La expectación que generó la boda de Harry y Meghan, seguida en directo por millones de personas de todo el mundo, convirtió a esta capilla en un templo reconocible por su impresionante boveda de piedra, su suelo ajedrezado y los estandartes que cuelgan sobre la sillería del coro, tres filas iluminadas por esas lamparitas

Es uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica del Reino Unido

La capilla de San Jorge, el escenario del último adiós

El solemne funeral por el duque de Edimburgo se oficia en el templo en la que están enterrados los padres y la hermana de la Reina

por Sira Acosta

En los últimos años la capilla de San Jorge ha sido el escenario elegido para la mayoría de bodas reales, desde la de Carlos y Camilla hasta la de Eugenia de York con Jack Brooksbank, y otras celebraciones felices de la Familia Real, como el bautizo de Archie, hijo de los duques de Sussex. Sin embargo, este sábado 17 de abril de 2021, las banderas ondean a media asta –menos el estandarte real, símbolo de continuidad de la monarquía británica y que jamás se baja- y las campanas doblan por el príncipe Felipe, duque de Edimburgo y marido de Isabel II

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Bajo la protección de las bestias

Si hay algo que se conoce del exterior de la capilla de San Jorge  es su Escalinata Oeste, mil veces retratada. Sin embargo, pocos conocen que desembocan en el Claustro de la Herradura tras el que emerge la Torre Curfew, una de las partes más antiguas de todo el castillo, pues data del siglo XIII y conserva en su interior una mazmorra y los restos de una antigua salida secreta en caso de asedio. Muy cerca de esta zona los turistas solían esperar para ver el tradicional cambio de guardia, una costumbre que también se ha visto suspendida por motivos sanitarios. Por último, merece la pena destacar un detalle muy significativo que a menudo pasa desapercibido cuando se visita la capilla de San Jorge y es que el templo está protegido por una extensa colección de bestias con forma de animales heráldicos. El león de Inglaterra, el dragón rojo de Gales, el unicornio de Eduardo III, el halcón de York o el toro negro de Clarence, entre otros, emergen de los pináculos.

El interior de la capilla es muy reconocible, sobre todo desde que las imágenes de la boda de los Sussex dieron la vuelta al mundo. Al margen del palco real, que está en desuso, y del ventanal que construyó Enrique VIII para que Catalina de Aragón pudiera ver los servicios desde ella, llaman la atención la impresionante bóveda de piedra, su suelo ajedrezado y esas tres hileras de asientos de madera con una pequeña lamparita encendida. Estos, los más próximos al altar, son los lugares reservados para la Familia Real, las autoridades y el coro, sin embargo, en esta ocasión, las restricciones sanitarias impuestas hacen que por primera vez el espacio no sea un problema. Hay que recordar que, entre el Coro y la Nave, la capilla de San Jorge tiene capacidad para 800 invitados.

Con esta elección se cumple una de las últimas voluntades del marido de la Reina. Un último capítulo para su vida, pero solo un episodio más para un templo que ha sido testigo silencioso de muchos sepelios reales y cuya historia se remonta a 1475, cuando el rey Eduardo IV inició su construcción. Aquí comienza, en un templo que está considerado de los mejores ejemplos de la arquitectura gótica de Inglaterra, una nueva etapa para Isabel II como reina viuda que guarda en su memoria ya muchas despedidas y otras primaveras amargas, como la del año 2002 en la que en este mismo lugar enterró a su madre.

La capilla de San Jorge está en Windsor,  donde también se halla el castillo habitado más grande del mundo. Solo hay que desplazarse a 35 kilómetros de Londres para llegar a Windsor. . Nada más poner un pie en la encantadora localidad, ubicada en el condado de Berkshire, se puede comprobar como todo, desde el nombre de las calles a las recetas de los pubs, evoca a la monarquía británica y es que este castillo de cinco hectáreas ha sido el hogar de 40 monarcas, por lo que la localidad está vinculada a la Familia Real desde hace siglos. Windsor se fue desarrollando en torno al castillo, que emerge en el centro del pueblo como una especie de pequeña ciudad fortificada, y su economía también ha estado y está íntimamente ligada a ello.  

La boda de Harry y Meghan marcó un antes y un después para los vecinos y trabajadores de Windsor. Fuimos testigos de cómo el trabajo llegó a raudales y de cómo las calles principales fueron sometidas a un profundo lavado de cara, que incluyó pintar todas las fachadas, arreglar las zonas ajardinadas y renovar el adoquinado de las calles históricas. La repercusión internacional del enlace del príncipe con la actriz provocó un auge turístico sin precedentes en la zona. Una suerte que cambió con la caída del sector que provocó la pandemia y el consecuente cierre de los palacios y castillos reales, normalmente abiertos al público como medida de financiación y que también atraviesan un momento complicado.

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Un puente que une la vida y la muerte

Volviendo a la “Operación Forth Bridge” -como se llama el protocolo previsto para la muerte del duque, una forma de evocar ese puente que simboliza la unión entre la vida y la muerte-, hay que destacar que, aunque los detalles se guardaban con la máxima discreción, el escenario no era ningún misterio. Por un lado, él siempre lo consideró su hogar y expresó su deseo de morir allí, y, por otro, es aquí, concretamente en el pasillo de la nave norte de la capilla, donde reposan los restos mortales de los seres queridos de la Reina: su padre, el rey Jorge VI, cuya muerte prematura cambió el destino del joven matrimonio; su madre, la reina Isabel que pasó a la historia como la “reina madre”; y su única hermana, la princesa Margarita, que pidió expresamente ser incinerada, una excepción para los Windsor. En la Cripta Real de la capilla de San Jorge también descansaron los restos de la madre del duque de Edimburgo, la princesa Alicia de Battenberg, aunque luego fueron trasladados por el propio príncipe a Getsemaní, en el Monte de los Olivos de Jerusalén. 

Para la soberana y el duque de Edimburgo, el castillo de Windsor ha sido una especie de casa de fin de semana. Alejada del ajetreo y la rigidez de Buckingham, pero muy cerca de la capital británica. Aquí disfrutaron de muchos momentos felices; célebres son esas imágenes del duque recorriendo los terrenos reales a bordo de un carruaje de caballos, una de sus grandes aficiones.  Tampoco faltaron los momentos trágicos, como ese incendió que ocasionó daños irreparables en una noche de 1992 en la que pinturas de Rembrandt, Rubens o Van Dyck se lanzaban al patio a toda velocidad para salvarlas de las llamas.

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Así que parecía algo natural que el último adiós al duque de Edimburgo se celebrase en esta capilla, dedicada a San Jorge, San Eduardo el Confesor y a la Virgen María y que es un lugar de culto oficial para la monarquía británica. Eso sin obviar que se encuentra bajo la jurisdicción directa de la Reina, a través del Deán y los Canónigos de Windsor que son de su libre designación. También conviene recordar que la capilla de San Jorge es la iglesia capitular de la Nobilísima Orden de la Jarretera, la orden superior de la caballería británica, cuyos estandartes cuelgan precisamente en la sillería del Coro y a la que pertenecía el duque como caballero real. Este fue precisamente el motivo que llevó al rey Felipe VI a Windsor en junio de 2019, cuando la reina Isabel II le invistió caballero de la prestigiosa orden en una gran ceremonia, en la que también recibió la distinción Guillermo de Holanda y que presenciaron las reinas Letizia y Máxima.

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