Carlos III accedió al trono del Reino Unido con 73 años, tras la muerte de Isabel II en septiembre de 2022. Después de siete décadas como príncipe heredero, asumió la jefatura del Estado cuando ya había superado con creces la edad de jubilación del resto de británicos. Más allá de su edad, su reinado arrancó con limitaciones evidentes: solo cuenta con un hijo en activo, el príncipe Guillermo, y le ha tocado gobernar en plena era de las monarquías reducidas. Un contexto ya de por sí complejo para mantener la presencia internacional de antaño, que se complicó aún más cuando a él y a la princesa de Gales les fue diagnosticado un cáncer. Tras un año en el que han quedado claras las dificultades para sostener la agenda exterior de otros tiempos, Carlos III presume de familia.
El soberano británico ha aprovechado su tradicional paseo navideño en Sandringham para dejar una imagen de unidad, estabilidad y de monarquía coral, que es esa en la que el peso de la institución no reposa únicamente en la figura del rey, sino en un conjunto de miembros que comparten representación y carga simbólica. Carlos III encabezó un desfile junto a la reina Camilla, al que se sumaron sus hermanos, los príncipes Ana y Eduardo, con sus respectivas familias; sus herederos, los príncipes de Gales con sus tres hijos; y sus sobrinas Eugenia y Beatriz de York demostrando que sus padres, Andrés y Sarah, están fuera, pero ellas no.
La imagen, que conecta con la tradición de las Navidades de Isabel II, contrasta con un año en el que la agenda internacional se ha jugado prácticamente en suelo británico y no se han recuperado los habituales desplazamientos a aquellos lugares en los que el Reino Unido pretende mantener su influencia. Carlos ha cumplido con los viajes y recibimientos de Estado de la máxima relevancia institucional: ha hecho un viaje histórico al Vaticano y ha recibido a los presidentes de Francia, Estados Unidos y Alemania. Sin embargo, esos otros viajes, que estaban destinados a mantener la presencia de los Windsor en esos territorios que algún día formaron parte del extinto Imperio Británico, han desaparecido de momento.
Bien sea por estrategia o por falta de miembros, ya que la Casa Real británica ha apostado por centrar el peso de la institución únicamente en dos familias, los reyes y los herederos, este tipo de viajes se han reducido drásticamente durante el reinado de Carlos III, siendo únicamente él y la reina Camilla lo que se han desplazado, de forma excepcional debido a su enfermedad, a Australia y Samoa, y fue porque la isla del Pacífico acogió la cumbre de jefes de Estado de la Commonwealth, una organización que preside Carlos III y cuya presencia era clave en un tiempo de fragmentación y de pérdida de influencia.
Hay que remontarse al jubileo de Platino de Isabel II para encontrar el último viaje oficial que hicieron los príncipes de Gales, como duques de Cambridge, al extranjero. El resultado fue controvertido, precisamente por recrear algunas imágenes de otro tiempo, y después llegaron los cambios a la realeza británica: la muerte de Isabel II, la coronación de Carlos III y, también, el cáncer que ha atravesado Kate, tras el que ha retomado prácticamente todas las funciones oficiales, menos los viajes internacionales.
Esta ausencia de grandes giras, como las que sí hacían antes Guillermo y Kate, también Carlos y Camilla como herederos e incluso el príncipe Harry, que durante años, igual que la princesa Ana fue el que más viajes realizó de este tipo, no quiere decir que el nuevo heredero de la Corona ya no viaje, lo hace pero con un perfil distinto y mucho más centrado en sus intereses y en su futuro reinado. El príncipe Guillermo estuvo en el Vaticano junto a otras figuras de Estado en el funeral del Papa Francisco y ha puesto el foco en su figura como líder global en materia de conservacionismo, por lo que la mayoría de sus grandes viajes son en esta línea y en solitario, como el que realizó a Río de Janeiro para la entrega de sus premios Earthshot el pasado noviembre.
Así que los viajes que se han producido este año han sido algo inesperados y han servido para recordar que en otro tiempo Isabel II desplegaba a cuatro hijos, con o sin parejas, y a algunos de sus nietos, para subrayar que su monarquía tiene una proyección global. Ahora el panorama es distinto y deja anécdotas insólitas, como el viaje que realizó la princesa Ana a Kiev solo dos semanas después de que el príncipe Harry acudiera por segunda vez a Ucrania en nombre de su fundación y de los Juegos Invictus, un viaje, el del hijo de Carlos III, que tuvo mucha repercusión internacional.
Lo mismo ocurrió con el reciente viaje del príncipe Eduardo, actual duque de Edimburgo, a Nigeria. Aunque pasó casi desapercibido en la prensa internacional, sirvió para recordar que el rey Carlos III, pese a contar con unas filas notablemente reducidas, aún dispone de ciertos recursos para sostener la presencia exterior de la Corona. En el fondo, estos movimientos revelan que estamos ante una monarquía más compacta, un reinado que vive una profunda transformación para adaptarse a la era que comenzó tras la muerte de Isabel II y una monarquía que está redefiniendo la manera en que se proyecta la institución en el extranjero.



















