de paso, de un vaso de leche procedente de las vacas que pastan por las verdes praderas cántabras, lleva especializado en estas ricas viandas desde hace más de 60 años. Se trata de Casa Quevedo, y fue precisamente su fundadora, María Luisa, quien inventó el dicho que decía que quien visitara Santillana del Mar, y no se tomara un bizcocho con leche, no se casaría. Quedaba clara la picaresca de quien sabía que el público no tardaría en llegar, fuera a ser que, por ignorar un simple gesto, no acabara pasando por el altar. Hoy, su hija Leonor, continúa con la tradición en el número 10 de la calle Río. 

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Tras disfrutar de esta experiencia gastronómica habrá que comenzar a deambular por las callejuelas empedradas de Santillana para empaparse de la esencia medieval que colma cada uno de los rincones de «la ciudad de las tres mentiras», como se le apoda (ni llana, ni santa ni tiene mar, aunque esto es relativo, pues en el municipio están la playa de Santa Julia de Ubicarco). Paseando no tardaremos mucho en llegar a sus lugares clave, pero menos tardará la localidad, ya lo advertimos, en conquistarnos.  

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Santillana del Mar ha pasado por diversos momentos en su historia. De localidad ganadera pasó a transformarse en una villa codiciada por los más nobles hidalgos, muchos de los cuales durante el siglo XVI se vieron obligados a emigrar. Más tarde regresarían con grandes riquezas logradas más allá de las fronteras de Cantabria, sobre todo en las Américas, y construirían elegantes casas de piedra, torres y palacios con los que dotarían a la villa de su sello de identidad.  

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Recorrer la calle principal de Santillana del Mar, localidad a la que solo se puede acceder en coche si se es vecino –cuenta con aparcamientos en cada una de sus entradas– es sentirse atraído por cada detalle a cada paso. Bautizada como la calle de Santo Domingo, acaba bifurcándose en dos vías menores que conducen hasta algunos de los mayores atractivos de Santillana.  

Sin embargo, el encanto del destino no reside únicamente en sus monumentos, que también. Fijarnos en los blasones familiares de sus numerosas casonas es otro aliciente. Otras, indican el año de construcción. Como hacerlo en los balcones de forja rebosantes de flores, que invitan a fotografiarlos con la intención de llevarnos un pedacito de este hermoso edén a casa. Los meses de otoño e invierno, cuando el turismo cesa un poco, es incluso más atractivo para conocer sus encantos. 

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En la plaza Mayor, de curiosa forma triangular, se concentran el edificio del ayuntamiento, la torre de Don Borja, algunas de las casas más emblemáticas de la villa y el Parador de Gil Blas (parador.es). Pero vayamos por partes. Para empezar, por qué no, echando un vistazo a las exposiciones sobre cultura y etnografía cántabras que suelen tener lugar en el interior de las casas del Águila y de la Parra (centros.culturadecantabria.com), ejemplos de la arquitectura civil de los siglos XVII y XVI. La Torre de Don Borja, del siglo XIV, da cobijo a la Fundación Santillana, que acoge una interesante colección de arte contemporáneo, mientras que el Parador se halla en la antigua casona de los Barredo-Bracho, del siglo XVIII, un buen lugar para reservar mesa en su restaurante y disfrutar de la cocina cántabra. Su nombre, curiosamente, procede de la ficción, pues fue el tal Gil Blas el personaje de un pícaro descrito por el francés Lesage en uno de sus libros, aunque este jamás pisó la villa. Con sus arcos, sus sillares, su portón adintelado y sus balcones, es otro de los imperdibles de Santillana del Mar.  

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Además, la Torre del Merino, del siglo XIV, es el edificio más antiguo de todos y fue, durante la Edad Media, el hogar del representante del rey de Asturias.  

El asunto se revoluciona del todo, en lo que a descubrir tesoros patrimoniales se refiere, en la calle del Cantón. Aquí la sucesión de casas solariegas de elegante porte es una constante. ¿Con cuáles nos topamos? Pues, para empezar, con la de estilo gótico de Leonor de la Vega, del siglo XV, madre del marqués de Santillana. Muy cerca la popularmente conocida como casa «de los Hombrones» nos sorprende con un blasón de lo más singular, en el que queda representada una serie de señores con bigote. Gran parte de los bajos de las propiedades, en los espacios que un día sirvieron de graneros, hoy se alojan innumerables tiendas de recuerdos y artesanía donde hacerse con anchoas del Cantábrico, sobaos o lo que se tercie que llevarse a casa. 

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La joya de la corona, eso sí, aparece ante nuestros ojos al final de la vía: la colegiata de Santa Juliana, el mejor ejemplo de monumento religioso románico de Cantabria, es la apoteosis final a cualquier visita que se precie a la villa. Fue construida en el siglo XII sobre una antigua ermita, y su fachada principal cuenta con un frontón triangular cubierta de una galería de quince arcos que queda enmarcada por tres torres. Aunque la obra de arte maestra del enclave es, sin duda, el espectacular claustro, uno de esos rincones en los que el tiempo parece pararse. Paramos, nos asomamos a uno de sus arcos y, simplemente, contemplamos la belleza. La forma en la que fueron esculpidos sus capiteles es de una sutileza absoluta. 

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Para finalizar la escapada, nada como una fascinante incursión al universo de otro de los grandes atractivos de Cantabria: la cueva de Altamira, que tiene su espacio en Santillana de Mar, concretamente en la Neocueva (culturaydeporte.gob.es). ¿Y de qué se trata? De una reproducción tridimensional absolutamente rigurosa de cómo era esta cavidad hace entre 35.000 y 13.000 años atrás, donde se muestran las características del hábitat de quienes la poblaron y las particularidades del arte rupestre que dejaron plasmado en sus paredes para la posteridad. Una visita imperdible con la que acabar, no cabe duda, un viaje redondo a este hermoso enclave norteño.  

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DORMIR EN UN PEDACITO DE HISTORIA

No hay rincón de Santillana del Mar que no tenga algo que contar, y eso mismo ocurre con el alojamiento que nos disponemos a elegir. Porque la Casa del Organista (casadelorganista.com), es precisamente esto, la casa del organista que un día tuvo la mismísima colegiata. Un elegante edificio construido en el siglo XVIII que ha sido delicadamente restaurado por las manos de artesanos canteros y ebanistas que transformaron la vetusta construcción en un acogedor hotel con encanto de ocho habitaciones. Su fachada de sillería abraza en su interior una pequeña librería, un cuidado espacio para los desayunos y bonitos balcones en madera que son la delicia del lugar. Un alojamiento único e inigualable donde la experiencia irá mucho más allá de dormir: se disfrutará de un pedacito de historia.