Los franceses utilizan una expresión bastante elocuente, aun dentro del no estar diciendo nada. Sería esta: Je ne sais pas quoi. Porque quién sabe si es por el gesto o por la estructura ósea, por la mirada, la forma de moverse, de ocupar el espacio o por la elegancia natural (que aquí nos metemos en otro berenjenal), por la luz interior o el fuego en las pestañas, hay quien tiene un algo que lo cambia todo. "Un qué sé yo", que sería la traducción al castellano. Eso que marca la diferencia y que consigue que mientras hay gente que, con unas joyas espectaculares aderezando un vestido de corte impecable y tejido preciadísimo, parece que se acaba de levantar de la cama tras una noche toledana, hay otra que, con una camiseta blanca de mercadillo y un vaquero mondo y lirondo es de un chic que te tira de espaldas. Obviamente, Beatrice Borromeo y Pierre Casiraghi son de este otro tipo de seres afortunados.
Gente de otra pasta, más allá de que, sí, también la tengan en forma de billetes verdes. Ambos, con nieve hasta las rodillas, con los niños acolgajados de la cintura o con un peto de pana, podrían protagonizar cualquier anuncio de un brand de lujo, máxime cuando, además, el entorno que los rodea ya es de máximo lujo.
La pareja, acompañada de sus hijos y quintaesencia del glamour de la Costa Azul y, también, de los grandes lagos italianos, recibieron el año en el epítome de la exclusividad en lo que a deportes blancos se refiere: la estación de Saint-Moritz, donde, además, se convirtieron en instructores de esquí de excepción de, al menos, sus hijos pequeños Stefano y Francesco, que Bianca es aún muy chiquitita.
Y es que Pierre Casiraghi nació, como quien dice, con los esquíes puestos. Desde pequeño domina el arte de deslizarse ladera abajo por las estaciones invernales más exclusivas del mundo, pues el esquí alpino es uno de los deportes favoritos de los Grimaldi y no pocas veces, junto a su madre, amaneció el primero de enero en Gstaad o en Zürs.
Por su parte, Beatrice siempre se ha decantado por la ladera sur de los Alpes, esto es, por Cortina d’Ampezzo, donde, en febrero comenzarán los Juegos Olímpicos de invierno 2026.
Telesilla para arriba, trineo para abajo, eslalon por aquí, algún salto por allá… y en un ir y venir por las terrazas dedicadas al après-ski, en donde disfrutar del champán helado bajo un sol de invierno más helado todavía sería, grosso modo, el resumen de cómo la pareja habría dado la bienvenida al año nuevo. Sin olvidar su alarde involuntario de estilazo, ese que se define por no necesitar de grandilocuencias.
Ni de plumas ni de colores llamativos. Beatrice, de rojo, con una equipación estilo retro en rojo, gafas wayfarer y su pelo rubísimo suelto, como una chica Bond de la Era Sean Connery o Roger Moore. A su pequeño, también lo vistió a juego y no dudo en ponerle otro conjunto con el mismísimo tono rojo. Todo al rojo.
Pierre, por su parte, esquivó los tonos llamativos (los más recomendados para deportes blancos según los expertos) y escogió de pana color topo, un peto y una chaqueta, por si acaso se nos había pasado por alto ese regusto vintage.
Y no, no perdimos comba porque, si bien fotografiamos a los príncipes pendientes todo el rato de sus hijos, provistos de casco con su nombre sobreimpreso y de anoraks en rojo y azul, también pudimos fotografiarlos cuando se encontraron de improviso con una visita sorpresa: la de sus íntimos Stavros Niarchos III y su esposa, Dasha Zhukova, con quienes compartieron una desenfadada jornada en la que el propio Pierre ejerció de camarero real. O mejor dicho, principesco.














